Te acarico la piel toda la noche,
mientras dormís entre mis manos,
y la dulzura de tu pecho
me abraza el alma.
Me sumerjo tanto tus ojos
que temo no volver de vos,
y aunque me muero por amarte
el resto de noches que me quedan de vida,
temo el fuego
que no soy capaz de apagar si te vas.
Me asusta la luz que te habita,
la calma que sembrás en mi tormenta,
cómo se desarma mi mundo
cuando el resto afuera duerme
y solo queda el compás de tu respiración.
Por eso te cuido en el silencio,
midiendo el peso de mis manos en tu espalda,
rezando en voz baja a la madrugada
para que el tiempo se vuelva de piedra
y no me quite nunca el momento
en que inundas mis orillas.
Y ahora amor, las noches que no estás
solo puedo buscar tu cuerpo a mi lado
un rincón de la cama que me dé calor
y ahora, amor,
mi corazón y yo solo sabemos pensarte a vos
Sin embargo, si he de perderme,
prefiero naufragar en tus orillas
que huir a salvo al olvido.
Tomá mis miedos, mi luz y mi tormenta,
que aunque me asuste la inmensidad de tu alma,
ya no sé cómo habitar este mundo
si no es quemándome entera en tu calor.
Tomame toda, amor, con lo que soy
recoge con tus manos mis pedazos
llevame con vos
que ya no puedo habitar más
el invierno que dejas en mí cuando te vas.
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