No tenía idea de cómo había llegado ahí. Se despertó atontado, con el ruido de las olas y el aroma a sal metido hasta la sien. Poco a poco la cosciencia se abría como un tunel de luz que se abría con un silbido agudo. Se saboreó la boca seca intentando humedecerla sin éxito, mientras sus ojos orbitaban dilatados intentando entender el contexto desconocido. Cualquiera pensaría que en una situación así entraría en pánico, pero el sistema nervioso responde de maneras sorprendentes ante la sensación de inminente muerte. Sin saber muy bien qué hacer y con los miembros adormecidos, empezó a girar sobre sí para confirmar que estaba tendido en un piso de madera, húmedo e hinchado. Enfocando cada vez mejor y viendo que se encontraba solo en esa pequeña habitación, se tomó un momento para lograr un rudimentario equilibrio manteniendose de pie, mientras hacía una inspección panorámica del lugar.
- ¿Dónde carajo estoy? - pronunció con dificultad para sí mismo.
La habitación tenía algunos metros cuadrados, una especie de monoambiente donde aparentemente alguien vivía. Se veía una cama pequeña, hundida y con apariencia de ser la única en siglos en desempeñar su labor ahí. Varios muebles humildes, entre ellos una cajonera, un ropero y una valija de enormes proporciones, abierta con ropa desordenada saliendo de su interior. Sin muchos más lujos, lo siguiente allí que llamó su atención fue la ventana, desde la cual solo se veía un gran resplandor. De puro instinto, sus pies se fueron acercando poco a poco, dejando que la vista de esa ventana se hiciera cada vez más grande. Y en la medida en la que más veía, más se iba abriendo su mandíbula, más iban despegando sus cejas y marcando todas sus arrugas. Anonadado contempló en el exterior un vasto océano azul, implacable, absoluto, infinito de no ser por el horizonte. Cielo y mar. Se le desprendió el alma y se vío a si mismo desde afuera, para ver que se encontraba en la punta de un faro en medio de una costa rocosa vaya a saber Dios donde.
- Esto es absolutamente imposible - Dijo descreído. - Pero si esta mañana... yo venía de... y el hombre del sombrero... ¿cómo?- Balbuceaba para sus adentros.
Trataba de hacer memoria, y los recuerdos se asomaban chapoteando con dificultad para no lograr recordar cómo, en nombre del Señor, había terminado ahí. Se alejó de la ventana al empezar a sentir un leve mareo que aseguraba que no estaba en un sueño, e intentando que la desesperación no se apoderara respiró. Se agarró la cabeza.
Sigue ahí - pensó.
Y fue poco a poco palpando su cuerpo para chequear su ropa, no sabiendo bien si buscaba algo que se supone que tendría, o buscando algo que para su sorpresa no esperaba, pero en cualquier caso dio con un objeto en el bolsillo de su saco, y cuando lo sacó vio que se trataba de un pequeño reloj cromado. Lo sopesó mientras lo observaba, esperando que le diera alguna información o ayuda, pero no tenía ninguna inscripción ni ningún detalle, y cuando lo abrió notó que no tenía manecillas.
-Fantástico - masculló- Ni la hora...
El señor Francisco, era un hombre de mediana edad ya tirando a los más que los menos, pero que se mantenía en muy buen estado, intelectual por lo menos, cómo siempre decía el. Tenía una actitud de templanza que le había ayudado toda la vida a sobrellevar a agentes entrajados malhumorados y déspotas. Estimado por sus alumnos, pero olvidado por gran parte de ellos, se había jubilado como docente hacía algunos años atrás, decidido a empezar con su vida otra vez. Un ciudadano promedio, que pagaba sus impuestos, y sacaba la basura todos los días a horario. Sin otra cualidad distintiva que una extraña fobia a las palomas. Y sin embargo, se encontraba allí en el escenario menos probable para alguien como él, y lo peor de todo, sin la más remota idea de cómo había llegado ahí.
Se ordenó un poco el escaso cabello canoso, y con intenciones de tomar coraje, respiró profundo y empezó a buscar la manera de salir de allí. Una pequeña puertita se encontraba al otro extremo de la ventana. Todo parecía tener tamaños extraños allí, pero como recién se despertaba de un extraño desmayo lo atribuía a su cerebro en cortocircuito. Cuando abrió la puertita, y decidió pasar tuvo que encongerse casi como bolita para salir de ahí apretujado. Cuando terminó de salir observó y ya casi no se veía la habitación, como si estuviera lejos, del otro lado de un tunel. El faro empezaba a transmitir una sensación de ensueño, casi alucinógena. Sin más que hacer, dio la vuelta y empezó a bajar aquella escalera en forma de caracol, lentamente, el ambiente había cambiado a ser muy oscuro, pedregoso e irregular, con cuidado de no volver a terminar en el suelo perdiendo la consciencia, fue bajando escalón por escalón. Su corazón le comunicó con una fuerte palpitación en incremento, lo que inevitablemente era estar avanzando camino a la incertidumbre.
Comenzó a ver algo de luz al final del recorrido, llegando a lo que aparentemente sería otra habitación. Se alcanzaba a escuchar un sonido extraño, como de agua hirviendo, siguió bajando lentamente, haciendo un esfuerzo por no hacer ningún ruido al rozar las piedras con sus zapatos, y mientras más se acercaba al final, más parecía elentecerse el tiempo y más pesado se hacía el aire. Se pegó contra la pared, y avanzó milimétricamente para tratar de observar. Sentía que la presión en sus ojos y en su sien, seguro de que sus latidos que ya se asemejaban a un redoblante delataban su presencia a kilómetros, trataba de calmarse, pero sus pulmones estaban a tope. Siguió asomando la cabeza ligeramente para observar la habitación, y corroborar que seguía siendo el único en el lugar. Su alma tardó unos segundos en volver.
Recorrió lo que parecía una humilde habitación tipo cocina comedor, parecía que claramente alguien había estado ahí hacía poco, había una taza de café a la mitad sobre la mesa, rodeada de papeles de distintos tamaños y colores, cartas, libretas, postales y hasta un mapa. A unos pasos había una pava con agua sobre el fuego, vaya a saber hace cuanto tiempo. No se atrevió a apagar la hornalla. Por fuera de eso, un enorme silencio. Siguió analizando el lugar y vió colgados cerca de la puerta uno abrigo, un sombrero y un paraguas. Se acercó e intuitivamente rastreó en los bolsillos del abrigo, metió la mano en uno de ellos y extrajo una billetera. Cuando la abrió, observó detenidamente el documento que se asomaba. Sus ojos repasaban una y otra vez la fotografía y los datos de identidad.
- No es posible- balbuceó.
Sintió una extraña sensación de despersonalización, como si tal vez todo fuese un sueño vívido, solo que todavía no lograba despertar. Y justo cuando comenzaba a cuestionar a la propia realidad, escuchó un sonido sordo atrás, como una presencia. Para cuando se dio vuelta, el alma ya se le había ido a los pies y las lágrimas ya habían inundado sus ojos. Sintiendo que el aire se le terminaba en ese momento, soltó la billetera y lo vio.
-Nunca confíes en el silencio- dijo la voz- Me lo enseñaste hace mucho tiempo... hermano.
Sus ojos no pestañearon por un largo rato, generando una gran pileta de lágrimas acumuladas. La petrificación fue cediendo poco a poco, pero no la conmoción.
-Abel... ¿Qué... qué es todo esto?
-¿Cómo estoy vivo?- Dijo el hermano con tranquilidad.
-Pues, sí... - dijo confundido entre la alegría y el temor.
Abel se acercó a la silla, y se sentó dejando escapar una fuerte exhalación.
-Soy solo el mensajero, querido hermano - dijo mientras tomaba un cigarro, sin cruzarle la mirada.- Por una promesa que dijiste mantendrías hasta el día de tu muerte. Y como decidiste, bajo un acto de estupidez, romperla, la muerte ha venido a buscarte.

Valeria Tuma
Solo otra partícula con consciencia, flotando en esta incomprensible familia de esferas que giran alrededor del sol.
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