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El espectáculo de lo cotidiano.

Lola

May 16, 2024

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El espectáculo de lo cotidiano.
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Saliendo de la facultad, me siento en el colectivo de vuelta a casa y pienso:

Que amable le resulta a una la vida, que dulce, que liviana, cuando se encuentra con un gesto, una esquina, un vestido que parece reconocer nuestro cuerpo. Cuando un pedazo de sol le pasa por el pelo, cuando camina hacia un lugar amado, cuando la angustia que acecha desde lo profundo del pecho, de una vez y por todas afloja, y una se sabe ilusionada.

Que cordial, que cálido puede ser el mundo, cuando la propia piel se destensa y en la calle no ves más que bellos rostros que pasan, las bocinas, las alarmas y los gritos ahora musicalizan la ciudad sólo para recordar que estamos vivos.

Pueden pasar los años, yo puedo enloquecer... y aún así no quiero dejar escapar esta certeza, esta ilusión que es mi ley de vida, la bandera que cargo y que defiendo, que necesito, que es mía y de cualquiera que respire un deseo insaciable; de aquellos que desnudan el pecho y las manos frente a esta tierra que no cambia, frente a los villanos de siempre llegando en nuevos disfraces, frente a estas calles manchadas de sangre. Y no hablo de ambiciones absurdas, sino de humanidad, de corazón, de tacto. Hablo de compromiso y dulzura, de no perder la ternura filtrada en los rincones, de reconocerse todavía con los pies cansados, pero reconocerse al fin.

No quiero hoy abandonar mi entrega, no quiero tan pronto sellar el desconsuelo. Soy jóven y queda mucho por decir. Escribo desde mi cuarto con el corazón extendido hacia los espacios que quiero; escribo con mi experiencia, con un lápiz y una cicatriz. Quítenme todo pero no este anhelo que me recorre, no esta voluntad inquieta, no esta posibilidad de desear.

Todavía quiero emocionarme por lo simple y lo bonito, por las personas que comparten conmigo el tiempo, por los colectivos que pasan, por las chicas de mi edad que ríen; por los colores, el reflejo en el asfalto, el movimiento de los ojos, la forma de las ventanas, las conversaciones, por lo que mañana olvido pero ahora disfruto. Lo sutil, el espectáculo de lo cotidiano, las nobles porciones de existencia.

Ese encanto que se presenta casi por accidente, algo que se desliza por los párpados, una palabra sin querer, un pájaro que pasa y te despeina, una figura detrás del vidrio, la risa que estalla en el aire como gotas, la simpleza intrínseca de la vida. Esa es la belleza trasladamos todos y todas, cada ser y cada objeto, eso indescifrable, que llega como por casualidad. Un encanto que alcanza su expresión máxima y decanta en su aparición como un error; al final del día es una adorable consecuencia de la historia de cada cual, de las roturas, de las huellas. El tránsito de uno deviene siempre en la piel, la realidad se desvanece sobre los hombros, el lenguaje que se deforma todos los días y, por suerte, es esa rajadura, ese obstáculo, ese desgarro, esa marca, ese quiebre, ese agujero, lo que deja pasar la esencia como una luz.

Lola

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