En realidad no sé qué me pasa.
Hoy por primera vez me doy cuenta de a qué se refiere mi psicólogo cuando dice que estoy dormida.
Soy un ente. Voy y estoy, a veces de alguna forma participo. Hablo con punto y aparte. Es más, si pudiera, quisiera golpearme la cabeza.
Algo que ya escribí y expresé mil veces atrás. Algo que ya pensé, imaginé e intenté solucionar.
Hoy me senté a tomar mates en el desayuno y me puse a escuchar la radio; hablé sola de cómo la tecnología nos vuelve estúpidos, como si tuviera mi propio programa. Incluso hasta me hice reír. Y si miro en retrospectiva o como si fuera un vecino que desde el otro lado por la ventana mira, creería que estoy loca.
Después me bañé y fui a la guardia.
Hago cosas de las que me arrepiento y no hago casi nada al respecto, ni siquiera intentar perdonarme o dejarlo pasar. Me siento fea, me quiero cambiar el pelo y renovar el placard.
A veces siento que me odio, y cuando no, no siento nada. Cuando en realidad siento que no me importa absolutamente casi nada.
No me quiero morir. Quiero estar en el futuro. Pero estaré cuando tenga que llegar, cuando sea mi presente y el ahora sea lo que ya viví.
Lo cual es estúpido porque:
Mi ‘yo’ del futuro es (soy) la del presente.
Y la del futuro se arrepentirá de no ser mi ‘yo’ del presente.
O sea, de vivir. ¿Me irá a extrañar?
Yo me extraño un poco… La ‘yo’ de hace unos meses. Intento buscar qué tiene ella que yo no. Y se me ocurre que:
No lastimó a Manuel.
Sentía emoción por la vida.
Admito que en el medio de todas estas palabras hubo un golpe (que dependiendo de donde lo mires, pudo ser de suerte o no), y que además viene con la confesión de que sentí cierta satisfacción al darme la cabeza contra el secador de manos de plástico que hay en el baño.
Y de repente tras confesar ese invisible secreto, me quedé sin palabras.
Pero imagino el eco del golpe en la baranda metálica que hay fuera del aula y el impulso de cabecearla me atrae como un imán perdido.
Sé con certeza que el golpe frío sería aliviador, como si el rebote de mi cabeza fuera a liberar ese algo dentro mío… El impulso palpita como una infección. Tiene el sabor metálico de mi sangre y el cosquilleo de un pie dormido.
Será tal vez eso lo que me despierte. Lo que me dé un giro que me termine por marear y perder, y puede que así también de alguna forma encuentre el rumbo de la vida.
Es todo un poco confuso y complicado. Probablemente si lo hago, no va a pasar nada de lo que digo. Mi cabeza será la adormecida y la sangre será lo que brote de la misma, todo seguirá igual a excepción de que estará partida.
Me encerré en el cubículo del baño y con todas mis fuerzas me tapé los oídos. Sentí como si estuviera nuevamente en el vientre de mi mamá. Lo que daría por volver a estar ahí… Frase que nunca entendí hasta que comprendí la angustia de vivir, y queres volver a sentir ese calor antes de nacer.
Sentimiento que nadie recuerda pero que te siembra la nostalgia.
“¿Estás bien?” Me preguntó.
“Sí, ¿por qué?”
“Estabas un poco callada, apenas participaste.”
Estaba concentrada en el restaurante. En las luces bajas y cálidas, en la atención del mozo y las conversaciones ajenas.
Yo también me sentí ausente. El ambiente era agradable, con gente querible y un acontecimiento celebrable. Ahí estaba yo, sin saber cómo y sin merecer nada.
No tenía nada interesante para decir o acotar: y como yo disfruto de mi silenciosa presencia, no planteo la duda de si ellos me perciben un poco extraña.
Soy yo que de a poco me acostumbro a ser un fantasma.
“Estoy cansada” respondí. Que no era del todo mentira pero sí una excusa acertada.
Hace poco visité a una amiga que me pidió el favor de no olvidarme de mí, de mis cosas. No de mi mesa ratona de algarrobo o de la colección de mis broches de pelo… Yo supongo que al igual que mi psicólogo y mi pareja, ella también se dio cuenta de que no estoy.
“Tus proyectos, tu carrera… De vos misma” no titubeó ni parpadeó cuando lo expulsaba de su pecho con determinación y una pizca de suplicación.
Yo no le respondí. Si no tengo la respuesta hoy, mucho menos hace un par de días… Le agradezco, con paz, que sea tan cruda.
El fin de semana, en medio de mi llanto de arrepentimiento, me acarició con palabras. Como una estúpida me acosté con quien no debía y casi pierdo al amor de mi vida.
“Si me deja me muero.”
“No digas eso.”
Es una pena que el sentimiento que me hizo sentir viva fue la culpa y el arrepentimiento. La desesperación, odio y asco hacia mí misma. También me quise dar la cabeza. Lloraba por la impotencia de no poder hacerlo, y no porque faltara valentía, sino el derecho de sentirme herida.
Fue el peor fin de semana de mi vida: superó los dramas familiares, los chicos con los que salí y los problemas económicos que venimos teniendo el último mes. De pronto por estar dormida casi lo pierdo todo…
Lo estúpida que me sentí ayer celebrando tu cumpleaños con tu familia o al mirarte sabiendo que me perdonaste… Lo estúpida que me siento al recordar lo que hice y al escribir esto para autocastigarme… Busco la razón pero me suenan excusas. No sabría por qué la verdad también me parece tan estúpida.
Pareciera que estar dormida funciona como una cadena…
Una condena…
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