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El cielo visto desde el agua.

May 31, 2026

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El cielo visto desde el agua.
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No recuerdo quién me sacó del mar cuando era niño. Pero recuerdo perfectamente quién seguía ahogándose muchos años después

Siempre le he tenido miedo al mar. No ese miedo elegante que la gente llama respeto para sentirse más valiente. Miedo de verdad. Del que se instala en el cuerpo y aprende a respirar junto a uno. Supongo que empezó cuando era niño, en una playa de Piriápolis. No recuerdo todos los detalles. La memoria es extraña con las tragedias,  conserva el color de una sombrilla y olvida los rostros de quienes nos salvaron. Lo que sí recuerdo es la sensación de abrir la boca buscando aire y encontrar únicamente agua. Recuerdo el pánico. Recuerdo la certeza, breve pero absoluta, de que el mundo podía terminar ahí mismo.

Después crecí, pero hay ciertas cosas que crecen con nosotros. Durante años observé el océano desde una distancia prudente. Lo admiraba, incluso me parecía hermoso, pero nunca dejaba de verlo como se mira a un animal salvaje detrás de una reja. Sabía que estaba allí. Sabía que seguía siendo inmenso. Sabía que, si quisiera, podría tragarme otra vez.

Este verano volví a entrar.

No hubo ninguna decisión heroica detrás. Ninguna promesa de superación personal. Ningún discurso inspirador. Estaba en una playa de Santa Marta, pensé que sería la única vez que estaría en el mar caribe, por eso simplemente me encontré caminando hacia el agua como quien regresa a una casa abandonada para recuperar algo que dejó olvidado muchos años atrás. El mar estaba inquieto. Las olas rompían con fuerza y el viento arrastraba olor a sal, a protector solar y a verano. Avancé despacio. Primero los tobillos, después las rodillas, después la cintura.

Y entonces apareció el miedo.

Lo sentí despertarse bajo las costillas como un animal que nunca había estado dormido del todo.

Quise volver.

Quise quedarme.

Quise hacer ambas cosas al mismo tiempo.

Porque mientras una parte de mí estaba aterrada, otra sentía una extraña necesidad de seguir avanzando. Como si hubiera pasado demasiados años huyendo. Como si el mar y yo tuviéramos una conversación pendiente desde aquella tarde en Piriápolis.

Seguí entrando.

Las olas me golpeaban el pecho. El agua me empujaba hacia atrás. Todo era ruido. Todo era movimiento. Todo era incertidumbre. Por momentos sentía que caminaba hacia algo peligroso, por otros, que caminaba hacia mí mismo. Hubo un instante en que mis pies apenas encontraron la arena bajo la superficie y una pregunta absurda atravesó mi cabeza: ¿qué pasaría si siguiera avanzando? ¿Qué ocurriría si dejara de preocuparme por regresar?

Entonces comprendí que estaba haciendo lo mismo que había hecho durante gran parte de mi vida.

Luchar.

Luchar contra la corriente. Contra el miedo. Contra el futuro. Contra todas las cosas que no podía controlar.

Y me cansé.

Me cansé de pelear.

Levanté la vista y miré el cielo.

Las nubes avanzaban lentas sobre mi cabeza. Las gaviotas cruzaban el horizonte con una tranquilidad que parecía ofensiva. A lo lejos se escuchaba la voz de un vendedor de helados mezclándose con el sonido del agua. Todo seguía allí. El mundo continuaba existiendo más allá de mi miedo.

Y de pronto me hice una pregunta que nunca antes me había formulado.

¿Cuál era la prisa?

¿Por qué siempre estaba tan apurado por llegar al final de todo?

¿Por qué vivía preparándome para las pérdidas futuras mientras la vida ocurría delante de mis ojos?

Podía quedarme un rato más.

Una tarde más.

Un verano más.

Una vida más.

Flotando entre las olas entendí algo que me acompañaría de regreso a la orilla. La muerte siempre me había parecido sencilla. Tiene una única dirección. Un único destino. La vida, en cambio, está hecha de incertidumbre. De caminos que no sabemos adónde conducen. De puertas que se abren y de otras que jamás llegamos a cruzar. Y, sin embargo, era justamente esa incertidumbre la que volvía valioso todo.

Cuando salí del agua el sol comenzaba a descender sobre el horizonte. Parecía exactamente la misma persona que había entrado unos minutos antes, pero no lo era.

Porque aquel día no sé si perdí el miedo al mar, creo que no, porque me sigue aterrando un poco.

Todavía me intimida su inmensidad. Todavía me inquieta imaginar todo lo que existe bajo esa superficie que no alcanzo a ver.

Pero sí perdí otra cosa.

Perdí el miedo a vivir.

Y desde entonces, cada vez que siento que algo me ahoga, una tristeza, una preocupación, una de esas noches donde el futuro parece demasiado grande para atravesarlo, intento recordar aquella tarde. Me detengo. Miro el cielo. Respiro.

Y me pregunto qué maravillas me perdería si decidiera abandonar el mar demasiado pronto.

No sé si esa pregunta tiene razón. Ni siquiera sé si tiene respuesta. Pero por ahora me acompaña como un faro imperfecto: no elimina la tormenta, apenas me recuerda que todavía existe una costa hacia donde mirar. De momento me alcanza con esa pregunta. Me mantiene a flote. Y, a veces, eso ya es suficiente.

Nicolás

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