El huésped de las horas densas.
Tengo en la cabeza un fragmento de tela gastada,
como si mis pensamientos fueran bordados en un lienzo
que ha sobrevivido más de una era, varios siglos que trae cosas pegadas, registros milenarios.
Agujeros donde se filtran recuerdos que no viví.
Sombras que no son mías,
pero que se instalan en mi nombre.
Desde siempre,
una presencia sin genealogía clara
se posa en los márgenes de mi voluntad.
No vino del fuego ni de la revelación,
vino del temblor.
De esas tardes donde la carne se adueña del pulso
y lo sagrado se curva bajo un deseo que no pide permiso.
Lo llaman con muchos nombres.
Yo lo llamo el huésped de las horas densas.
En ciertos textos prohibidos,
dicen que separó a una mujer de todos sus hombres.
Otros lo describen como un amante que no deja rastro,
pero cuya ausencia arde como un exilio.
Habita en el Tercer Puente,
el que nadie cruza despierto.
Ahí ondea una flor sin calendario,
una lengua que no conoce mandato.
Y al costado,
un diván de terciopelo gris
donde las decisiones se disuelven
como hostias sin ninguna fe.
El huésped no exige nada.
Su arte es sugerir.
Desnuda sin manos.
Tuerce sin violencia.
Te hace creer que seguís siendo vos...
cuando ya no estás.
Con cada visitante su forma varía..
en uno es sombra cálida,
en otra, espejo sin retorno,
en mí,
es una risa sin sonido
que se ajusta cínicamente ahí antes del acto,
justo después del arrepentimiento.
Yo he seguido su voz
no porque me ordenara,
sino porque supo nombrar
eso que yo misma
no quería ver.
Y debo confesar que he hallado la belleza
en la torsión de lo puro,
en la caída sin culpa,
en ese instante donde el alma,
lejos de elevarse,
elige el tacto del mármol
frío
y final.
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