“Un intervalo (o intermedio) en una película es una pausa breve de 10 a 15 minutos a mitad de la proyección. Antes era obligatorio para cambiar los rollos de celuloide en el proyector”
Hoy es sábado. Me desperté a las 8.30 am. Hace un ratito que mi pareja se fue a cursar y pienso que tendría que levantarme a hacer cosas.
Tengo el privilegio de seguir durmiendo, si quiero. No tengo que ir a trabajar, no tengo que ir a cursar. Quiero ponerme al día con un par de vlogs de YouTube, esta semana empecé a seguir a una creadora nueva que me motivó, me inspiró.
Me doy vuelta, sigo durmiendo.
Me despierto una hora más tarde. Sé que tengo que ir a hacer algunas compras, pero prefiero un desayuno lento, tomar unos mates y, antes que quedarme en la cama viendo la tele, prefiero ir a la terraza a leer.
Ayer a la noche vimos un capítulo de The X Files, «Folie à Deux» -locura de a dos-, donde el trabajador de un call center empieza a ver a su jefe por lo que realmente es: un monstruo con cuerpo de cucaracha que le roba la vida a sus empleados y los convierte en zombies. Me hizo acordar que dejé por la mitad La metamorfosis de Kafka.
El otro día llegué a la conclusión de que no me iba a comprar más libros hasta que haya terminado todos los que tengo empezados. No los dejé porque no me gustaran o no me atraparan. Me gusta la lectura furtiva. Saltar de un tema a otro, de una historia a otra. Pero siento que, si no los termino, me quedó una pestaña abierta y, con ella, una ansiedad por terminar de concluir una idea, una reflexión.
Por eso me gustan tanto los ensayos: un autor está hablando de un concepto que introdujo a otro, y lo cita, cita la fuente, googleo a ese autor, me fijo qué publicó, de qué habla, salto a otra lectura. ¿Un malestar de esta época o una gran manera de conectar ideas?
The X Files es una serie que estoy viendo, al igual que lo que me tomó retomar la lectura de Kafka: hace seis años, de manera interrumpida. Nunca vi más de dos capítulos por día porque la serie no me lo pide. Tiene una continuidad temporal, pero los episodios se pueden ver sin tener necesariamente el contexto del anterior. En esa época no se buscaba mantenerte “enganchado”.
El otro día fuimos a ver Metrópolis al York. Es una película alemana de 1927, en blanco y negro y muda. Es la tercera vez que voy al York a ver algo y creo que lo que más me gusta de ir es, justamente, la experiencia.
Es un cine-teatro que, más allá de que últimamente se haya puesto de moda entre los más jóvenes, recupera algo de la esencia de la experiencia de ir a ver una película. En la fila ves de todo: gente de mi edad, jubilados y ¿“adolescentes”?
Tienen seis funciones a la semana: dos los jueves y dos los sábados y domingos, respectivamente. Hay una cola de entre cuarenta y cincuenta minutos de espera, que puede ser bastante más larga si la película es especialmente exitosa. Las puertas se abren diez minutos antes de que empiece la función y las entradas, que son limitadas y gratuitas, se reparten entre quienes están presentes.
Adentro no podés consumir nada. Lo cual me parece fantástico. Qué suplicio un extraño masticando al lado tuyo.
Pero vuelvo a la película. Mi novio me proponía ver Metrópolis desde que nos conocemos, en 2020, y yo siempre le decía que no. Nunca me sentía en el estado NECESARIO para ver una historia que sabía que iba a necesitar toda mi atención.
Ese día, además, había cursado seis horas seguidas. La temática de la clase fue the middle man: matar al mediador. Hablamos de los consumos, de la mediación y del papel de la tecnología digital en todo eso.
Yo fui a ver la película completamente en blanco (salvo algunos detalles, no sabía de qué se trataba).
Pero obviamente no. Me explotó la cabeza ahí. Y es esta maravillosa coincidencia que se da en el intervalo entre una cosa y otra que tanto me sorprende.
Cuando arranca la película aparece un disclaimer en alemán que explica que había sido censurada cuando se estrenó y acortada sustancialmente. Desde los años 70 habían intentado restaurarla, pero no fue hasta 2008 que se encontró una cinta en Buenos Aires, bastante dañada, con las piezas faltantes del rompecabezas.
