Es el monstruo de Frankenstein que ella misma creó,
eligiendo las partes de sí misma que desea ser,
mientras carga el peso de las que quisiera poder dejar atrás.
Es discípula de la creencia de que
el amor no existe,
porque nadie le recordó que
su corazón no quedó olvidado en el laboratorio.
Y somos espejos rotos,
condenados a mostrar reflejos distorsionados unos de otros.
Puede ser hostil al principio,
pero solo porque se encuentra
en la desafortunada circunstancia
de no poder escapar de sí misma.
O sigue creyéndose un monstruo,
que eventualmente aprenderá a amar,
o considera el hecho de que
nunca lo fue
y supo hacerlo desde el principio
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