Hola a todos de nuevo por aquí. :)
He tenido la suerte y el privilegio de vivir y disfrutar la fiesta brava desde diferentes facetas, y es algo por lo que estaré siempre agradecida.
Soy bailaora de flamenco, y precisamente el flamenco fue lo que me llevó a mi afición por los toros. Ufff... Yo estaba muy chavala cuando eso pasó; tenía apenas 12 años. Era un mundo completamente diferente para mí y, para mi fortuna, me tocó conocerlo muy de cerca.
Podía escuchar a los profesionales del toro hablar entre ellos: toreros, apoderados, cuadrillas, empresarios, ganaderos... y la verdad es que muchas veces no entendía nada. "Trastos", "puya", "quite", "muleta", "capote"... palabras que hoy parecen tan básicas y familiares, pero que entonces eran un idioma completamente nuevo.
Estaba contemplando un mundo desconocido, pero hermoso.
Quedé fascinada con los vestidos de luces: tantos colores, tan chulos, bordados en oro que brillaban bajo el sol y que, al caer la noche, parecían encenderse con las luces de la plaza. Todo me llamaba la atención. Todo tenía un significado. Todo parecía tener alma.
Y poco a poco me fui adentrando.
Con el tiempo entendí que los toros no son solo toros.
Los toros son esos nervios que siento cuando me toca bailar antes del paseíllo de una corrida. Son esos segundos en los que, de reojo, alcanzo a ver a la torería ya preparada, algunos incluso con el capote liado para partir plaza, mientras quienes están en el callejón y en los tendidos observan.
Bailar en una plaza de toros es una responsabilidad que pesa el doble. Porque estoy bailando en un lugar donde los hombres se juegan la vida y donde algunos la han entregado.
Los toros también son aquellas noches en las que me devoré "Más cornadas da el hambre", de Luis Spota, y me lancé a buscar desesperadamente alguna película o documental basado en la novela. ¿Cómo era posible que no existiera?
Mi cabeza se convertía entonces en el escenario perfecto para imaginar aquella historia de maletillas, sueños imposibles y hambre de gloria. Me imaginaba la Ciudad de México de aquellos años, los cafés, los restaurantes, las tertulias taurinas. Toros por aquí, toros por allá.
Imagínense tomar un café rodeada de toda aquella torería.
Y hablando de libros, ¿sabían que me apasioné por la lectura gracias a la literatura taurina?
Fue la tauromaquia la que me enseñó el placer de perderme entre páginas. Libro tras libro, mi imaginación volaba y yo me sumergía por completo en aquellas historias. Desde entonces descubrí que leer sobre toros tiene algo profundamente adictivo.
Los toros tampoco son solo toros porque me han regalado amistades.
Amistades que nacen en las plazas y duran toda una vida. Personas que te ayudan a conseguir una foto con un torero cuando parece imposible. Compañeros de tendido que parecen haberse aprendido de memoria el Cossío y que siempre encuentran la manera de explicarte lo inexplicable.
Los toros también son esas ganas de llorar que aparecen cuando una faena te llega al corazón.
Esa catarsis de la que hablaban los griegos. Esa purificación emocional que sentimos cuando contemplamos algo que nos conmueve profundamente. Ese instante en que el tiempo parece detenerse y toda una plaza se pone de pie ante una obra de arte irrepetible.
Y los toros también son valores.
Respeto. Responsabilidad. Puntualidad. Confianza. Perseverancia. Paciencia. Empatía.
Valores que he aprendido dentro y fuera de las plazas.
Porque los toros no son solo toros.
Son el flamenco que me trajo hasta aquí.
Son los libros que despertaron mi amor por la lectura.
Son los amigos que la vida me regaló.
Son las emociones que todavía hoy me hacen vibrar.
Son recuerdos, aprendizajes, viajes, conversaciones, ilusiones y sueños.
Gracias por leerme.
— En el Albero, por Karla.


EN EL ALBERO
Soy Karla. Aquí comparto mi afición por los toros a través de las letras. Porque en el toreo caben todas las artes: flamenco, cultura, historia, etc. La magia nace en el albero.
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