Amanece gris. Mañana hermética, borrascosa. Desde las cuatro de la mañana -cuando desperté- veo y oigo que llueve parejo.
Siento una complicidad con el mundo cuando está en silencio pues puedo escuchar la orquesta sinfónica natural de las hojas surfeando contra el viento, el canto de las aves y las diferentes manifestaciones sonoras de la lluvia: su murmullo al caer en los techos de chapa vecinos, el agua corriendo libremente como un río por la calle, los desagües o las cañerías y ese sonido tan gracioso que hacen las goteras en los baldes. Ambiente arrullador.
Miro por las ventanas y veo el verdor de los árboles y el pasto. Me da una calma tremenda. Hoy la lluvia me releva en mi humilde tarea de mantener con vida las plantas de mamá, aunque ella ya no esté. Ella amaba todo lo verde, lo natural y floral, como yo.
Veo la lluvia cayendo y pienso lo mismo que pienso cada vez que llueve: las ondas que provocan las gotas al caer en los charcos son el idioma del tiempo. Causa y efecto. La ley natural.
Esas ondas circulares solo se perciben cuando dos elementos iguales en estados diferentes se unen en un beso efímero; el agua en forma de gota que cae como ángel rebelde desde el cielo y el agua asentada sobre el suelo que añora el reencuentro. Cuando ambas aguas se encuentran, producen sonido, vibración y un dibujo en la superficie. Un idioma indescifrable y fugaz pero hermoso. En esa admiración devenida de la observación, cumplen la función del lenguaje: producen sentido.
Faltan dos minutos para las ocho.
Afuera, algunos perros vecinos empiezan a ladrar y se escucha el paso de colectivos. Pese a vivir cerca del aeropuerto, hoy no se escucha ningún avión; por el clima, supongo.
Adentro, las ventanas golpetean como si el viento aullante estuviera pidiendo permiso para pasar. Los bigotes del gato contra el bowl imitan las cuerdas de un violín y los pellets de alimento triturándose o cayendo le dan percusión. El caloventor que descongela mis pies suena como el eco de los vasos sanguíneos de las oreja cuando colocamos un caracol vacío sobre ella. Todos se suman al ensemble de sonidos del día.
Sigo intentando romper el patrón. Buscando salir del bucle.
Quizás hoy escribo para no contar nada.
Pero aún así, la madeja está menos enredada.
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