Arranca como una película de ciencia ficción: una Metrópolis del futuro construida por un ingeniero -el cerebro- que le robaba sus ideas a un genio loco que vivía en una especie de capilla de barro en el centro de la ciudad, la única construcción que se mantenía en pie mientras a su alrededor se erguía la urbe.
El hijo del “cerebro”, el dueño e industrialista, un día baja al inframundo de la ciudad y entra al guetto de los trabajadores buscando el corazón de María, una mujer que se encargaba de cuidar a los niños de la prole -las manos- mientras sus padres trabajan en la fábrica de sol a sol. María existe entre ellos como una especie de santa: les da esperanza y, al mismo tiempo, alimenta sus deseos de rebelarse contra el cerebro.
Y entonces aparece el mediador. El corazón.
Entiendo lo que para esa época podía significar esa figura: el sindicalista, el político, el representante, aquel que aparece entre el cerebro y las manos para mediar entre dos partes que, de otro modo, no podrían comunicarse. La película lo plantea de una manera bastante literal: entre quienes piensan y quienes hacen tiene que existir un corazón.
(Tengo mis quejas también, eh. Cuando los trabajadores finalmente se rebelan, entra el “sindicalista” a meter cizaña y, en vez de ir a quemar al industrialista, la quieren quemar a María, “a la bruja” que avivó ideas de revolución y locura.)
Pero quizás el mediador también sea necesario en todo lo demás. Incluso en el consumo.
Porque entre lo que veo y lo que siento debería haber algo. Un espacio. Un tiempo. Un proceso de digestión.
¿Cuál es nuestro corazón, nuestra pausa? Ese filtro entre la experiencia y nosotros. El lugar donde lo que acabamos de leer, ver o escuchar deja de ser simplemente algo que consumimos y empieza a convertirse en algo que pensamos, sentimos, discutimos, relacionamos con otra cosa.
Y quizás por eso me gusta tanto ver las series de a uno o dos capítulos. Puedo dejarla ahí. No necesito saber qué viene después. Puedo volver mañana. O pasado. Puedo desayunar al día siguiente y preguntarle a mi pareja: ¿qué onda el capítulo de ayer?
Quizás por eso me gusta hacer una cola de cincuenta minutos para entrar a un cine donde no puedo comer, donde la película empieza a una hora determinada y, si no llego a tiempo, simplemente no entro. Donde no puedo adelantarla, pausarla, verla a mi ritmo o decidir cuándo termina.
En el cine tengo que sentarme y dejar que la experiencia suceda. Y eso es posible porque la experiencia tiene un límite acordado.
En que no todo esté disponible inmediatamente. En que para consumir algo haya que esperar. En que, por una vez, el consumo no sea el centro.
Quizás por eso también me acuerdo de Kafka.
Hace años que leí La metamorfosis. Samsa se despierta convertido en un monstruo y, antes de preguntarse qué carajo le pasó, piensa que va a llegar tarde al trabajo. Ni siquiera una transformación absoluta alcanza para parar a esa persona.
Su cuerpo se acaba de transformar, pero su primera preocupación sigue siendo cumplir. Trabajar. Llegar. Producir. No molestar o atemorizar a su familia.
Hay algo más fuerte que el propio cuerpo diciéndole que tiene que seguir. ¿Qué pasa cuando la lógica del “hacer” se vuelve tan automática que ni siquiera necesitamos que alguien nos apure? Nos apuramos solos. No solamente consumimos sin pausa: también vivimos sin ella.
Y ojo: yo no soy ningún ejemplo. No estoy haciendo una lectura sofisticadísima de Kafka ni descubriendo una teoría nueva del consumo. Trato, al igual que algunos pocos, de consumir cosas que me hagan pensar.
Pero también scrolleo sin fin. Yo también puedo sentarme a ver El diablo viste a la moda 2 sin pretender que me deje ninguna reflexión sobre la condición humana y también, a mitad de la película, abro Pinterest porque no puedo sostener mi atención.
No estoy por fuera de esto.
Hace dos días, después de algunas reflexiones que venían apareciendo a partir de distintos consumos -una clase, una película, una serie y un libro-, empecé a unir todos estos hipertextos y a encontrarles un hilo conductor. No lo pensé de antemano: fue un proceso de asociaciones que tardó un par de días en aparecer.
Y quizás eso sea, justamente, lo que estoy tratando de defender. El tiempo que tarda una idea en aparecer.
