Hace bastante no escribo. Pareciera que de repente dejé de sentir. Como si la luz que tenía se hubiese apagado, dejándome sumida en un vacío existencial.
Día a día contemplo cómo las emociones más intensas se apoderan de mis pares y se canalizan en besos, abrazos, gritos y llantos. "El humano es un ser social", leí por ahí. ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos expresar nuestro sentir con palabras y acciones? Me cuesta mucho imaginar un mundo carente de lenguaje. Hoy en día, la gente es extremadamente dependiente de su vínculo con el otro, a tal extremo que se han olvidado de mirar hacia adentro, de escucharse a sí mismos. El mundo y la sociedad actual aún se rigen por el miedo a la novedad y el respeto por el deber ser. Años y años cultivando la comodidad para evitar el horror y el espanto que supone pensar lo impensable.
Pero, ¿qué pasaría si un día el mundo queda reducido a cenizas? ¿Acaso los fantasmas de la noche y los demonios del infierno vendrían a buscarnos? ¿O seríamos capaces de ver más allá de lo que percibimos normalmente?
Si mañana se acabara el mundo, ¿saltarías al vacío existencial o te aferrarías al suelo terrenal?
Si todo fuera producto de un maravilloso sueño creado por tu inconsciente, ¿serías capaz de aceptarlo y querer despertar? ¿O tal vez, preferirías quedarte y seguir viviendo esa falsedad?
Si tu vida pendiera de un hilo y vos tuvieras que elegir, ¿cortarías todo contacto con este mundo para descubrir algo nuevo? ¿O me rogarías piedad y huirías al refugio de tu normalidad?
Si hubiera otro mundo, ya sea mejor o peor que el mundo en el que vivimos, ¿te sumergirías en la aventura? ¿O te refugiarías en la oscuridad de tu propia prisión, de tu propio ser?
Si yo te dijera todas estas cosas, seguramente me ignorarías, pero quiero que sepas que últimamente estoy con sed de descubrimiento. Un espíritu travieso y curioso se coló en mis sueños, sembrando dudas y preguntas en mi cabeza.
Y es que en estos tiempos, descubrí que ya no me hallo. Cada día me siento menos yo, descubrí mis prisiones y me liberé de ellas, ordené mis pensamientos e hice una separación exquisita y extremadamente precisa. Me libré de los prejuicios, de mi yo pasado: adquirí un ser distinto; dejé de ser yo.
Hace bastante no escribo, porque siento que ya no siento. Me gustaría hacerlo, pero cuando lo pienso, pareciera que estoy entre la espada y la pared. Entre medio de dos fuerzas tan potentes que me resulta imposible elegir una. La primera, implica la quietud del refugio y la obediencia ciega al deber; y la segunda implica el deseo de explorar lo desconocido. Y es que el deber siempre llama, es como un molesto mosquito en el medio de la noche profunda, zumbando en nuestro oído, queriendo saciar su sed de sangre con nuestro espíritu curioso, hasta consumirlo por completo y no dejar rastro de él. El deber se asemeja a una serpiente venenosa, que intenta insistentemente inyectar ese veneno letal. Una vez que cedemos ante el deber, es difícil dejarlo ir. Nuestro cuerpo siente abstinencia del deber cuando decidimos ser espíritus libres, curiosos y deseantes, por unos momentos.
Debemos permanecer "en el molde", debemos respetar las normas, debemos satisfacer los deseos de nuestros pares, debemos tener una vida ejemplar y valorada por ellos. Todo es deber. La vida es deber. Nuestra existencia es deber.
Qué aburrida y rutinaria es la vida del deber. No nos permite conocer ni conocernos, es un virus letal que nos quiere reducir a lo más mínimo de nuestro ser, hasta desplazar al espíritu curioso por el espíritu obediente. Dudo mucho poder erradicar el deber de mi vida, pero al menos espero poder dejarme llevar más por la curiosidad a partir de ahora. Aspiro sembrar la duda, aumentar la sed de descubrimiento, que puedas preguntarte por la causa de las sombras en tu cueva y tengas la valentía para salir de ella y contemplar la luz del sol, curioso.
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