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El hombre de las mil excusas

Jan 17, 2026

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El hombre de las mil excusas
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No pude evitar meterme en este espiral con vos, 

en esas discusiones tan fervientes, tan adictivas, 

que alimentan esa llama del caos dentro mío. 

Tan necesarias. ¿Por qué no decirlo? Son combustible para mi vida.

Pelearme con vos, maltrarnos, arruinarnos.  

Son de esas cosas nobles de la vida, 

tan contagiosas, 

tan peligrosas que siempre -e inevitablemente- terminan en un buen sexo. 

De esos que te dejan echado en algún lado 

y sentís la necesidad de prender un cigarro. 

Mejor dejá de escapar, no huyas más.

Arrástrame hasta la pared y llenate de mi, 

dejate ser y permitime absorber hasta el sabor de tus huesos. 

De sentir tu lengua entrelazada mientras me ahogo en ese último beso,

y no me digas que nunca esperaste que sea así, porque yo sé que mentís.

Pero sobre todo, pedime perdón, rogame un poquito, mientras acaricias cada centrimetro de piel que puedas alcanzar. 

Todo tan intenso, tan carnal, tan real, que me hace escapar un débil: “Te amo”

La temperatura que siento en el cuerpo ni siquiera comienza en donde arranca el tuyo, simplemente me calentás igual.

En lo cotidiano, en lo mundano, en todas esas pequeñas cosas que no ves de vos mismo, pero yo sí. Entonces llego a creer que te conozco más a vos de lo que otros podrían llegar a creer, o poder.

Resguardo todo eso en el disco duro de mis pensamientos, 

en esa carpeta enlistada de todo lo que me hubiera gustado hacer con vos, 

en cómo se sentiría el vincularnos de esa manera: transcendiendo cada segundo, viviendo entre las estrellas.

Porque de verdad tenía la sensación de que iba(s) a ser especial.

“Entre más alto es, más fuerte es la caída”, y mentiría si no dijera que le puse demasiada expectativa a alguien que, en realidad, ni siquiera me merecía. 

Estabas tan vacío que si te golpeaba en el pecho, solo iba a escuchar un pobre eco. 

Y las cosas más lindas que te dije alguna vez, es a lo único que te podes aferrar. 

Es lo único que podes guardar y llevarte de mi: mis ilusiones y todas esas expresiones tiernas que alguna vez te compartí. 

Tres meses se pasan rápido, 

y fue inevitable no tomarle cariño a quien supo endulzar mis oídos.

A veces rozabas los límites y todo se volvía agobiante,

un poco asfixiante diría; como si quisieras enredarme entre tus palabras,

hasta apretarme y ahogarme, para que por fin caiga desmayada en tus brazos.

Debí haberme oído, cuando pensé: “es demasiado avasallante para ser real”.

Debí haber sospechado, cuando recordé las palabras de mi abuela: “Ojo que no te estén vendiendo oro por paja”.

Pero tus insistencias eran alevosas: tu necesidad de vernos, tocarnos, sentirnos, de compartir el uno con el otro.

Parecías que vivías sediento de mi presencia,  aún cuando ni siquiera se había hecho presente frente a vos.

Ahora quiero ver quién es el más valiente, o será que solo sos un buen versero. 

Como el gaucho de campo que canta una buena payada,

como las baladas románticas que escuchaba la vieja en casa,

solo que lo tuyo no rima, 

no tiene aquel dulzor,

se cae a pedazos por sí solo como tu propio interior. 

La melodía nunca existió, en realidad, solo la escuchaba yo. 

Jamás cumpliste una palabra.

No eras más que un hombre con una tristeza y necesidad exasperante, que necesitaba salir de aquella soledad que lo rodeaba.

Tus necesidades personales quedaban a la espera, mientras yo, me moría junto a ellas.

Una vez me dijeron: “El problema no es del chancho que come, sino la mano que le da de comer”, se ve que tenía que pasar un par de años para poder entenderlo.

Yo te di de comer demasiadas veces, demasiados meses,

esperando que algún día te canses, explotes y vomites toda tu sinceridad sobre mí.

Jamás me dijiste ni una palabra, 

porque al parecer no era la única que te alimentaba.

Nunca pedí mucho, pero el problema no era ese, 

sino que tampoco sabía exactamente qué esperar de vos.

¿Qué podía recibir de alguien como vos?

Mi propia sinceridad me asesinó, me aniquiló.

Intenté mantener la cordura, incluso en los momentos más fríos, en esos en los que se me quemaban hasta los huesos del dolor. 

Intenté hacerlo aún con todo el camino cuesta arriba.

Hice el esfuerzo. Te lo juro. 

¿Pudiste ver como se me derramaba la sangre y sudor por un poco de tu amor?

Para que me veas, para que veas que es posible que una mujer si dé todo por vos.

Ni siquiera parpadeaste. 

Ahí comprendí la realidad del asunto: nunca me quisiste conocer. 

No te interesaba verme porque yo era inexistente sobre tu horizonte. 

Y aún así, volviste con el rabo entre las piernas pidiendo compasión, 

pero no por amor, sino por temor.

Temor de qué todo eso que cultivaste en mí, crezca cada día más. 

Mi ira, mi enojo, mi tristeza, 

se alimentaban de tus malas acciones, 

las consecuencias infinitas con las que podría haberte castigado, 

y que aún resuenan en el fondo de mi cabeza.

“¿Tendría que haberle herido más?”, me pregunto frente al espejo. 

No tiene sentido pelear con quién intenta esconder inútilmente su temor.

Tiraste en mí, toda la humillación e insatisfacción qué no estabas listo a admitir sobre vos mismo.

Porque te duele, porque es más fácil hacer sufrir a otra persona que, 

como yo, 

con amor recibió y abrazó tus heridas.

Por momentos parecía que te atragantabas con tu propia superficialidad y egoísmo, 

haciendo que luches hasta para poder hilar una palabra.

¡Qué dignidad! Pensar que haciendo lo mínimo yo me iba a entregar.

Así como así, pidiendote más.

Entonces, la histérica ahora soy yo, viendo intenciones donde no las hay,

pensando cosas insignificantes cuando no hay necesidad. 

Tropezabas con la inmensa cantidad de mentiras que salían de tu boca, 

torpes, incapaces de sostenerse a sí mismas.

¿Pero sabés qué es lo peor?

Que yo nunca te hubiera hecho eso.

Nunca te lo hubiera hecho, Lau.

Te vendí mi alma en esas últimas palabras, las últimas que te escribí.

En esa conversación tan incómoda y comprometedora a la vez, 

y después desapareciste, ni siquiera atendiste,

y yo me quedé sola esperando que volvieras, reconfortándome con alguna de tus palabras.

Solo eso hubiera bastado, 

y mi vida se reiniciaría otra vez.

Yo que fui sincera hasta en las últimas consecuencias,

que dejé que vieras a través de mi,

transparente, cristalina, desarmada, 

dejando caer los pocos ladrillos que habían para que observaras mi mayor tesoro;

el premio mejor escondido.

Yo qué siempre había sido tan dura y tan cerrada,

allí estaba sentada,

con todas las emociones a flor de piel,

con todo lo que me cuesta ser, 

dejándote sentir mi corazón así como es. 

Me abrí de par a par, 

y compartí una parte de mi, 

dejando ir un pedacito de lo que latía ahí.

Te dejé espiar y observar con libertad, 

con la libertad que sólo experimenta un viajero que se aventura en tierras nuevas,

caminando por los mismos senderos que yo caminé,

investigando por fuera las heridas que ya cosí, 

de sentir y tocar a voluntad todas aquellas perlas preciadas que almacenaba 

muy dentro mío, 

para que sepas quién realmente soy, 

para que tan solo me veas.

Pero en cambio, actuaste de una forma tan desconsiderada. 

¿Con qué necesidad?

Te atravesaste en mi solo con la intención de hurtar, 

de arruinar mi paz, 

de pisar mi césped y cortar todas las raíces que apenas estaban volviendo a crecer.

Así y todo, te la dió la cara para hacerte pa’ atrás, 

para limpiarte las manos, irte y desaparecer sin más. 

El hombre más ocupado del mundo.

El hombre de las mil excusas.

Tanto trabajo, tantas ocupaciones, tantos pasatiempos, y cuantos amoríos que debes dejar por ahí también -como yo- a la espera de tu llamado, de tu regreso. 

Con una mínima esperanza de que vuelvas a girarte a verlas,

con esa mirada llena de deseo, de pasión, de interés; de supuesto amor. 

Incluso en mis peores tormentas, en mis noches más oscuras, 

yo me mantuve de pie para vos.

Te dediqué un tiempo de mi vida que me valió días, 

meses, demasiadas respiraciones para ser contadas. 

Todos los llantos que perdí por vos y que no voy a volver a recuperar, 

morirán junto a mis recuerdos más oscuros, 

como otro trozo de mis tantos fracasos en la juventud.

Bendito seas vos, 

que sos parte de los tantos hombres, 

de esos que rompieron mi corazón.

Aunque solo duró un momento, 

para mí se sintió eterno. 

Se sintió importante.

Fue una bocanada de aire fresco. 

Yo quería seguir latiendo para vos, 

quería seguir ahí, porque sin vos, no hay nosotros.

Y sin nosotros, me perdía a mi misma.

Tal vez es lo que es.

Yo no te importé y está perfecto.

Pero podrías haberme enviado un texto, una carta, una foto.

Al menos una despedida en vez del fuerte, pero también insípido silencio que dejaste entre nosotros.

Deambulando aún por los recuerdos de mi cabeza,

entremezclandose con el silencio de la madrugada.

Y que cuando las luces se apagan y la oscuridad llena mi cuarto,

ya no hay nada más en qué más pensar.

Ahí estás vos, con tus falsas promesas.

No hay fantasma menos deseado que él de tu ausencia.


Nunca pedí que cambies tu actitud, solo que volvieras, que volvieras a mi. 

Te necesitaba a vos; que me hablaras, que te expresaras en voz alta. 

Te mandé fotos esperando reacciones que nunca llegaron.

¿Qué más podría esperar del hombre más cobarde e insignificante del mundo?

Me mantuviste aislada, hipervigilada, sin dormir por el peso de tu ausencia.

Me dejaste más vulnerable que antes, medio inconsciente, pero aún lo suficientemente presente para sentir la incertidumbre y la humillación arrastrándose sobre mi piel, carcomiendome, 

envolviendo y navegando entre mi carne, 

revolviendome las tripas.

¿Te gustó atravesarme espiritualmente?

desgarrandome lo último de amor que quedó de mi; que me arrebató aquel último suspiro. 

A veces me pregunto cómo estaría si las cosas hubieran sido diferentes, si aquella mano que tomaba el cuchillo hubiera sido mía, atravesando lo más profundo de tu ser; hasta arruinarte y arrancar el último centímetro de tu débil ego. 

Aún si tuviera la oportunidad de hurgar en vos, solo encontraría un contenedor putrefacto que alguna vez fue un ser humano -que es lo que aparentemente sos-

Incluso si hubiera tenido la oportunidad, jamás te hubiera lastimado. 

No por cobardía, sino porque mi amor y mi moral son más grandes que cualquier tensión terrenal. 

Están por encima de cualquier techo que intente imponerse sobre mí.

En algún momento pediste de rodillas que entendiera y comprendiera el por qué de tus comportamientos.

Más allá de mis sentimientos, más allá de los ataques, 

mi tristeza no era por aquello que descubrí,

sino porque en el fondo estaba dispuesta a querer tus heridas de igual manera, 

incluso si supuraban frente a mi, incluso si ensuciaban mi cara, 

yo lo hubiera soportado,

porque enserio me gustabas. 

Pero nunca viste que yo, 

a pesar de toda mi voluntad por amar,

jamás tuve una necesidad en absoluto. 

Porque en definitiva todo lo que di, es todo lo que hay en mí. 

Todo lo que doy, solo es un paso más al amor que busco hoy.

Por eso otorgo todo sin condiciones, sin esperas. 

Jamás hubo necesidades plenamente físicas ni carnales, no había tal necesidad en absoluto.

Solo la voluntad eterna de amar, de querer, de abrazar, 

de envolverte en mi luz -en la poca que queda-;

a pesar de aquel invierno que resulté ser,

arruinando así tus estaciones.

Aún así elegí quererte, a vos, el estar con vos.

Más allá del interés, de lo que el sexo y este mundo banal pueda ofrecer; 

quería ver quién eras realmente.

Quería conocerte como sos, en tu estado más puro, si es que Dios lo permitía.

¿Qué clase de alma estaba hablándome a través tuyo? Porque para mi siempre fuiste el indicado, pero sin vos no hay nosotros. Y sin nosotros, esto ya no tiene sentido.

Jamás estuviste dispuesto a otorgarme otra cosa más allá de tu cuerpo. 

No había más baches de realidad a los cuáles tapar; ya no. 

Ya no duele pero si molesta, como la picazón de una herida que se tienta a rascar.

Tal vez en el fondo, lo que me pica, es esa sensación incómoda de lo que no pude cambiar.

Que hubiera preferido saber antes que las cosas serían así, 

haber rezado más para que todo surgiera de forma distinta.

O tan solo, que aquellas aclaraciones salgan de tu boca y no de mis suposiciones.

Siento que pagué los platos rotos que dejó ella,

como si yo tuviera que pagar por todo lo que te afligía; 

cuando vos ni siquiera pensabas en los propios traumas que sostenía. 

¿Qué culpa tenía yo de lo que te hizo Sofía?

Y a pesar de eso acá estoy haciéndome cargo,

intentando remar contra corriente, 

intentando arreglar algo de mi vida, 

aún cuando no tengo ni ganas de respirar, 

y mi cuerpo tiembla de tanto esfuerzo.

Yo al menos puedo decir “no me rindo”. 

Lo intenté.

Por mi, por vos, por nosotros.

El construir algo nuevo, de cero, algo mejor y sin tantos agujeros en medio. 

Mar ₊✩‧₊˚౨ৎ˚

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