¿Podrías imaginar algún otro lugar mejor,
que estar acostados en tu cama, encerrados en tu habitación?
Hace exactamente siete días que no te veo,
pero hace exactamente siete horas que puedo imaginar lo que se sentirá verte de nuevo.
Quiero desnudar tu pecho, recostarme sobre él y acariciar tu vello, ese que asoma por debajo de tu abdomen.
Sumergirme en tu calor,
besar tus dedos,
lamerte hasta absorber cada partícula de tu ser.
Contemplar esa leve mueca que haces,
cada vez que te excita mi cariño.
¿Podrías visualizar un lugar mejor?
Últimamente las heridas me duelen más de lo que me gustaría.
Es como si sintiera algo punzante clavado en el fondo de mi corazón.
Me desangro, pero el líquido se esparce rápidamente hasta desaparecer,
nunca presente a la vista de todos.
Sin embargo, frente a vos, pareciera no tener efecto.
Vos me ves desangrarme, manchada y rota, y aún así decidís abrazarme.
Te fundís conmigo en ese dolor,
un dolor que por momentos,
se introduce en vos.
Se mezcla con tu corazón.
Ojalá pudiera ser más fuerte para vos.
Ojalá pudiera tener la piel de felpa, y servir de cobija cuando el mundo duela,
y ya no haya cama que soporte el peso de tu angustia.
Que mi pecho sea entonces esa almohada que te reciba,
en donde descanses tu cabeza y deposites tu tristeza.
Tu presencia borra cualquier cárcel mental.
Le da color y sentido a mi vida.
Y por momentos, creo que voy a estar bien.
Me pego una curita sobre la frente y se siente igual a cuando me besas,
y pienso en que soportaré,
soportaré un día más.
Por momentos me siento de vuelta en el 2012,
un año tormentoso pero lleno de nostalgia y dulzor.
Me encuentro pensando en vos y, risueña,
enrosco mi cabello, pensando en cómo me gustaría que seas vos quién me peinara, que desabroches mi camisa y aprietes mis mejillas.
Involuntariamente me derrito en mi cama,
imaginando lo increíble que se sentiría tu toque.
Entonces cierro mis ojos y soporto, soporto un día más.
Porque si disfrutar del cielo implica esperar,
yo seré una eterna y devota creyente en busca de más.
Desnuda, en la cama, leo un libro y pienso en cómo me gustaría que tocaras mis piernas.
Mi piel suave y gruesa deja ver algunas marcas que sobresalen de la tela de mis medias.
Lleno mis vacíos con azúcar y crema para no pensar en ellas.
Me doy placer a mí misma en busca de calmar mis penas, pero nada es igual. Nada es igual que tu toque.
La frutilla de mi postre ahora se derrite y chorrea,
tan similar a los gestos dulces que lográs sacar de mí cada vez que me tocás.
Tomo las hojas que leo y dejo besos en los párrafos que quisiera dedicarte alguna vez.
En esos que me identifico, y que pienso que podríamos ser nosotros si nos diéramos el lugar. Si nos atrevieramos, si lo intentaramos.
La música me habla a través de sus melodías, y pienso en la persona que jamás podré ser,
en aquella mujer perfecta y segura en la que no me convertiré.
Porque las mujeres como yo, aunque podemos tener el placer de probar el cielo alguna vez, no pertenecemos a él. Y siempre volvemos a la oscura y fogosa realidad que nos vio nacer.
Pienso en tomar una daga y mudarme al campo,
escapar de estos pensamientos tormentosos que me hacen tener miedo,
miedo de perderte,
de perder este nosotros.
Con cuidado, tomo mis reliquias, guardo mis cuadros,
y pienso en lo mucho que quisiera dejar de escapar,
en si alguna vez seré suficiente para poder quedarme en algún lugar.
Porque este momento con vos se siente tan lindo que, si huyo, no creo tener la valentía suficiente para olvidarlo,
para recuperarme de semejante cariño y devoción.
Con temblor, acaricio mi relicario y pienso en todos los recuerdos que he almacenado,
en tu rostro, en las fotos que guardo,
en todo eso que me gustaría introducir en mí y resguardarlo.
Los momentos más felices que hay por estos días,
los recuerdos más cariñosos que tengo del último año,
todos compactos dentro de mi collar de oro;
cerca de mi pecho, rodeado de mi calor,
lo suficientemente cerca para tenerlo y jamás perderlo.
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