I.
Anatomía de los escombros
Hay una geometría del quebranto que solo los iniciados reconocen: esa manera exacta en que la luz no atraviesa el cuerpo, sino que se refracta en las aristas cortantes de lo que alguna vez fuimos. En este Longchamps de tardes suspendidas, donde las casas parecen guardar el secreto mineral de una quietud fósil y los árboles gotean una sombra densa como mercurio, aprendí la ciencia de la permanencia. El tiempo no pasa por este pueblo; se acumula, se sedimenta sobre los techos de chapa como un polvo de estrellas viejas, una pátina dorada que convierte el aire en un líquido espeso donde los recuerdos flotan, suspendidos, como medusas de luz en la penumbra de un acuario abandonado. Se respira el aroma rancio del alquitrán caliente, el hollín suave que deja el paso del tren Roca y esa humedad amarga de los jardines cuando el sol empieza a desplomarse sobre la tierra baldía.
En el centro de este tiempo quieto, mi familia opera como una orquesta implacable de venas y latidos. Son mi entramado mineral, una jaula de costillas cálidas donde me refugio cuando el universo afuera estalla. Los amo con un amor vegetal y tenaz, una raíz ciega que perfora la tierra dura para buscar agua en la oscuridad absoluta; un afecto zoológico, primario, que no exige razones porque está cosido directamente a la médula. Son el contrapeso de mi propio abismo, el centro de gravedad que impide que mi anatomía se disgregue en la nada.
Porque yo no soy un templo intacto: soy una catedral bombardeada de la que solo quedan los vitrales rotos. Estar dañada es habitar una botánica de la herida. Por dentro llevo una selva de cristal, un ecosistema de filos donde crecen flores de hollín y fósforos apagados. Mis cicatrices no son costras; son suturas de plata, geodas abiertas en la carne que revelan que el dolor no rompe: metaboliza. Llevo la memoria de la tormenta calcificada en los huesos, un eco sordo que retumba con la frecuencia de los volcanes dormidos. Llevo en el pecho una vajilla fina de porcelana hecha añicos, un tintineo constante de piezas sueltas que raspan las paredes del estómago con cada bocanada de aire. Hay una belleza monstruosa, casi obscena, en saberse hecha de escombros y, aun así, sentir que la sangre todavía circula como un río de lava furiosa.
¿Qué es la melancolía sino el lujo inútil de los que se rinden? ¿Qué sentido tiene arrodillarse a venerar el propio cadáver cuando el cuerpo todavía arde?
Yo prefiero la blasfemia del gozo. Mi hambre de estar viva es un reptil insaciable que devora los segundos a dentelladas. Me bebo los instantes con la desesperación de un náufrago que descubre que el mar es de vino: la humedad helada de un vaso de vidrio que transpira contra la piel, el olor denso a ceniza y sudor condensado en el aire, el chasquido seco de un fósforo raspando la noche, la electricidad que recorre las vértebras cuando la música baja como un trueno pesado.
Por eso, cuando el cielo se tiñe del color violeta de un hematoma y la oscuridad exige silencio, yo cometo el acto de rebeldía más hermoso. Yo no voy a la fiesta: la convoco desde mis entrañas, la exhalo como un veneno luminoso. Soy un estallido de fósforo en mitad de la caverna, una deflagración de carne, ritmo y exceso que consume la penumbra hasta no dejar más que humo espeso. Bailar no es un juego; es una profanación, un exorcismo pagano. Mis pies golpean el suelo con la furia de un martillo sobre el yunque para pulverizar los cristales viejos, para triturar los recuerdos que duelen y convertir la herida en un espectáculo insoportable de chispas fugaces.
Que el destino mire mi cuerpo agrietado, que observe este mapa de cicatrices brillando en la penumbra y comprenda: no hay ruina capaz de apagar una hoguera que aprendió a arder con su propio veneno, ni sombra que soporte el escándalo de mi risa cuando decido que la noche me pertenece.
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II.
Morfina de piedra y alambre
Longchamps no consuela: anestesia con polvo. A las cuatro de la madrugada, cuando el conurbano huele a grasa fría y a perro húmedo, salir a caminar no es un ejercicio; es una autopsia en movimiento. Piso el barro seco con la saña de quien necesita sentir que la tierra responde con crujidos. Los rieles del tren Roca cortan la neblina como dos cicatrices metálicas abiertas a lo largo del mapa. Esos rieles no van a ninguna parte que me importe; son simplemente la prueba de que el hierro aguanta la presión del peso sin quejarse. Y yo soy de esa misma materia podrida y dura.
Me detengo en un terreno baldío cercado por alambre de púas oxidado. En las puntas del alambre cuelgan bolsas de plástico negras, jirones de ropa vieja, plumas de aves destrozadas por los gatos nocturnos. Es el altar de la miseria urbana. Y sin embargo, si miras el ángulo correcto bajo la luz moribunda del farol de vapor de sodio, la condensación de la neblina convierte cada espina de hierro en una gota de vidrio puro. La belleza no es una flor en un florero; la belleza es la maleza creciendo con furia en el estómago de un perro muerto.
