No sé en qué momento dejamos de creer en estas cosas.
Tal vez cuando entendimos que la vida no da garantías, que el sueldo no alcanza, que el amor también se cansa. Pero ese día pasó algo. Y no fue grandilocuente. Fue mínimo. Y por eso mismo, poderoso.
Lucila y yo vimos un ángel.
No juntos.
Eso es lo primero que me sigue haciendo ruido.
Ella estaba en la esquina del bar de Luciano, donde trabaja. Yo, horas antes, en Once. Dos escenas distintas. Mismo personaje: una señora bajita, pelo corto canoso, ojos de un azul que no parecía de acá. Las dos veces, apareció como perdida. Las dos veces, dejó algo dicho. Y se fue.
A mí me pidió indicaciones. Nada raro, salvo por un detalle: decía estar desorientada, pero conocía la zona mejor que yo. Le ofrecí anotar direcciones, ayudarla más. Me dijo que no hacía falta. Que se acordaba.
Antes de irse, me miró y me preguntó: —¿Hace cuánto no te comés un panqueque?
Me reí. Pensé que era una excentricidad. Pero agregó: —Comé uno hoy. Nunca te va a faltar plata.
Después se tocó la sien con un dedo, como hago yo cuando recuerdo algo importante, y se fue.
Lucila, sin saber nada de esto, vivió algo parecido. Estaba con una amiga. La señora apareció, las saludó, les dijo que iban a estar bien, que se cuidaran. Se dieron vuelta un segundo y cuando miraron otra vez… ya no estaba. No se fue caminando. Desapareció.
Más tarde, ya de noche, fuimos a comer. Estábamos intentando reconciliarnos. Nada épico. Una charla honesta, cansada, real. En la mesa, la historia salió como una anécdota más. Yo dije, casi en chiste: —Hoy me crucé un ángel.
Y ahí apareció la señora que casi había olvidado. Lucila me contó lo suyo. Su amiga agregó el detalle que faltaba: “Era un ángel para mí”, dijo. Por los ojos. Por la calma. Por cómo se fue.
En ese bar nos atendió Nico. Pegamos confianza rápido, de esas que no se fuerzan. En un momento nos contó que su nombre artístico es Angel King. El rey de los ángeles. Nos miramos. No por creer en señales, sino porque a veces las coincidencias llegan cuando bajás la guardia.
Se nos llenaron los ojos de lágrimas. No de tristeza. De asombro. De alivio.
Nico nos contó que perdió a su papá hace unos años. O, como dijo él, “se fue”. Y que el regalo que vino en su lugar fue su hija. Lo dijo sin dramatismo. Como quien acepta que la vida quita y da, pero nunca explica del todo.
Compartimos un momento simple. Cercano. De esos que no se suben a redes ni se cuentan del todo bien después.
No sé si vimos un ángel.
No sé si fue sugestión, casualidad o necesidad de creer.
Sé que ese día nadie prometió milagros.
Pero algo se ordenó.
Y por un rato, el mundo fue un poco menos hostil.
A veces, eso alcanza.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.

Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión