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El cuerpo.

ariadna

Abr 15, 2026

9
El cuerpo.
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No recuerdo la última vez donde las manos no me temblaron al saber que estoy ahogada por mis propias emociones. No estoy hecha para estar en un cuerpo que no puede tener lo que quiere, lo que el corazón y las entrañas y los huesos y las vísceras enteras piden a gritos desgarradores. No puedo respirar correctamente. No puedo recordar el día de la semana que habito. No puedo aceptar tanta belleza en el mundo que no acepta ni por casualidad ser mía. ¿Es posible estar tan cansada a los veintitres años? ¿Es imaginable sentirme tan, pero demasiado atrapada por lo que puedo llegar a sentir, a lo que mi propia piel puede hacer ante el solo hecho de recordar o escuchar un nombre? ¿Será que el que me pensó al crearme quiso que sufra de tal forma que no hay palabra alguna para describir tal dolor? Quiero regresar a ser polvo. Quiero volver a ser la nada misma, a no tener apellido, a no poseer una mirada capaz de ver mucho más allá del objeto. El pecho me arde, la cabeza me estalla, mis tripas quieren tirarse al piso cada vez que sé que puedo amar con la intensidad de poder morir de aquello. Nunca deseé vivir de esta forma. De hecho, ¿alguna vez deseé vivir amando? ¿Es justo estar muriendo de tal manera un martes asquerosamente lluvioso? ¿Tengo derecho a fallecer bajo la idea de que soy capaz de crear energía y llanto al amar? ¿Por qué nadie habla de la tortura que es caminar por estas desastrosas veredas con el corazón tan pesado? Soy lo que el desastre envidia por su parecido. Es tan extraño pensar que estoy divorciándome de la vida con la idea de que no llego para la evaluación de la universidad. Es raro que el único testigo de este martirio sea un animal debajo de la frágil cama.

Hoy hablaba con la terapeuta de un futuro, y ella respondía que me veía siendo una profesional de la salud. Recuerdo sonreír con ironía al responder que no tengo un "futuro". No porque la pereza o las faltas de hacer algo con esta estadía terrestre me inunden. Siempre he sido curiosa. Sé lo que quise, quiero, ¿pero sé lo que querré?

¿De qué color será el cajón donde estará mi cuerpo? ¿Me sentiré cómoda al no poder moverme? Digo, es la misma sensación de la que hablaba con detalle al principio. El amor me está delineando y definiendo que me atrapa por completo.

No sé donde llevarlo, donde recostarlo. ¡No hay lugar donde sea bienvenido ni querido!

¿Qué hago con semejante monstruosidad? Ya no bastan las miserables sustancias químicas ni distraerme, o fingir hacerlo. La presencia de esta cosa tan enorme que me llega a atormentar me está matando. De a poco me toma entre sus brazos (que debo decir, muy lamentablemente, me hacen sentir que alguna vez fui creada para este planeta y no tener miedo de la ruidosa lluvia en la previa de una madrugada).

No quiero acostumbrarme a las cosas buenas. Nunca quise ni querré. Quizá por eso llevo una cantidad peligrosa de días sin cerrar los ojos por las noches. Ni por lo que más quiera (que irónicamente es ello) deseo sentirme tan completa y liviana al experimentar, o mejor dicho, al ser amada por alguien que venero. Es lo que causa lo onírico. Simplemente crueles engaños, que tristemente al abrir los ojos, el inherente vacío humano y la sensación real de que nada es real ni nada será como lo anhelo y sueño y pido y rezo, se agrandan como las inundaciones que tomarán lugar la mañana del mañana.

No quiero dormir soñando.

No quiero vivir amando.

No quiero que mi alma sea más extensa que mi débil carne.

Quiero que mis manos paren de temblar y parar las ganas de devolver mi vacío estómago ante la viva memoria de que no soy más que estas emociones que Dios, ante una travesura que me costará la vida, no quiso por pajero construir una miserable alcoba o una paupérrima casa donde colocarlas. A la vez que lo maldigo en los tres idiomas que apenas sabré, observo que se acaba el atado de cigarrillos mentolados.

Y vuelvo a caer en este martes.

Y vuelvo a sentir este dolor que me impide respirar.

Sufro llorando por la lluvia que no me ayuda. Ni siquiera la naturaleza está de mi lado.

Alguien una vez me dijo que es Dios.

Dios me odia.

ariadna

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