Hace mucho tiempo, mi amor se quedó a vivir entre las estrellas. Él se encargaba de que no se apagaran, de que el paso del tiempo no las venciera. Decía que alguien tenía que cuidarlas, porque incluso lo que brilla puede cansarse.
A veces bajaba solo para estar conmigo un rato. Nunca era mucho tiempo. Siempre traía un pedacito de luna, frío y luminoso, como si el cielo se le quedara pegado a las manos. Me hablaba de Marte y de otros planetas lejanos donde nadie espera a nadie, pero confesaba que prefería a las estrellas, porque se parecían a mí: brillaban en silencio y estaban solas.
Una noche me miró distinto. No era amor lo que había en sus ojos, era despedida. Me dijo que pronto tendría que irse otra vez, y que no sabía si volvería a verme. Aun así, prometió que haría brillar todas las estrellas del cielo por mí, como si la luz pudiera reemplazar su ausencia.
Me rodeó con sus brazos y, sin decir una sola palabra, entendí lo que no se atrevía a pronunciar: jamás regresaría por mí. Me aferré a él un instante más, intentando detener el tiempo, pero el tiempo nunca escucha.
Me dio un beso, lleno de nostalgia, y me prometió volver solo un ratito más. Yo supe que era una promesa frágil, hecha para no romperme del todo.
Desde entonces miro la luna, tan sola, acompañada de estrellas que siguen brillando. Las observo cada noche, esperando que algún día mi amado vuelva por mí, aunque en el fondo sepa que el cielo siempre lo necesitará más que yo.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión