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El diablo está en los detalles.

May 2, 2026

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El diablo está en los detalles.
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Madrugada. Afuera, las luces del alumbrado público y las torres de alta tensión chisporrotean como las langostas del apocalipsis. Bien podría ser el fin del mundo. Adentro, en la comisaría, un vis-á-vis: un detective que apenas se sostiene en pie a base de cigarrillos y energizantes y un maniático vedettongo.

- ¿Alguna vez ha sido apuñalado? hace mucho se ha perdido la tradición de una buena estocada. Hoy todo es telemétrico, a distancia, teledirigido. ¡Incluso el trabajo! La gente se ha acostumbrado a la mediación, a matar de lejos. En La Comunidad, hay quienes dicen que es culpa de la pólvora, pero viene desde antes: arcos, ballestas, lanzas y catapultas. Hay una intimidad intrínseca en estar cara a cara con tu objetivo, mirarle a los ojos al tiempo en que giras la hoja para que la herida no cierre. La anatomía humana es algo fascinante, somos una máquina increíblemente compleja, pero al mismo tiempo también somos bolsas de carne tremendamente indefensas.

La lluvia cae golpeteando igual que los dedos de los periodistas que empujan como zombies contra las ventanas del recinto policial. Buitres que buscan un festín de carroña mediática mientras una persona en situación de calle improvisa un piloto para su perro con una bolsa de basura, con los pocos dientes que le quedan chocan tiritando por el frío.

- Amo ver mi reflejo en una buena hoja de acero brillante, como Narciso en el río ¡lo sé!. Oír el metal cantar en esa frecuencia particular que solo un auténtico audiófilo puede apreciar al desenvainar cuando el filo frota el cuero de la funda como el arco contra las cuerdas de un violín. Un sonido similar a los llamadores de ángeles que la gente cuelga en sus porches. Pero nunca hay ángeles que acudan a tu encuentro. Solo el frío imparcial del acero en un estoque quirúrgico. -

El rostro pulcro y estilizado del asesino se ruboriza mientras habla de las cosas más horrendas que puedas escuchar. Nadie podría creer que este joven enclenque y hegemónico pudiera ser capaz de las atrocidades que se le atribuyen.

- ¿Vos siempre sos así de infumable o lo ensayaste para hoy? me estás rompiendo mucho los huevos con tu poesía de la muerte. Cualquiera puede agarrar un cuchillo y enterrárselo a alguien. Yo lo hice, no tiene nada de especial ni mágico.-

El maniático hace caso omiso a la frustración del detective, prosigue en su discurso como un predicador puerta a puerta o político en campaña. La recepcionista llora encerrada en el baño sucio y avejentado de la comisaría. Piensa en el detective y el asesino cara de modelo. A sus pies, yace un test de embarazo positivo.

-Hay una danza elegante y casi púgil en el forcejeo. Es una explosión cinética, un plié que desliza los pies, se enrosca por la columna hacia los flexores como una boa, y termina en una pincelada de la muñeca, guiada como un hilo invisible hacia el objetivo. Lo primero es el sonido onomatopéyico que hace el abdomen al ser perforado, como un redoblante viejo que no aguantó la tensión de la afinación. La piel se arruga en formas a veces ininteligibles, otras veces trazando un lenguaje olvidado por Dios y el tiempo, como las ondas que produce la lluvia en los charcos. Me gusta sorprender aunque me vean venir.-

El detective da vueltas alrededor de la mesa como los perros cuando quieren acostarse. Finalmente, se para detrás del interrogado y lo agarra firmemente de los hombros, hundiendo la punta de sus dedos cerca de las clavículas, con la fuerza de un náufrago que se aferra a un trozo de barco.

-Yo nunca ataco por la espalda, creo que es de cobardes, como usar armas de fuego o drones. ¿Quiere probar como probó la recepcionista? El tango se baila de a dos, pero recuerde que la danza siempre termina igual, con el último acorde. Mi puñal es mi batuta.-

El detective corre la mesa de un saque y se pone frente a frente con el criminal.

- Me apuñalaron, me cagaron a trompadas, me dieron 5 tiros, me cuernearon y ahora, me torturás vos también con tus pelotudeces. Hacela corta porque el acting de loquito no te va a salvar de las rejas.-

El detective apaga su cigarrillo en la frente del interrogado, que no se inmuta. Es más, le sonríe mientras lo mira fijamente y se muerde el labio.

-Tenía que arruinarte esa carita de influencer para cagarle la fiesta a los otros cuando vean llegar a la nueva nena del pabellón. Además, todavía no inventan algo que apague cigarros a distancia. Ahí tenés la intimidad que buscás.-

Habría que usar una amoladora para cortar la tensión. Ninguno de los dos aparta la mirada del otro.

Golpean la ventana de la sala de interrogatorios, el detective se asoma a espiar a través de la persiana. En la televisión el titular derriba el castillo de naipes: "OTRA VÍCTIMA DEL MODELO ASESINO?"

-Imposible, estás acá. No saliste en ningún momento, no te quitamos la vista de encima.-

El maniático sonríe, ruborizado, casi en éxtasis.

-¿Qué es la vida sino una actuación? Antes de nacer e incluso después de muertos, estamos sujetos a la mirada de los demás. Todo lo que hacemos, todo lo que sentimos. Nuestros glorias y derrotas, nuestras alegrías y tristezas. Entrelazados en la danza de cómo percibimos y cómo nos perciben, existimos dentro de la luz que pasa a través de los ojos de las personas. Lo primero que hacemos instantes después de salir del útero es abrir los ojos y permitir que la infinidad del mundo se zambulla en nuestra primera mirada. Para alguien tan invisible como a menudo me siento, ser contemplado es tan vital como la primera bocanada de aire que tomé cuando vine al mundo.-

-¡Dejá de hablar como presidente de centro de estudiantes en la facultad de letras, imbécil! Decime como carajo pasó eso si te tenemos detenido! ¡vas a hablar aunque te tenga que tumbar todas las carillas que ganaste de canje!-

-¡El tango se baila de a dos, detective!"-

La prensa aprovecha que no hay nadie en recepción. Un periodista rompe la puerta, mientras el indigente intenta hacerlos entrar en razón, lo empujan y todos entran en estampida. El perro con su piloto improvisado se acuesta al lado de su compañero inconsciente. La recepcionista sale del baño al escuchar el tumulto y ayuda al indigente a levantarse y ponerse a cubierto con los ojos hinchados y los rastros de lágrimas aún frescos mientras la prensa intenta ingresar al sector de interrogaciones ante una barrera humana de un puñado de policías.

El barco hace agua por todos lados. El aire huele a petricor lacrimógeno y desesperación.

Pablo Bernabé Céspedes

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