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El hijo de la Luna.

John

Aug 10, 2025

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El hijo de la Luna.
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Una serpiente arrastraba su cuerpo a través de la hierba. Oculta, observaba el pasar de los pueblerinos. Estos volvían a su casa tras un arduo día de trabajo. El sol caía y las sombras devoraban el paisaje vorazmente. 

Aquella esperó pacientemente al caer de la luna; no pasó mucho tiempo pues, esta, se encontraba ansiosa de alcanzar el firmamento. Cuando esto sucedió, la serpiente reptó durante un largo trayecto entre las chozas del pueblo hasta llegar a una medio derruida. Entró con rapidez bajo el hueco que había cerca de unas de las paredes exteriores. 

Una vez dentro, una voz habló desde la oscuridad.

—¿Trae consigo la discreción?

—Nadie ha de haberme visto —dijo la serpiente, seseando. 

—Confío en vos; hemos de andar con precaución, o nos colgarán al amanecer.

La serpiente asintió. Un humo negruzco casi imperceptible rodeó a la misma que, repentinamente, transformó su cuerpo en el de un humano.

—¿Has logrado verlo? —preguntó la voz.

—Sí, caminaba alegremente entre los matorrales. Lo vi perseguir una mariposa, engatusado por el mover de sus alas.

—Oh, mi dulce niño… —sollozó. La voz se tornó cercana y, una vez fuera de la oscuridad, su cuerpo era ya visible. Era una mujer esbelta, de tez blanquecina y ojos verdosos. Se acercó al hombre y lo abrazó, gimoteando. 

—Estará bien. No le quitaré ojo; y tú, desde las estrellas, aún menos. 

—Ya, pero, ha de conocer a su madre, ¿verdad?

—Yo no conocí a la mía —dijo el hombre—. Y, aunque mi corazón sea un nostálgico solitario, jamás necesité besar sus mejillas.

—Eres cruel.

—Realista más bien; sin embargo, no lo he dicho para faltar a tu honor —respondió este, haciendo una especie de reverencia—. Sólo quiero que sepas que, personalmente, no hubiese querido conocer a mi madre en estas circunstancias. 

—¿Y por qué no? —preguntó.

—Él te conocerá hoy, hablará contigo hoy y, quizás, te amará hoy; pero, cuando debas volver a brillar ahí arriba, dime, ¿no te extrañará mañana? ¿no te añorará al día siguiente? ¿no te odiará, por abandonarle, hasta el último día?

—Bajaré las veces que necesite.

—¿Cuánto tiempo aguantará sobre la noche el falso brillo que has colocado?

—Lo suficiente, lo aseguro —respondió ella con firmeza. 

—En algún momento deberás de subir ahí arriba, no te engañes; de lo contrario, sumirás a los necios en una oscuridad que los enloquecerá.

La mujer dudó en responder. Miró al cielo y vio como las estrellas clamaban su nombre a la lejanía: la buscaban de vuelta.

—Sólo serán unos minutos.

—Para él será toda una vida.

Sin embargo, ella ya se había marchado. Recorrió todo el pueblo vestida de blanco, mientras ocultaba su rostro bajo sus ropajes. Su apariencia era llamativa en exceso; agradecida estaba de que las pocas personas afuera en la noche no la hubiesen visto. Llegó a la cabaña en la que su pequeño dormía. Trepó como un gato y se coló entre las rendijas de la ventana como el polvo hace tras una ráfaga de aire. Una vez dentro, se acercó a la cama de su hijo. Dormitaba profundamente. 

La mujer acarició la cabeza del pequeño. Le susurró al oído una dulce melodía que compuso en tiempos remotos para la vez en la que engendrase a un hijo y, después de tanto tiempo, logró cantarla. 

Tras un largo rato, el niño comenzó a despertar. Cuando sus ojos se encontraron con los de la mujer, se asustó. Estuvo al borde de gritar, pero la mujer se adelantó.

—No temas —dijo esta, sin detener sus caricias—. No he venido a hacerte daño.

—¿Quién eres? —preguntó, tartamudeando.

—Soy… —Antes de proseguir, rememoró la conversación que tuvo con la serpiente—. Bueno, formo parte de tu familia. 