Me escupo la rabia en la palma de la mano y me hago una corona.
No hay templo en este pueblo que resista mi teología de escombros
prefiero ser el fósforo que quema el retablo
que el santo de madera pudriéndose en el pedestal.
Hay una violencia silenciosa en estar verdaderamente solo. La soledad no es la falta de compañía; es el peso de tus propias vísceras aplastándote los pulmones contra las costillas. La mayoría de la gente le huye a ese peso con televisión, con charlas estúpidas, con amores tibios de fin de semana. Yo me emborracho de mi propio silencio hasta que la garganta me sabe a óxido. Aprendí a no parpadear cuando mis fantasmas me miran a los ojos. Les ofrezco asiento. Les convido un cigarrillo apagado. Los eduqué para que entiendan que el único monstruo peligroso en este cuarto soy yo.
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III.
La teología del bombo caja
Crecí educada en el dogma de la métrica cruda. El hip hop no es un género; es la autodefensa de los golpeados. Es el idioma de los que tienen que transformar la miasma de los pasillos en orfebrería verbal. Escuchar a Canserbero o a Lechowski es aprender que la poesía no se escribe con pluma de ganso, sino con un clavo caliente sobre la pared de un baño público. Es la sintaxis del puñetazo en la mesa, la elegancia de la navaja que corta el aire sin avisar.
Buscamos la luz como polillas neuróticas estrellándonos contra la misma lámpara encendida, ignorando que la luz verdadera se genera cuando los dientes chocan por el frío y la rabia nos prende fuego el cuello.
Miro la mugre debajo de mis uñas. Miro las brechas en la pared de mi pieza por donde entra el chiflón helado de la calle. Todo en mi entorno susurra abandono, pero mi mente opera como un laboratorio de transmutación alquímica. Si el mundo me da barro, yo le devuelvo estatuas de lodo ardiendo. Si la depresión me manda a la cama durante cuarenta y ocho horas con el alma tullida, me levanto al tercer día no para rezar, sino para partir la mesa de la cocina al medio con el peso de mis versos.
Mi familia sigue ahí, en la otra habitación, durmiendo el sueño pesado de los trabajadores. Ellos son la tierra firme. Su amor no es de palabras grandilocuentes; es el mate caliente servido sin pedir nada a cambio, la frazada que me tiran encima cuando me ven doblada sobre el cuaderno. Ese amor animal me salva de la locura absoluta, pero no me quita el hambre de destrucción. Porque para construir mi propia estirpe de luz, primero tengo que hacer volar en mil pedazos toda la basura que me enseñaron a venerar.
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IV.
El festín de las bestias heridas; canto de guerra al borde de la ceniza
Que vengan los jueces de la moral limpia a explicarme la cordura. Que vengan con sus manuales de autoayuda a decirme cómo se debe sanar una carne que nació con vocación de hoguera. Me río en la cara de su paz de cementerio. Mi dolor es mi corona; mis grietas, mis galones de guerra.
Sirvan el licor amargo en copas de cristal moliéndose
brindo por la locura que nos mantiene despiertos en la morgue,
brindo por las cicatrices que relucen en la penumbra
como relámpagos atrapados bajo la piel.
Cuando arranca la fiesta clandestina en la garganta de la noche, cuando el altavoz distorsiona los graves hasta hacer vibrar la pintura suelta de las paredes, me transformo en una entidad indivisible. No hay ayer, no hay mañana, no hay cuentas por pagar ni angustias existenciales rondando en los rincones. Solo existe el pulso. El impacto del pie contra el piso de cemento alisado. Un exorcismo salvaje donde el sudor es el agua bendita y el humo del cigarrillo la densa nube de incienso de un templo en ruinas.
Me trago el veneno de la existencia y lo devuelvo convertido en música. Trago a trago, risa a risa, mordisco a mordisco. Si la vida es una tragedia escrita por un dramaturgo borracho, yo voy a actuar mi papel interpretando el villano más hermoso, más peligroso y más brillante de la función.
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V.
La geometría inviolable
Amanecer en Longchamps tiene el color de los puñales limpios. Una franja plateada cruza el horizonte por encima de las copas de los eucaliptos y los cables de alta tensión. El aire amanece cortante, cargado de un frío que limpia los pulmones como la creolina sobre el piso de una carnicería. Respiro profundo. El dolor sigue ahí, por supuesto; las piezas rotas de porcelana en mi estómago no han desaparecido, pero ahora encajan en una arquitectura perfecta.
Ya no soy una ruina que pide clemencia. Soy un monumento erigido a la fuerza de voluntad. Aprendí a habitar mi propia soledad no como quien espera un rescate en una isla desierta, sino como el soberano absoluto de un imperio de cenizas resplandecientes.
Miro el mapa de mi piel bajo la primera luz fría del día. Mis cicatrices brillan. Mi corazón golpea el tórax con el ritmo obstinado de un tambor de guerra que se niega a rendirse. Que el destino, el dolor y la muerte vengan cuando quieran: los estoy esperando de pie, con los bolsillos llenos de fuego y una sonrisa de acero resplandeciendo en la penumbra.
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