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Al final, la institución santa,
la autoridad colegial
indiscutible y sacra,
es por acción la satánica:
degolla el sueño del cordero.
Al rebaño se le permite
sobrevivir sin cuello,
pero nunca con la cabeza bien puesta:
Una sociedad que es embrujo,
que, teniendo todo, es pobre,
y, presa de su ignorancia,
se agachan, se persignan
para que los garche,
siempre, la misma creencia.
En tu “señor” no creo.
Dios fui yo
cuando le hice
una imposición de manos
al suicidio
y le negué mi cuerpo.
El Espíritu Santo fui yo
cuando incendié la cruz
con mis dones
y le permití a mi voz
la resurrección.
A. C. y D. C., nada.
El Dios de mi vida
tuvo dieciséis años:
Fui la primera
en tenerle misericordia
a mi sagrado corazón.
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