—¿Qué?

—No me recuerdas, pero yo a ti sí. Eras tan pequeño que… Dios mío, ocho años han pasado ya.

—¿Vienes por mi cumpleaños? —preguntó el niño, dubitativo—. Mamá dijo que tuviese cuidado con gente desconocida…

—Lo sé, pero quería hacerte un regalo, ¿sí?

—¿Un regalo? —Aquello le hizo confiar en ella algo más.

—¿Quieres verlo? —preguntó la mujer, sonriente.

El niño asintió, expectante. La mujer sacó un trozo de cuarzo de una pequeña bolsa que colgaba de su espalda. Extendió la mano y se lo mostró.

—¿Qué es?

—Un recuerdo.

—¿Recuerdo? —preguntó este, confuso.

—Cuándo naciste, el cielo bendijo tu nombre: Kael fuiste llamado, o eso quiero recordar. Y entonces, un obsequio le fue entregado a tu madre: Este mineral; sin embargo, ella lo rechazó. No quiso saber nada de él, y lo lanzó a un lago. Pero yo lo recuperé para ti, para que no olvides tus raíces. 

—Es muy bonito —dijo el niño, agarrando el trozo.

—Como tú, Kael. 

El niño abrazó a la mujer. Los ojos de esta se empañaron y, en un acto de cobardía, calló. No le dijo quién era ni porque le regalaba eso. 

—¡Voy a enseñarselo a mamá! —dijo el niño, emocionado.

Bajó de la cama y corrió escaleras abajo. La mujer se quedó en la habitación, observando todo lo que allí había. 

El niño llegó a la sala dónde su madre leía. 

—¡Mira, mamá! ¿A qué es precioso? —dijo este, mostrando el mineral.

—¿De dónde has sacado esto? —preguntó la madre, asustada. 

—¡Me lo ha dado una señora qué dice conocerme! ¡Es de la familia! 

La madre tomó aquel trozo y le gritó al pequeño.

—¿Dónde está? 

—En mi habitación —respondió el niño, apenado.

La mujer subió rápidamente, martillo en mano. Abrió la puerta bruscamente y lo blandió con agresividad. Pero allí ya no había nadie. 

Salió de la casa y comenzó a tocar la campana de emergencia. Los pueblerinos que dormían, y los que no, abandonaron sus hogares con urgencia. Cuando se encontraron en la campana reunidos, la mujer gritó:

—¡La bruja ha vuelto! ¡La bruja está aquí! 

Cundió el pánico. Los hombres, sin pensarlo, fueron a tomar sus armas; las mujeres, por otro lado, fueron a sus hogares a proteger a sus hijos, aunque alguna que otra se quedó para pelear en el caso de encontrar a la mujer.

Por otro lado, ella se encontraba nuevamente en la casa derruida. La serpiente seguía allí, transformada en hombre.

—Es hora de volver —le dijo con seriedad.

—Sí, lo sé —respondió la mujer, apenada—. Gracias por ayudarme.

—Siempre estaré a tu servicio.

Esta miró al cielo, dónde el brillo había estado marchitándose desde hacía bastantes minutos. Antes de partir, dijo:

—Lo estuve pensando y tienes razón. No le dije nada, no quise hacerle más daño.

La serpiente fue a responder, pero aquella se encontraba ahora en el firmamento, dando fulgor a todos los que disfrutaban de la noche.

Los pueblerinos comenzaron a traspasar los muros de aquella casa; sin embargo, cuando llegaron, sólo vieron a una serpiente reptar a las afueras. 

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Los años pasaron y la luna brillaba con más ímpetu que antaño. El niño, que recuperó el cuarzo, lo observaba diariamente con cariño. Jamás olvidó el rostro de aquella mujer, que le traía un recuerdo nostálgico que no sabía de dónde provenía.

La serpiente, por otro lado, lo vigilaba desde la lejanía. Por las noches, enviaba cartas al cielo para que la dueña del firmamento nocturno pudiera comprender lo que sucedía en el amanecer. 

Y así fue como la luna, soñadora, protegió a su retoño hasta que diese su último suspiro.


John

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