Esa ciudad respira debajo de mis uñas.
Tengo pavor de caminar sus baldosas astilladas
y descubrir que mi propia sombra
sigue parada en el umbral.
Repitiendo un eco circular
bajo la misma farola.
Allí donde doblé mi amor
hasta que cupiera, exacto, en tus bolsillos.
Un ruego mudo,
una entrega de rodillas,
ferocidad que no pide perdón
y que todavía pesa
en las comisuras.
Qué extraña dignidad
la de haber sido animal dócil,
bebiendo el invierno de tu mano,
una devoción casi humillante
y, sin embargo, intacta.
Nadie intuye esa sed
mientras converso con extraños,
mientras camino a mi trabajo.
No sé qué vida es el espejismo,
si esta ruina mansa que logré construir,
o si sigo ahí, inmóvil en tu alfombra,
soñando con una huida
que todavía no se ha inventado.
Por eso nunca voy a regresar.
El terror no reside en las ruinas,
ni en ver tu rostro ajeno
al final de una calle que visité.
El pavor verdadero es comprobar
que la vida que hilvané con tanto esmero,
esta tregua de sábanas blancas y futuro,
es solo el delirio de quien sigue esperando
en el cordón de tu vereda.
Un eco ciego,
alguien que cerró los ojos para vivir.
Me aterra el viaje de vuelta
porque intuyo,
con la certeza de quien duerme con los ojos abiertos,
que el sitio al que más se teme regresar
es el único del que nunca se ha salido.
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