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EL GUAPO CAREU

Feb 12, 2026

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EL GUAPO CAREU
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El guapo Careu

 

 

 

 

 

Carlos Careu era el guapo más mentado de los pagos de Morón. Su fama de pendenciero era conocida en todo Buenos Aires. Capo en los bailongos, los presentes se apartaban con respeto cuando cruzaba la pista de baile para llevarse a una naifa al fondo del local, donde los catres siempre estaban calientes.

Vivía del contrabando. Era el encargado de garantizar que los barquichuelos venidos del Uruguay descargaran su mercancía ilegal en la dársena más alejada del puerto. Algunas noches se enfrentó con la policía defendiendo lo ilegal, y otras durmió en una celda, no por contrabandista sino por pendenciero.

En un bolichón* que miraba al Maldonado, una noche conoció lo que para él fue lo más parecido al amor: rubia artificial, sonrisa luminosa y una habilidad asombrosa para el amor por horas. Luego de una jadeante noche , Careu se desprendió la cadena con el ancla que colgaba de su cuello y se la entregó a la mujer, no por amor, sino por agradecimiento. Aquella fue la última vez que se vieron. Noches después el infortunio terció, y luego de apuñalar a un policía fue aprehendido y condenado.

El tiempo en prisión fue cruel. A fuerza de chuza e intimidación llegó a imponerse como el mandamás de su pabellón, y antes de cumplir la mitad de su condena ya era líder del penal. Luego de pagar su deuda, una tarde de octubre fue puesto en libertad.

Tiempo después se lo vio rondando de nuevo por los bailongos, distintos a los de antes, pero semejantes en su mezcla de pasión efímera y violencia latente. En uno de ellos, una noche encontró su horma: sentado en una de las mesas al borde de la pista de baile, vio que un hombre muy joven se acercó, y desafiante, le preguntó si era capaz de defender a cuchillo sus mentas. Careu se incorporó en silencio, sacó su cuchillo orillero y se aprestó al enfrentamiento. La orquesta dejó de tocar mientras los presentes formaban un círculo alrededor de los guapos. Sin dejar de mirar a su contrincante, el joven se quitó el saco, y al hacerlo quedó expuesta sobre su pecho una cadena con un ancla.     Careu la reconoció como aquella que le había obsequiado a la mujer. Confundido bajó la guardia, y al preguntarle al muchacho de dónde había sacado esa cadena, este contestó:

—Era de mi madre.

Luego de decir esto, el muchacho se abalanzó contra Careu que ni siquiera se defendió al recibir una certera puñalada en el corazón. En lugar de dolor, sintió que el filo que entraba en su cuerpo era la extensión de su violenta vida sin sentido. Cuando cayó al piso ya estaba muerto. Meses después, el muchacho también llamado Carlos, moría apuñalado en el oscuro callejón de un barrio cuyo nombre me es imposible recordar.

 

 

Roberto Dario Salica

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