El mundo lleno de errores carcome el agobio de perfección en nuestros actos, no conocemos de banalidades como el proceso, el aprendizaje es un trofeo que no pesa ni vale y la luz, ya no alumbra las habitaciones porque el camino jamás ha dejado de ser tan insignificante como hoy.
El conflicto que tengo con el perfeccionismo es una relación más allá de lo toxico, no encarna una autoexigencia suprema, sino que se funciona como una empatía sínica. Es decir, es posible, ¿qué todo se trate de mí? incluso las consecuencias de mis errores, ¿en dónde se disuelve la línea de mi responsabilidad y mi culpa?, ¿hasta dónde puedo disfrazar mi ego como empatía?
Confundir mis equivocaciones con las consecuencias que encarna cualquier acto es una culpa que cada noche no me permite consolidar un sueño tranquilo. Mis poros viven en alerta pensando en aquella vez que escribí mal una palabra y simplemente mi sentido del remordimiento no dejó de recordarlo. O cuando mis ojos no visualizaron una notoriedad, fui víctima de mi distracción y personas ajenas a mí vivieron las consecuencias.
¿Acá puedo pintar una línea y desasociarme de mi propia obsesión con la perfección?, para entregarme a la completa, absoluta y asquerosa mediocridad de ser quien soy alejándome de mi propia sangre, quitarme los pulmones para poder dejar libre al mundo de mi piel, que nadie tenga que cargar con las consecuencias de mis errores. Pero al abrir los ojos me doy de cuenta de que en mis genes solo habita la mediocridad del miedo, en donde ruego, que solo viva y muera por mis actos.
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