No nació cordero, pero aprendió el silencio,
a bajar la mirada como quien no tiene precio,
a caminar despacio entre la fe del rebaño,
con la sombra escondida afilándole el daño.
Se untó de inocencia la voz y el pelaje,
ensayó la ternura como un frío lenguaje,
y perfeccionó el arte de no ser lo que es,
de parecer salvación cuando es hambre al revés.
El rebaño lo mira con calma y confianza,
no sospecha la muerte que en su pecho avanza;
porque el miedo no grita cuando sabe esperar,
solo aprende a vestirse de algo que hace confiar.
Y así va el lobo, vestido de ausencia,
tragando la luz con paciente violencia,
sonriendo en la forma que el mundo permite
mientras algo en su interior lentamente se agita.
Hasta que una noche, sin ruido ni aviso,
se le cae el disfraz como cae lo preciso,
y el aire recuerda lo que quiso ocultar:
que lo falso, algún día, no puede aguantar.
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