mobile isologo
buscar...

El colegio nacional – Columna 21

May 19, 2026

77
El colegio nacional – Columna 21
Empieza a escribir gratis en quaderno

Si no sacan buenas calificaciones o se portan mal este año, los meteré al colegio nacional”.

Esa frase me la repetían mi padre o mis tíos cada vez que me llevaban al colegio. Qué frase para más aterradora. Espeluznante. Era, sin exagerar, la advertencia más escalofriante que podían lanzarle a mi integridad a mis cortos nueve años de vida. De igual forma yo nunca me consideré tan mal hijo, ni tampoco el peor alumno del salón, como para merecer tan humillante castigo.

Eso sí: todos los años me iba a vacacional por jalar matemáticas. Siempre fui pésimo con los números. Qué cosa para más innecesaria. Con sumar, restar, dividir y multiplicar bastaba y sobraba. Las ecuaciones y las raíces, por favor, para el jardinero de mi abuela, para un ingeniero nuclear o para cualquier otro infeliz dispuesto a sufrir gratis. Yo siempre tuve clarísimo que jamás me iba a dedicar a nada que tuviera que ver con números. Preferible mil veces ser cura, militar o político —ratero— antes que relacionar mi vida con los números.

Nunca me sentí millonario ni parte de la alta clase limeña, pero definitivamente tenía comodidades que para mí eran absolutamente normales. Estudiaba en el AELU, un colegio peruano-japonés que tenía cuatro canchas de fútbol, dos de tenis, una de béisbol, dos piscinas olímpicas, tres de vóley, clases de katana y esgrima. Era, en mi cabeza infantil, lo mínimo y necesario para que un colegio de clase media limeña funcionara decentemente.

Ni qué decir de mi agenda social de niño bien alimentado. Todos los lunes, al salir del colegio, significaban sí o sí que mi padre me llevaría al Coney Park a jugar maquinitas, subir a los carros chocones o a ese juego infernal llamado “el gusanito”, que me aterraba y me fascinaba al mismo tiempo. Los martes y jueves significaban ir a entrenar con mi club de fútbol, ¨Negreiros¨. Los miércoles eran de cine en Plaza San Miguel y luego buffet en el segundo piso de un chifa. Y los sábados y domingos, en cambio, eran los más tediosos. Tenía que acompañar a mi padre a su cevichería, ¨Las Américas¨, en Balconcillo, porque esos días descansaba Sonia, la empleada de mi casa.

Lo que más odiaba era el trayecto. Me mareaba en el taxi por el olor a gasolina, por el humo tóxico de las combis, por esa mugre limeña que parecía meterse por la nariz con ganas de intoxicarme. Tener que pasar por la Vía Expresa significaba respirar toda la contaminación de Lima en una sola bocanada. Yo veía las paredes de las casas y edificios de esas zonas todas grises, pero no por la pintura. Y pensaba: “No quiero que mis pulmones estén así por respirar este espantoso aire limeño”, o “Quizás el cielo de Lima tiene color a panza de rata por esta terrible contaminación”.

Lo único que me aliviaba esos fines de semana era que mi padre me compraba a mí y a mi hermano un juego de mesa del supermercado para que no nos aburriéramos mientras él administraba su negocio. De igual forma, esos juegos me distraían un par de horas y nada más. Después me escabullía por la cocina y me ponía a conversar con los cocineros o meseros, que me trataban con mucho cariño porque me habían visto crecer o, siendo sinceros, porque era el hijo del dueño.

Cada vez que ellos me daban la espalda para cortar pescado o freír mariscos, yo aprovechaba y sacaba un mondadientes, lo clavaba rápidamente en cualquier ceviche o chicharrón y me lo metía a la boca. Definitivamente tenia potencial como ladrón de caramandungas de los supermercados.

A veces ayudaba a exprimir limones a Juana, una cocinera que me trataba con muchísimo cariño porque, según ella, yo le recordaba a uno de sus hijos que se había ido a vivir a Japón.

—Kaicito… ¿y ya pensaste a qué te quieres dedicar cuando seas grande? —me preguntaba.

—¡Quiero ser actor de cine! —le respondía con entusiasmo.

—Pero tú eres medio tímido, hijito. Te recomiendo que te metas a clases de actuación, Kaicito. En esta vida todo es posible, siempre ten presente eso.

Lo decía con una ternura que daba ganas de creerle cualquier cosa.

—Tienes razón, Juanita, eso haré. O quizá agarre la administración de esta cevichería como mi papá —decía ya más bajito.

—Mientras nos pagues a tiempo, nosotros felices, —respondía ella, mientras los demás cocineros se reían de fondo—. Pero debes estudiar mucha matemática.

—¿¡Qué!? ¿Matemáticas? Olvídalo, Juana. Entonces seré actor sí o sí. Me verás en Star Wars 7, ya verás.

Sonreía, agarraba otro chicharrón de marisco y salía corriendo de la cocina.

—¡Muchachito del demonio! —escuchaba detrás.

Pasaban los meses y empecé a notar, en comparación con otros años, que el negocio de mi padre ya no iba igual que antes. En general, varias cosas de mi vida iban cambiando sutilmente. Sonia, la empleada, dejó de trabajar en mi casa. Mis padres andaban más peleados que nunca. Poco a poco dejaron de existir las salidas al parque de diversiones, los buffets y las películas en el cine. Los trabajadores de la cevichería iban renunciando o siendo reemplazados. Yo notaba a mi padre frustrado, aunque tratara de aliviar el estrés tomando con sus amigos los fines de semana al cerrar el local.

Era una caída silenciosa. Y por eso mismo más incierta. Uno sentía que algo se estaba rompiendo, aunque todavía no supiera bien qué.

Una noche, cuando ya todo estaba cerrado, mi padre estaba sentado frente a la caja registradora contando dinero mientras tomaba una cerveza. Me llamó. Me dijo varias cosas que dejaron de importarme en el instante en que escuché la frase que me marcó esa noche:

—Te cambiaré de colegio, Kai. No me está alcanzando el dinero.

Ese fue, creo, el primer golpe real de esa caída que se había ido anunciando durante meses.

—Pá, por favor, no me hagas esto… ahí están mis amigos. Yo quiero seguir en mi colegio. Te prometo que no volveré a ir a vacacional. Me gustarán las matemáticas ahora sí, pero no me cambies, por favor…

Se me caían las lágrimas. Me temblaba la voz cada vez más.

—Kai… esto no se trata de ti ni de tus calificaciones. Es sobre el dinero. El negocio está en un mal momento. Realmente no quisiera cambiarte. Lo único que te podría decir es que llames a tu madre y veas si ella puede pagar el colegio.

Al escuchar eso, se me iluminó el rostro con una pequeña luz de esperanza. Mi padre marcó el número de mi madre y me cedió la llamada. Intenté respirar para que la voz no me temblara tanto.

—Mami… por favor ayu…

—Kai, ya hablé con tu padre sobre esto. Si no hay dinero, no hay. Así de simple —dijo tajantemente—. No vivas en un mundo de fantasías. El colegio no es importante. Es mejor que ahorremos ese dinero para que vayas a una buena universidad, Kaito.

Y colgó.

Me quedé helado.

Al verme así de triste y shockeado, mi padre se acercó, se agachó y me dijo:

—Kai, quizás sea algo temporal. En el mejor de los casos solo unos meses. ¿Tranquilo, sí? Haré todo lo posible para que regreses con tu hermano al AELU.

Aunque yo sentía que eso podía significar que nunca volvería a estudiar ahí, esa pequeña esperanza —o mentira piadosa— me hizo aferrarme a la idea de que solo sería algo temporal. Que esta crisis económica que estaba pasando mi familia sería, también, temporal.

 

Mi padre me cambió a otro colegio peruano-japonés llamado ¨La Victoria¨, que sin lugar a dudas era cien rangos inferior a mi colegio anterior. Era una casona antigua en la que las habitaciones eran aulas. Ya no había piscinas, ni canchas de fútbol o béisbol, ni nada por el estilo. Mis clases de educación física se convirtieron en dar vueltas alrededor de la casona como un deprimente hámster. En lo único que se parecía al AELU era en que sus alumnos también eran, en su mayoría, niños de familias japonesas limeñas.

Pero mi tiempo en ese colegio no duró mucho.

Yo tenía la costumbre de pedir permiso para ir al baño mínimo una vez por clase solo para hacer tiempo. Sentía que enseñaban mal, que todas las clases me aburrían, que su sistema de aprendizaje, comparado con el del AELU, era muy inferior. Hasta historia y literatura, que eran mis cursos favoritos, ahí se me hacían tediosos. Esto no es un colegio, pensaba. Esto es una cárcel.

Hasta que un día, mientras iba hacia el baño, por coincidencias de la vida escuché lo que quizás nunca debí escuchar. La directora del colegio estaba hablando con otros profesores en el pasillo sin notar mi presencia.

—¿Qué haremos con el alumno Kaito Uehara? —preguntó con una entonación de preocupación.

Los demás profesores murmuraban cosas que no logré oír. Hasta que oí claramente a la directora decir:

—Su padre nos lleva debiendo cinco meses de mensualidad. La situación de ese alumno es preocupante.

Al día siguiente, un profesor entró al aula y dijo:

—Alumno Uehara, por favor traiga su mochila y acompáñeme.

Me llevaron al salón de profesores, un aula pequeña donde corregían exámenes y descansaban en sus tiempos libres. Me dijeron que por el resto del día estaría ahí.

Yo sabía —o al menos intuía— que me habían mandado ahí por la deuda de mi padre, pero la verdad es que la pasé mejor en ese cuartito que en una clase más con mi profesora de trigonometría, a la que era imposible acercarse a pedirle ayuda por su terrible aliento rancio y amargo. De hecho, en lo único que podía estar más de acuerdo con ella, siendo profesora de trigonometría, era en que olía a trigo. Olía tanto a trigo que juraba que, si me quedaba una hora más con ella, iba a llevar lúpulo y hacer una buena cerveza artesanal ahí mismo.

Mientras pasaban los minutos, uno de los profesores prendió el pequeño y humilde televisor que había en el salón y puso el partido del Mundial de Sudáfrica: Brasil contra Holanda.

Se me iluminaron los ojos.

Iba a ver un partido del Mundial de fútbol en pleno horario escolar.

Papá, por favor, debeles todos los meses a este colegio”, pensé.

Al terminar el día, le conté a mi padre lo sucedido como si hubiera sido una excelente noticia poder ver el Mundial en horario escolar. Mi padre se enfureció de una forma que pocas veces recuerdo haberlo visto así. A la mañana siguiente me dijo que no iríamos al colegio, que solo iría él a conversar con la directora.

Cuando regresó, molesto y sin querer explicarme lo ocurrido, solo dijo:

—No volverás a ese colegio, Kai.

 

Llevaba ya dos meses sin ir al colegio y realmente no me daba cuenta de cuánto me estaba perjudicando eso. Mi hermano y yo lo estábamos viviendo como unas vacaciones adelantadas. Jugábamos PlayStation todas las tardes o fútbol en el patio de la casa hasta quedarnos sin aire. Yo sabía que la situación económica de mi familia había empeorado todavía más. Mi padre terminó cerrando para siempre la cevichería después de setenta años de funcionamiento. Nuestras cenas fueron reemplazadas por tomar lonche: dos panes con huevo para no irnos con hambre a dormir.

Hasta que una noche mi padre dijo que estaba cansado de comer pan con huevo y que iríamos a comer pizza a ¨Zarelle¨ —una pizzería que quedaba a dos cuadras de mi casa—. A mi hermano y a mí se nos iluminaron los ojos. Quizá había resuelto la crisis económica. Quizá había conseguido un socio. Quizá volveríamos al AELU. Esa salida solo podía significar que íbamos a celebrar una buena noticia. Yo estaba segurísimo. No había otra explicación.

Mi padre pidió una pizza familiar y panes al ajo. Mi hermano y yo estábamos ansiosos por saborear el queso derretido, devorar y apreciar cada slide de pizza como nunca antes en la vida. Hasta que, antes de que yo diera el primer mordisco a mi primer pan al ajo, mi padre dijo:

—Chicos, tengo que hablar con ustedes sobre sus estudios.

Lo sabía. ¡Lo sabía! Nos iba a decir que volveríamos al AELU.

—No quiero que pierdan este año escolar. Por un momento pensé que lo iban a perder, pero nuestra vecina, la señora María, que es muy amiga de su obachan —abuela paterna—, fue profesora hace años del colegio nacional que está a la espalda de la casa, se ha enterado de nuestra situación y quiere ayudarlos. Mañana comenzarán a estudiar ahí por un tiempo.

¿Colegio nacional?

¿Voy a estudiar en un colegio nacional?

¿El lugar que, durante mis nueve años de vida, siempre me habían vendido como el sitio al que solo iban los pésimos hijos o los horribles alumnos?

Yo no sentí que me estaban dando una noticia. Sentí que me estaban dictando una sentencia de muerte. Yo de ahí no iba a salir vivo. Ningún alumno de ese colegio iba a ser como yo. Me estaban mandando como un cordero al matadero. Me estaba convirtiendo en carne de cañón.

Se me quitó el hambre de golpe. Solo se me caían las lágrimas mientras imaginaba cómo me iban a hacer bullying, cómo me iban a quitar la lonchera, cómo me iban a robar mis cosas. Yo estaba yendo al lugar donde, según mi familia, solo estudiaban niños de mal vivir, futuros delincuentes y posibles drogadictos ¿Eso era lo que me merecía?

A la mañana siguiente desperté con pánico. Sudaba frío. Tenía unas ojeras inmensas de lo mal que había dormido. Me uniformé y mi padre me llevó caminando hacia lo que sería mi nuevo colegio. Me sentía como un prisionero dirigiéndose hacia la silla eléctrica después de haber comido su última cena: pan al ajo.

Al ingresar, todos los alumnos ya estaban formados cantando el himno nacional del Perú. Definitivamente todos eran distintos a mí. Mientras que en el ¨AELU¨ o en¨La Victoria¨ la mayoría de alumnos tenían rasgos asiáticos, en ese colegio nacional la mayoría eran alumnos de tez trigueña. Muchos estaban totalmente desarreglados. Otros llevaban peinados que para esa época me parecían rarísimos: diseños rapados, los costados cortos, el pelo largo por el medio, a lo mismísimo Paolo Guerrero o Mister T.

Definitivamente no era igual a ellos.

Ellos se dieron cuenta de mi presencia y giraron a mirarme. Empezaron a susurrar en plena formación. Eso me puso todavía más nervioso.

Ya deben estar coordinando cómo me van a torturar con sus navajas, pensé. ¡Malditos pirañas!

Preso del terror, le dije a mi padre que iría al baño un rato. Fui al baño, lo cual fue la peor decisión que pude haber tomado. Los baños no tenían puerta. El espejo estaba roto. Los inodoros no tenían tapa. Y, para rematar, estaban meados y llenos de suciedad —por no decir otra cosa—.

¡Me niego completamente a poner mis pequeñas y metidas nalgas blancas sobre esos asquerosos inodoros! pensé.

Aquí no sobrevivo ni una semana.

Regresé donde mi padre, exploté del llanto, lo abracé y le pedí que me sacara de ahí. Ese día volví a mi casa, pero mi padre me dijo que al día siguiente tenía que regresar sí o sí. No podía perder el año escolar.

Al día siguiente, ya con la resignación propia de un condenado, fui preparado hacia mi ejecución.

Ingresé al colegio. Nuevamente los alumnos estaban en plena formación y la profesora me pidió que me uniera a una fila de lo que sería mi salón. Me puse al final. Automáticamente volteó el chico que estaba delante mío.

Era delgado, tenía el cabello puntiagudo y una rajadura en el rostro que, para mí, intimidaba respeto. Probablemente se la hizo en una pelea con navajas en la calle, pensé.

Sonrió y gritó:

—¡Lisandro, ven! Mira, es un chinito.

Se acercó otro chico, morocho, con peinado de cola de pato y una forma rarísima de caminar, como si cargara dos kilos de peso en el trasero.

Yo ya estaba listo para pagar el derecho de piso de esta correccional.

—Me caes bien desde ya, chino. ¿Cómo te llamas? —me preguntó Lisandro.

—Kaito —respondí intimidado.

—Qué nombre para más bacán chino. Ahora te presentaré a toda la gentita —dijo Tony con un acento selvático que de alguna manera rara se me hizo agradable.

—Sí, chinillo, desde ya nos caes de puta madre. Tú tranquilo. Si alguien se mete contigo, se las verá con nosotros.

Y así fue como, sin haber pasado ni un minuto en mi primer día de clases de ese colegio, hice a mis dos primeros amigos.

Aunque me hubiera sonado absurdo al inicio, mis dos mejores años escolares los viví en ese colegio nacional. No aprendí mucho en lo educativo, es verdad. Pero aprendí otras cosas que muy probablemente no habría aprendido nunca en mi primer colegio.

Naoki Uyehara

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión