EL LIBRO
Inspirado en el cuento “El Libro de Arena”, de J. L. Borges.
Carlos del Puerto era un conocido burgués que vivía en la ciudad de la Habana. Por ser simpatizante y directo colaborador del régimen de Batista, ostentaba una cómoda posición social en la bella isla de Cuba, a la que siempre había amado con todo su ser. Cuando la revolución castrista triunfó, viendo perdidos sus blasones sociales y su cómoda posición económica, Carlos comenzó a planear su fuga de lo que ahora consideraba un lugar solo para añorar desde el exilio. Aprovechando su cargo de ayudante de dirección del teatro nacional de La Habana, durante una gira latinoamericana, una noche en Lima, esperó a que sus compañeros de cuarto se durmiesen para escabullirse del hotel y perderse en la oscuridad de la noche.
Carlos desapareció de la faz tierra y nadie supo más nada de él, hasta treinta años después cuando, una nota periodística aseguraba que el “anticuario” Carlos del Solar (así el nombre que ahora ostentaba), era el coleccionista más importante y versado en libros antiguos, raros y agotados de la ciudad de Buenos Aires, siendo su colección, simplemente extraordinaria.
Entre los pocos que leyeron completa la nota periodística, se encontraba Jorge Cortini, un apasionado e infatigable coleccionista de libros antiguos. Por eso, al terminar de leer el reportaje, Cortini se dirigió hacia la redacción del diario buscando obtener la dirección de Carlos del Solar, para intentar que éste le mostrara su colección.
Consiguió la dirección gracias a un primo suyo, empleado del diario que, bajo juramento de confidencialidad absoluta le facilitó el dato.
Cuando Cortini llegó al domicilio de Del Solar ubicado en el bajo Flores, le llamó la atención la sencillez y la casi precariedad de la vivienda, cuya fachada mostraba paredes rugosas pintadas de color gris claro, que le imprimían un ligero aire de oscura melancolía, además de una ajada puerta de madera ubicada en el centro de la fachada, que acusaba años de falta de mantenimiento, lo mismo que las dos pequeñas ventanas de celosía marrón situadas a ambos lados de la puerta.
Cortini golpeó con timidez y a los pocos segundos se abrió la puerta.
-Buenas tardes... ¿Es usted el anticuario Del Solar?
Del Solar dudó en responder pues siempre había temido que su deserción al régimen cubano un día le trajera algún pase de factura política.
- ¿Quién es usted y qué necesita? -, preguntó con desconfianza.
-Mi nombre es Jorge Cortini, colecciono libros antiguos, y venido a conocer al gran coleccionista Del solar para, de ser factible, tener el honor de poder apreciar su valiosísima colección… Aquí tiene mi tarjeta-, respondió Cortini con solemnidad, al tiempo que del bolsillo interior de su saco extrajo una tarjeta en la que se leía:
“Jorge Cortini, coleccionista de libros”.
Del Solar tomó la tarjeta y la escudriñó. Guardó la tarjeta y mirando a Cortini exclamó:
-Yo soy Carlos del Solar...
Luego de unos segundos de duda, Del Solar le franqueó el paso a Cortini.
Al trasponer la entrada, Cortini quedó anonadado por lo que ahora veía:
Cientos de libros cuya antigüedad era comprobable a simple vista gracias a las características que presentaban. Muchos tenían tapas amarillentas por estar recubiertos con cuero de cabritilla. Algunos ejemplares, en los bordes de sus hojas presentaban hermosos acabados de colores vivos, y otros, a modo de cierres herméticos, contaban con dorados broches de bronce entre tapa y contratapa, lo que les imprimía un valor adicional y una elegancia superlativa.
Luego de unos minutos de hedónica contemplación, Cortini, admirado expresó:
- ¡Extraordinario!… ¡No hay otro adjetivo!
-Coincido con usted-, expresó Del Solar.
-Disculpe mi impertinencia, pero... ¿Sería tan amable de explicarme cómo consiguió tamaña cantidad de libros antiguos?
-Mi colección es el resultado de una ardua búsqueda por infinidad de países que conocí luego de dejar Cuba... Porque supongo que usted ha advertido que yo soy cubano...
-Lo supe al leer la nota del diario, lo cual me pareció un rasgo muy interesante.
-Esta habitación contiene siglos de creación literaria-, expresó con orgullo Del Solar.
- ¿Piensa radicarse definitivamente en Buenos Aires?
-Es la idea... Por lo menos primigenia.
-Le agradezco la confianza que usted me ha profesado al abrirme las puertas de su casa y permitirme ver tamaña maravilla-, expresó Cortini con sinceridad.
-Además de experto en libros antiguos, soy, por precaución, un estudioso de la semiótica y la kinésica humana… Y por sus actitudes concluí que usted no presenta ninguna amenaza. La semiótica más de una vez me salvó la vida… Pero venga…quisiera mostrarle la joya de la corona, aunque antes necesito advertirle algo.
-Sí, dígame.
Del Solar, mirando a Cortini con solemnidad, expresó:
-El libro que ahora voy a mostrarle jamás lo he abierto ni leído, ya que es el famoso Libro de la Vida, donde se encuentran escritos los nombres de todas las personas que han vivido y vivirán en toda la historia de la humanidad-, exclamó Del Solar
- ¿Y si eso fuese cierto? -, interrogó Cortini.
-De ser así, la persona que lo lea se enfrentaría a una paradoja y al instante dejaría de existir.
-Raro que un intelectual de su calibre crea en cuentos de viejas-, exclamó extrañado Cortini.
-Siendo un intelectual he adquirido la suficiente amplitud mental para aceptar que, por no poder probar algo, no significa que ese “algo” no pueda existir... Pero acompáñeme a la otra habitación y podrá apreciar el “Libro De Los Libros”.
Al pasar a la habitación contigua, Cortini quedó sin habla: Sobre un pedestal ubicado en el centro de la vacía habitación, se encontraba, protegido por una campana de vidrio, un libro con tapas de bronce, en cuyos bordes se podían distinguir inscripciones en un idioma desconocido. Su tamaño era mucho mayor que el habitual y parecía irradiar una misteriosa energía.
Del Solar se acercó al pedestal y luego de extraer el libro de la campana, se lo ofreció a Cortini quien, con ojos desorbitados, lo tomó en sus manos y lo devoró con la mirada como si estuviese en presencia de un milagro.
-Le advierto que es de su completa responsabilidad lo que pueda sucederle si opta por abrir el libro-, expresó Del Solar.
Cortini, sonriendo por la que supuso una ingenuidad por parte de Del solar, abrió el libro, y al hacerlo la sorpresa lo superó:
-Solo hay un nombre escrito... ¡Y es el mío! -, alcanzó a decir Cortini mientras su cuerpo se desvanecía, y Del solar rescataba el libro de entre sus manos lívidas!
-Esta es una de las razones por la que nunca sabrán dónde me encuentro-, sentenció satisfecho Del Solar, mientras colocaba de nuevo el libro dentro de la campana de cristal.

Roberto Dario Salica
Roberto Darío Salica Escritor de Córdoba, Argentina. A la fecha, ha publicado cinco libros, uno de cuentos para niños, poemas, relatos de la infancia y de relatos fantásticos.
Recomendados
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.
Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión