El mal no surge de grandes actos de crueldad, sino de la mediocridad, la indiferencia y la pasividad.
Jan 22, 2026

El mal no siempre se presenta con el rostro del odio ni con la violencia explícita de quien disfruta dañar. Muchas veces no grita: se instala en la rutina, en el silencio de quienes miran hacia otro lado, en la comodidad de no involucrarse. No nace de la crueldad activa, sino de la renuncia a la humanidad.
El verdadero mal, el que destruye pueblos, arrasa memorias y corrompe conciencias, no se alimenta solamente del fanatismo. Se sostiene, sobre todo, en la mediocridad, la indiferencia y la pasividad.
Hannah Arendt lo explicó con claridad en Eichmann en Jerusalén (1963). El mal puede ser banal. Puede ejecutarse sin odio, sin furia, sin reflexión. Adolf Eichmann, responsable de organizar los trenes que llevaron a millones de personas a los campos de exterminio, no era un monstruo excepcional. Era un hombre gris, obediente, incapaz de pensar moralmente. Su crimen no fue el sadismo, sino la ausencia de pensamiento.
El peligro, advertía Arendt, no reside solo en los fanáticos, sino en quienes dejan de preguntarse.
Ese mecanismo no pertenece al pasado. No terminó con el nazismo ni con las dictaduras latinoamericanas de la segunda mitad del siglo XX. Ese mismo mal, burocrático, deshumanizado y sostenido por la indiferencia, está ocurriendo hoy en Palestina.
El genocidio del pueblo palestino es el más documentado de la historia y, al mismo tiempo, uno de los más negados. Hay pruebas en tiempo real. Videos de bombardeos, cuerpos bajo los escombros, hospitales destruidos, niños mutilados, hambre utilizada como arma de guerra. Hay informes de organismos internacionales, testimonios de médicos, periodistas asesinados mientras informaban, registros satelitales, cifras oficiales. No falta evidencia. Lo que falta es voluntad de asumir lo que se está viendo.
Como en otros momentos históricos, el mal no se expresa únicamente en la violencia directa. Se expresa también en la negación. En los discursos que relativizan. En los medios que hablan de “conflicto” para no decir ocupación ni genocidio. En los gobiernos que llaman “derecho a defenderse” al exterminio sistemático de una población civil que no tiene ejército, ni refugio, ni salida. Y se expresa, sobre todo, en la indiferencia social de quienes, frente a pruebas irrefutables, eligen no tomar posición.
La negación del genocidio palestino no surge de la ignorancia. Surge de una indiferencia cómoda, funcional, aprendida. Es más fácil decir que “los de Hamas son terroristas”, que “los únicos inocentes en Gaza son los niños”, incluso cuando una de las partes posee el poder militar, político y económico, y la otra es deshumanizada hasta el punto de ser considerada descartable. Esa neutralidad no es inocente. Es una forma de complicidad.
Ese mismo mecanismo ya lo conocemos. Durante las dictaduras latinoamericanas, el terror no se sostuvo únicamente en los centros clandestinos ni en las órdenes militares. Se sostuvo en los silencios. En los periodistas que callaron, en los jueces que miraron para otro lado, en los empresarios que se beneficiaron, y en los ciudadanos que eligieron no ver.
La represión necesitó armas, pero también necesitó indiferencia.
En la Argentina, la frase “algo habrán hecho” fue el emblema de esa complicidad social. No expresaba odio, sino miedo, conformismo y conveniencia. Fue la coartada moral para no hacerse cargo. Hoy, frente a Palestina, el resultado es el mismo: el horror se normaliza.
La mediocridad es raíz del mal porque implica renunciar al pensamiento crítico. Aceptar el discurso dominante sin interrogarlo. Repetir consignas para no pensar. Los sistemas de opresión no se sostienen solo por la fuerza, sino por sociedades enteras que prefieren no mirar al otro como humano.
La pasividad completa el círculo. Saber y no actuar. Ver y no nombrar. Callar para no incomodarse. En contextos de violencia estructural, no hacer nada no es neutralidad: es colaboración.
“El que no hace nada ante el horror, también lo perpetra.”
La responsabilidad no se agota en quienes aprietan el gatillo o lanzan las bombas. También habita en los silencios.
Las dictaduras del pasado y el genocidio del presente tienen algo en común: no solo fueron posibles por la violencia de quienes mandan, sino por la anestesia moral de quienes miran y callan.
El antídoto no es la heroicidad, sino la conciencia. Pensar, sentir y actuar. Pensar para no obedecer sin cuestionar. Sentir para no dejar de reconocer al pueblo palestino como humano. Actuar para romper el círculo de la pasividad que permite que el genocidio ocurra a plena luz del día.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.

Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión