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El Evangelio según La Loca

Jul 25, 2025

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El Evangelio según La Loca
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No te preocupes, yo te voy a canonizar como el mártir que esta tierra jamás mereció. Adornaré la pintura que algún famoso artista hará de ti y te llevaré flores todos los días. 

Te platicaré de mis rutinas anodinas mientras veo tus ojos afligidos y tu rostro derrotado. Tus manos suplicantes me recordarán las veces que no respondiste, y lo entenderé, porque las tenías ocupadas elevando tus plegarias a un dios en el que no crees. 

El halo en tu cabeza expiará todos tus pecados, y yo te rezaré cada noche para invocarte, aunque no llegues. Me sentiré acompañada solo con una estampa tuya en mi cartera, y cada vez que algo se ponga difícil en mi vida, besaré tu imagen añorando que esta vez no me dejes sola. 

En cuanto oscurezca, sacaré el chicote y me autoflagelaré la espalda, las piernas y las manos que algún día tocaste. Sentiré un calor que baja de mi rostro hasta mi sexo. 

Me castigaré por haberme ido, por el horror de manchar un corazón tan inocente; pero me odiaré más por haber regresado a buscarte cuando tú ya estabas en tu misión de salvar al mundo. 

Pondré mis manos al fuego hasta quemarme la carne. El olor infestará mi hogar pero yo me castigaré para ser digna de algún milagro tuyo, el dolor será mi ofrenda. ¿Será suficiente para ti?

Antes de dormir, me arrodillaré, cerraré los ojos y diré: “Nunca el mundo mereció a alguien tan bueno y tan puro como tú”. Mi amor pecaminoso manchó tu ser etéreo, y por unos momentos te arrastré a lo mundano, a lo sucio, a lo que nunca valió la pena. 

Me convertiré en quien te dañó tanto que te convenció de correr por toda la tierra sin detenerte, porque dolía más pensar en mí que en un músculo desgarrado. Y yo apareceré en alguna otra pintura, detrás de la muchedumbre que mira tus heridas con sorpresa y morbo. 

Al final de ese lienzo estaré yo —casi como una mancha— mirando desde lejos a mi futuro santo. No me acercaré, porque no quiero robarte el primer plano de la compasión.

Yo sé que todos me acusarán de ser una mujer cruel. Una bruja que te atrajo con algo que no conocías: amor real. Y que te asustaste tanto, que tuviste que emprender un viaje con el cuerpo y el alma rotos; que descendiste a infiernos jamás conocidos, y supiste regresar con canciones como única guía. 

Tal vez me apedreen cuando me acerque a tu cuadro, a llorar las preguntas que nunca me respondiste, y a darte los perdones que jamás supe por qué tenía que darte. 

Me sacarán violentamente de tu espacio, porque la pintura de un mártir no puede ser mirada por la mujer que lo eligió sin condiciones. Eso te ensuciaría, te haría humano y te quitaría las virtudes beatas que yo te atribuí.

¿Tú crees que me rindo fácil? Por supuesto que no. Yo incendiaría el lugar que guarda tu pintura y la robaría para llevármela conmigo. Eres tan grande que no cabrías en mi bolsillo, así que tendría que recortar solo tu rostro. 

Te llevaría a mi casa y te pondría un altar, en donde te contaría todo lo bueno que fuiste, lo que mereciste, pero por lo que nunca pudiste luchar. Te diría que tu miedo fue el mejor escondite para convertirte en un santo. El incienso jamás faltaría en tu nombre. Para mí, eres la imagen sagrada que no quiero que nadie más toque. 

Te rindo devoción desde el lugar más pequeño que nunca existiría. Una vez ultrajado de tu templo, te ofrecería en ofrenda mi sangre, pero no sería suficiente, porque estaría maldita. 

La cera de las velas que te pondría alrededor se iría pegando al piso, creando nuevas flamas. Esas serían testimonio de mi fe en aquel mártir que no sabe más que llorar en medio de un milagro. 

Yo te escribiría un rosario: yo te elegí, yo te amé, yo regresé… Pero perdóname por tener miedo de irme la primera vez. Jamás fui digna de tu magnánima alma, y si acaso te tuve, fue una presencia omnipotente prestada. 

El sufrimiento bendito del hombre no lo olvidará la humanidad. A mí me exiliarán. Y en una habitación humilde, me sentaré en una pequeña silla de madera. Sabré que vendrán por mí pronto y nos llevarán de vuelta al inicio; pero esta vez tú irás directo al cielo y yo descenderé a algo parecido al infierno. Yo arderé por la eternidad, y a ti te venerarán y te harán una fiesta cada año con cuetes y procesiones. 

En la otra vida, yo volveré a cargar sola con los estigmas de tus heridas en el corazón. En una nueva era donde, antes de pensar que soy de ti, creerán que es una burla, y buscarán llamarme blasfema y hereje. 

A ti te recordarán con una canción que termine en gracia divina. Serás el ícono de los hombres que supieron correr de mujeres como yo y se sacrificaron en silencio para no herir. 

Yo me llevaré las palabras, las maldiciones de los demás y las tuyas justo antes de confesarte. A nadie le importará que te defendí con este cuerpo y esta lengua. 

Esta mujer será la pérfida, aquella serpiente desobediente de la quietud de la bondad. La que te arrancó de tu calma y te puso frente a un espejo. La que te hizo humano. 

Yo jamás sería apóstata de ti, mi amor.

Ahora sí: quémenme.

Montserrat Peralta

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