Ciudades paranoides.
Paraísos invisibles.
Silencios motorizados.
Ruidos placenteros.
Es una cabeza que está llena de incertezas.
Observo ese lino que dejás mientras danzás.
Se desatina si se dice que es observable.
No hay reloj físico para esta sensación.
Intangibilidad que roza lo melódico.
Cual fragata busca islas,
yo busco —en esa enredadera de vestigios de lino—
en qué parte del camino
ese lino blanco, melódico,
se transformó en algo opuesto.
Siempre lo busco,
y no lo encuentro,
sigo buscando.
Pero como si de una paradoja se tratase,
ese lino heredado de manos infinitas
se vuelve finito.
Y no de una longevidad exponencial,
sino de fragmentos breves,
de retazos de múltiples colores.
Seguí buscando
durante años,
hasta que encontré algo maravilloso:
al final de todos esos colores,
encontré el lino melódico que buscaba.
Hay cosas que escapan —
se contradicen —
se oponen.
Pero como si de la gravedad se tratase,
uno siempre vuelve a ese lino inicial,
a los vestigios de la niñez,
a la esencia primera.
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