A veinticuatro kilómetros del pueblo de La Rosa, en una planicie solitaria y fértil se hallaba el
campo de Fermin Escalada, dotado de ochenta y cuatro hectáreas. Doce de ellas, que se hallaban
al final de la delimitación y en una cercanía relativa a la casa del dueño, eran inutilizables por
estar compuestos en su totalidad de piedra caliza y derivados, por ello no era un lugar
frecuentado por el patrón y sus empleados.
El día domingo se celebraba el fogón en honor al Santo Bernardo de Castex, patrono y protector
del pueblo. Un prestigioso evento que congregaba no solo a los feligreses del pueblo y sus
alrededores sino también a curiosos turistas que habían oído la grandilocuencia con la que se
contaba el afamado acto y por nada del mundo se lo perderían. Una atracción turística, si, y los
comerciantes lo sabían. Ya desde el día anterior ponían sus puestos de venta alrededor del sector
a utilizar y las tarifas de hotel aumentaban en un porcentaje considerable. Los turistas, ignorantes
de la situación, pagaban gustosos.
En vistas del evento, el anciano propietario del campo, cuya benevolencia se escondía bajo duras
capas de rabietas, arrogancia, y caprichos, le dió a los peones el día lunes libre para que puedan
disfrutar de la fiesta plenamente y a cambio cada uno de ellos harían horas extras lo que reste de
la semana. Ambas partes vieron en ello un trato justo.
La festividad inició formalmente a las veintiún horas, con la luna en su plenitud como testigo y la
noche oficiando de anfitriona; aunque horas antes, cuando se despedía el sol, los peones de
Escalada ya estaban abriendo un par de damajuanas en celebración del Santo.
Con una serie de campanazos gestión del diácono de la parroquia del pueblo, la multitud fue
alertada del inicio de las festividades y los más jóvenes corrían para llegar con celeridad y no
perderse el fogón, pese a que recién se iniciaban los preparativos, como les advertían los adultos,
que llevaban sus refrigerios, mantas y reposeras y marchaban a un ritmo ameno.
Terminado el alertador estruendo metálico y habiendo transcurrido un prudente tiempo, el
sacerdote inició su monólogo; de a ratos esparciendo los inciensos, de a ratos untando los santos
óleos a sus colaboradores y a sí mismo y, como dicta la tradición, dió la aprobación de quema a
los chicos de diez años reunidos alrededor del tótem con palos incendiados. De esta manera, San
Bernardo mantendría protegida a esa generación y el año que viene a la próxima y así
sucesivamente en tanto el rito se mantuviese.
De heredado ateísmo, Escalada nunca participó de la quema junto con su generación, puesto que
sus padres siempre se negaron. Aquello les costó ser marginados por la comunidad y tratados de
satánicos y demás epítetos que los condenaron a la ignominia y al ostracismo, características que
luego fagocitarían al pobre Fermin. Tal personalidad esquiva era adoptada, más que por
convicción, por oposición a aquellos quienes le dieron la espalda a sus padres. Si bien en la
actualidad nadie lo acusaba de hechicería y satanismo, aún se le consideraba un loco, un chiflado
o, en el mejor de los casos, un asceta, pues los coterráneos afirmaban que en sus viajes al pueblo
se lo veía hablando ininterrumpidamente solo y transmitiendo sus necesidades a través de
palabras que sonaban más a gruñidos que a castellano. Para el momento del fogón todos parecían
saber aquello de primera mano, aunque solo cuatro personas en el pueblo podían identificarlo si
lo veían en la calle.
La noche ya se había asentado y Escalada hacía los preparativos para un inminente y bien
merecido descanso. Apagó la tenue vela que le descubría el camino a la cama y cerró los ojos. La
habitación quedó iluminada solamente por la luz de la luna que se filtraba como una espía entre
las ya derruidas cortinas.
Para entonces la totalidad del tótem había sido incendiado. Aquella insolencia con la que antes
parecía desafiar a los niños se iba evaporando bajo los humos del fuego. Su mirada hueca y
oscura parecía haberse entristecido por descubrir su trágico destino y, aunque se despedazaba de
a poco, aun se erigía con fuerza y vigorosidad ante todos. El pueblo miraba extasiado el
espectáculo y los turistas sacaban fotos cuyos rollos jamás podrian revelarse. En las pupilas de todos
se reflejaba aquel fulgor anaranjado, que no era solo un reflejo sino que se asentaba en lo
profundo de sus miradas, y allí habría de quedarse por siempre. Sus caras reflejaban una
excitación inigualable, una sonrisa casi malévola surcaba sus rostros de oreja a oreja, la
expresión lindaba entre los extremos de la pasión a tal punto que no podía distinguir si sentían
una alegría infinita o un odio inagotable.
Giró y giró varias veces el dueño de las ochenta y cuatro hectáreas; los párpados no podían
mantenerse cerrados y, desvelado, decidió sentarse en la cama. Abrió la cortina con un ligero
esfuerzo y contempló la luna llena que no tenía más otra compañía que pequeñas estrellas,
algunas de las cuales parecían titilar rápidamente, como si algo temieran. Las nubes en cambio
huyen siempre en esos días del año, lo que hace al pueblo un lugar perfecto para contemplar el
cielo de una noche estrellada o para insolarse en el medio del campo durante el día. En aquel
instante de reflexión, aún sentado, prendió la vela que mantenía al costado de la cama, y cuando
levanto la mirada hacia la ventana observó una luz, de a ratos amarilla, de a ratos blanca, al final
del campo, allí donde linda el horizonte. Aquella luz parecía danzar vehementemente, meneando
su base de un lado al otro. Fermin conocía de sobra esa luz, era un grupo de indeseables
adolescentes del pueblo que ocasionalmente se reúnen allí a divertirse creyendo pasar
inadvertidos. Hoy habrán estado buscando revelarse contra las tradiciones del pueblo, víctimas
de ese negocio absurdo que es la rebeldía. El viejo ermitaño no se ocupaba ni preocupaba de
ellos puesto que, aunque dejaban una basura inaceptable, hacían siempre el fuego en el sector
pedregoso del campo, que no le servía de absolutamente nada y se aseguraban de apagarlo
correctamente. Pero hoy sería la excepción. Aunque sea para cansarse de caminar hasta allí y
volver presto a dormir inmediatamente, Fermin los echaría de su propiedad.
Alrededor del fuego, a segura distancia, bailaban en ronda los niños, revoloteando sus
extremidades de un lado al otro con coordinada destreza. Madres emocionadas agradecian a San
Bernardo y se apoyaban en el hombro de sus maridos, quienes las consolaban permitiendo que
las lágrimas penetren en la tela de su ropa. Abuelos contentos miraban a la distancia las danzas
mientras bebían y comían con jolgorio, recordando viejas anécdotas y despotricando contra los
nuevos fogones: Que si era más chica la figura de madera y paja, que si era menos extensa la
fiesta, que si las nuevas generaciones no le tenían respeto al santo, y demás. Así hablaban estos
oxidables miembros de la comunidad.
Tomó su escopeta vacía, le bastaba asustarlos. Se puso ligeros ropajes, afuera la noche era
ciertamente agradable. Se dirigió a paso firme hacia aquella luz, ensayando casi palabra por
palabra lo que iba a decir. No le debía suponer una gran dificultad. Los jóvenes le respetaban; y
si no le respetaban, al menos le temían. Pero el destino no llegaba nunca y para su desconcierto
terminó observando a la lejanía aquella colina que marcaba el fin de su campo y el inicio del
vecino. Su cabeza se impregnó de dudas, aún veía aquel fulgor, a la misma distancia inicial,
aunque a medida que se acercaba, si sus ojos no le engañaban, se volvía de un naranja cada vez
más intenso. Quedó dubitativo en donde se había parado, giró una vez en dirección a casa, otra
en dirección hacia el horizonte, y repitió aquel proceso al menos dos veces más. Si, el sabía de
sobra de que se trataba aquello.
La estructura de madera ubicada en lo alto del tótem empezaba a caer al piso, con un estruendo
opacado por el ruido del baile, la música y la parla. Conscientemente, la gente se alejaba más del
tótem, dejando que muriera en paz y sin tragedias de por medio. Nunca se perdonarian manchar
con un herido la fiesta de San Bernardo, que tanto velaba siempre por su seguridad. Pronto todo
él iba a ser consumido por el fuego.
Escopeta en la espalda, se persignó dos veces y emprendió el camino de vuelta no sin que su
corazón se le agitara torpemente. Intentó mantener la calma, los años de campo y la experiencia
espiritual le convertian, sino en un experto, por lo menos una autoridad en el tema. Aun así, su
corazón se agitaba mas y mas y gotas de sudor le resbalaban por el cuerpo. La humedad era
asfixiante. A medio camino ya estaba jadeante. Ingresó al sector de los maizales, que estaban
recién adoptando la mitad de su altura en edad adulta; había perdido el camino. El viento
comenzó a revolotear, los pelos se le volaban e incluso la escopeta en la espalda se agitaba de un
lado al otro incomodando su caminata. La tomó en su mano para estar más cómodo. Ahora el
viento se le puso de frente, echando los pastos que le rodeaban hacia su dirección, permitiéndole
ver el camino hasta su casa, cuyo interior aún iluminaba la luz de la vela. En el centro de su
ventana lo observaba una silueta, una larga túnica bajo una cabeza calva cuyos ojos parecían
pequeñas gotas de sangre en la lejanía. El viento cambió y los maizales se irguieron nublandole
la vista, sin permitirle comprender lo que acababa de ver por tan escasos segundos, aunque esa
imagen permanecería en su cabeza para siempre. Tuvo la sensación de que alguien lo seguía.
Apuro el paso, aún estaba a varios metros de distancia del hogar. El viento calmó, solo se oia sus
pisadas, su agitada respiracion y su tonto corazon. El cansancio llegó a sus piernas, cayó en una
rodilla. Cuando quiso levantarse, oyó un palo que se quebraba. Tragó saliva, enmudeció su jadeo
y agudizó el oído. Por unos minutos nada sucedió. Se puso en pie, otro palo roto y el ruido de los
maizales abriéndose paso llegó a sus oídos. De nuevo el viento de frente vencía los maizales y la
silueta aparecía en el medio de la ventana, y los ojos de aquella figura le parecieron aún más
grandes y más sedientos. Cuatro caminos se abrieron, dos por delante y dos por detrás de él.
Grandes perros grises de ojos carmesí le impedían seguir su paso. Aquella figura que le usurpó
su hogar se mantenia inmovil, mirando a la distancia, acaso sonriendo, acaso comandando
aquella jauría. La luz de la vela se estaba extinguiendo. Gruñendo y con burbujeante saliva
fluyendo desde el hocico se acercaban furiosos los canes hacia el viejo ermitaño, cuyos pelos
volaba hacia atrás el viento. Agarró su escopeta, recordó que estaba vacía, la agarró con firmeza
en sus dos manos y se ancló en el lugar intentando hacerse más grande y dando fuertes gritos
para asustar a las bestias. Se disponía a un combate donde la vida, esta vez, le iba a abandonar,
pero ciertamente no se iría solo.
Nunca echo tanto de menos las balas como en ese momento, aunque algo le decía que de nada le
servirian. El primer perro, ubicado a su derecha, se le abalanzó encima. Rápidamente Escalada le
acertó un fuerte golpe en el cráneo con la culata de la escopeta. El animal retrocedió adolorido
pero aun atento a su presa. Todavía sufriendo la cadencia de su golpe, ya sentía en su brazo
izquierdo la fuerte y desgarradora mordedura de otra bestia. La escopeta cayó, intentó golpearlo
con su puño derecho pero cuando quiso advertirlo ya se hallaba en el piso intentando que el
tercer perro no mordiera su tráquea, dejando a su suerte las extremidades inferiores que el cuarto
destrozaba con placer. Los brazos presentaron la renuncia y solo instantes después, su vida
también. El viento dejó de soplar, los perros se habían ido. Tirado en el suelo, con expresión
atónita y los ojos abiertos parecía mirar con asombro las nubes que habían llegado con el viento
y ahora parecían disiparse. La vela que alumbraba su ventana ya se había apagado y del mismo
modo se había extinguido aquella figura cuyos ojos quedaron marcados por siempre en los de
Fermin, reflejando un fulgor carmesí que parecía consumirlo todo.
Quemado hasta los cimientos, el tótem había sido reducido hasta la mínima expresión, un
cúmulo de cenizas y pasto quemado que el viento exparcia por todo el lugar. Esos niños estarían
seguros por toda su vida y así lo sentían los congregados que levantaban sus manteles, sillas y
banquetes emprendiendo el camino de vuelta a sus casas. Algunos niños, ya cansados por la
extenuante actividad física volvían a casa en brazos de alguno de sus padres. Otros, con algún
resto de energía, conversaban amistosamente con sus conocidos y con algunos desconocidos.
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