La posibilidad de que algo que leímos hace años se conecte con una película que acabamos de ver, con una clase que tuvimos esa mañana o con algo que estamos haciendo mientras tanto.
No estoy diciendo nada particularmente nuevo.
Bauman habló hace décadas de esta “modernidad líquida”, de una sociedad en la que las estructuras se vuelven cada vez más frágiles, más transitorias, más difíciles de sostener.
Y quizás, entre tantas otras cosas, también nos va dejando con menos estructuras, menos esperanza y menos tiempo. Cada vez tenemos menos cosas que nos digan cómo detenernos y cada vez más mecanismos que nos ofrecen algo para hacer mientras evitamos hacerlo.
Nos perdemos en un scroll infinito.
Saltamos de una catástrofe a otra.
De un video a otro.
De una noticia a otra.
De una recomendación a otra.
De un “get ready with me” a un “cinco pelis que tenés que ver antes de...”.
Y entonces aparece una pregunta bastante incómoda:
¿Realmente tenemos el privilegio de dedicarle tiempo “a”? ¿De esperar cincuenta minutos en una cola para entrar a ver una película? ¿De ver una serie de a uno o dos capítulos?
No. La mayoría no.
Y quizás esa sea también una parte importante de la discusión. Porque decir “hay que consumir más despacio” puede convertirse muy fácilmente en otro mandato individualista: organizate mejor, desconectate, leé un libro, dejá el celular, amiga.
Como si todos tuviéramos las mismas condiciones para hacerlo. Y no las tenemos. Hoy, para la mayoría, la expectativa es otra, el objetivo es otro.
Hay personas que trabajan diez horas, que viajan dos, que cuidan a otras personas, que viven pendientes de llegar a fin de mes. Para mí y para vos, el scroll infinito no es solamente una trampa del algoritmo: también puede ser uno de los pocos lugares disponibles para descansar cinco minutos sin tener que hacer nada.
Quizás no se trata de abandonar el consumo rápido. Yo no lo hice. Ni quiero hacerlo todo el tiempo. Desinstalo Instagram y lo instalo al día siguiente.
Quizás se trate de recuperar, cuando podamos, algún espacio para que las cosas nos pasen. Para que entre lo que vemos y lo que hacemos con eso exista algo. Un mediador. Un intervalo.
Lo digital eliminó muchísimos mediadores. Acortó distancias, sacó intermediarios, volvió inmediato, líquido e infinito aquello que antes requería tiempo, espera y esfuerzo.
Pero al mismo tiempo creó otro tipo de mediación. Una que parece diseñada para que nunca tengamos que detenernos. Ya está todo dado y está diseñado para eliminar la fricción.
El problema ya no es cuánto consumimos, ahora lo que importa es la velocidad:
¿Por qué las lecturas rápidas? ¿Por qué me mostrás los 20 libros que leíste este mes?
¿Por qué el binge watching?
¿Por qué esa necesidad de devorar una serie con urgencia?
¿Por qué el “apurate, solo queda uno”?
¿Por qué sentimos que si no vemos ahora, compramos ahora, leemos ahora, respondemos ahora, estamos perdiendo algo?
¿Qué pasa con nuestra experiencia cuando eliminamos toda fricción entre nosotros y lo que consumimos?
¿Qué queda del proceso?
¿Qué queda de la espera, de la anticipación, del aburrimiento, de la conversación, de la reflexión?
¿Qué queda de ese momento en el que algo todavía no es “contenido consumido”, sino algo que estamos tratando de entender?
Y acá lo cito a el Negro Dolina con una reflexión que tanta gracia me causa, pero que es, al fin y al cabo, una tremenda verdad: “nadie quiere leer, todos quieren haber leído”.
Necesitamos recuperar algún tipo de mediador. No necesariamente una persona. Necesitamos tiempo. Un espacio entre una cosa y la siguiente. Una pausa en la que lo que vimos pueda hacer algo con nosotros antes de que aparezca la próxima recomendación.
Quizás el corazón sea eso que necesitamos entre lo que consumimos y lo que hacemos con aquello que consumimos. El intervalo en el que una experiencia puede dejar de ser consumo y convertirse en otra cosa.
En pensamiento.
Reflexión.
Experiencia.
En parte de nosotros.
Si te gustó este post, considera invitarle un cafecito al escritor
Comprar un cafecitoRecomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión