Finalmente, y luego de una agonía que duró cinco años, se decidió a olvidarlo completamente. Sabía que era difícil puesto que cada rincón de su vida había quedado manchado con sus restos, pero tenía una buena noticia: ya no podía vivir así. Ese fin de semana se lo había pasado llorando, intentando no ver publicaciones, no hacer averiguaciones ni crear o dar lugar a conjeturas absurdas que su mente creara con el fin de destruirla. Lo bloqueó de todos lados y a su nueva ella también, con la intención de dejar atrás todo.
Con el correr de los días pudo acostumbrarse a no saber. Y así se sumaron semanas hasta llegar al mes. Se sentía un adicto en rehabilitación. Había veces que atisbos de esa historia pasada la venían a atormentar, inclusive cuando no existían razones para ello. Tenía una mente poderosa y que la mayoría del tiempo costaba controlarla. Tuvo que aprender sobre la paciencia: cinco años es suficiente tiempo para que su vida se acostumbre a tenerlo, y ya no hacerlo, ya no saber nada sobre él, producía la misma sensación que no tener un órgano vital, ese motor que te impulsa a vivir.
A veces cortar cebolla, esparcir especias o colar fideos eran actividades que quedaban por la mitad y escuchar algunas canciones de La Renga se volvía un martirio. Pensar que ya no cocinaba para él, que las canciones de ambos ya no les pertenecían a ninguno de los dos, no dormir en la misma cama ni respirar el mismo aire, que su corazón hoy latiera por alguien más. El pensamiento de cada día, se había acostumbrado tanto a vivir sufriendo que su mera existencia le parecía un milagro.
"¡Qué increíble! Está enamorado de otra y a pesar de eso mi corazón sigue latiendo. ¿Cómo puedo estar de pie?" le decía a sus amigas mientras inhalaba el humo del cigarrillo, viejo amigo.
Se consolaban todas con que el duelo era necesario, que debía durar lo que debía durar. Era tan simple como que un buen día soleado y llenos de esperanza la vida decida dejarte libre, entonces ya no lo extrañarás. Ya no recordarás el tacto de su mano ni el sabor de sus besos, ya no sabrás lo que se siente acariciar su pelo, su voz perderá toda capacidad para hacerte temblar de pies a cabeza. Y a pesar de que ella sabía que había intentado hacer el duelo varias veces y que siempre terminaba volviendo al mismo lugar —el de recordar cocinando o escuchando La Renga— prefería no dejarse vencer y seguir esperando ese momento.
Esperó y esperó.
Pero una mañana sus piernas se cansaron y su mente no pudo esclarecerse. Desayunó una botella de vino esperando encontrar tranquilidad, algo que la impulsara a seguir, sin embargo encontró todo lo contrario. Era su fecha, ese día que no había podido recuperar, cuando todo le dolía más. Como pudo se presentó en la dirección que todavía recordaba a la perfección sin un objetivo claro; quizás quería recuperar su amor o insultarlo hasta romperse la garganta. O arrancarle los pelos a aquella mujer que se lo había robado, nadie sabe.
El chusmerío del barrio dice que no despegó su dedo índice del timbre hasta que él salió de la casa. Que él pronunció su nombre con sorpresa y justo sus pupilas se abrieron de par en par para dejar grabado cómo ella empuñó un cuchillo y lo enterró en su corazón tiñendo al vecindario con todo su dolor.
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