Una tormenta de verano trae un alivio muy esperado y bienvenido en comparación con los 37-38 grados centígrados que han estado minando sistemáticamente mi paciencia estas últimas semanas. Como una piedra bajo una gotera, me siento erosionado por el asedio. Odio los veranos rioplatenses.
Mi turno de 12 horas en la metalúrgica terminó. Estoy en el bondi, extrañando mi hogar mientras reflexiono como siempre. Recibí elogios por mi bigote, fuerte y grueso. Al principio no estaba seguro, pero me fue gustando. Ojalá mi pelo creciera tan fuerte y rápido como me crece la barba. La amable cajera de la estación de servicio me dijo que estoy más delgado. Las demás me dicen "negro" o "gordi". Ésta inesperada amabilidad me ayudará a sobrellevar la semana. Quizás todo el mes.
El cielo está oscuro como hormigón mezclado con ceniza. Las nubes más altas son aún más oscuras, y no hay un principio ni un final claros; es un fondo como una losa sólida de granito o asfalto. Pero debajo, hay otras más bajas, de un gris más claro. Las nubes más bajas del horizonte, más pequeñas y casi blancas, tienen una forma bastante curiosa. Me evocan la imagen de burbujas que bailan en la superficie de una tetera caliente cuando el agua está a punto de hervir. Me gusta observar cómo hierve el agua, anticipando el sabor de mi té de mburucuyá o de limón, entre la docena de sabores y variantes que tengo. Los tés son lo único que me dan un poco de felicidad estos días. Bah, yo llamo felicidad a ese cosquilleo que me recorre desde la lengua hacia detrás de las orejas y termina con una vibración en la coronilla; supongo que es lo más cercano a una experiencia religiosa en mi vida anhedoníaca. Las nubes también se ven como las abolladuras que se hacen con un martillo en el techo de un tanque cuando alguien está atrapado dentro y trata desesperadamente de salir.
Esto me recuerda a aquella vez que Tusam hizo un número en vivo en la tele: metió a su hijo dentro de un tanque lleno de agua para un truco de escapismo. El zorro plateado le dijo al chico que golpeara suavemente con un martillo si se sentía incómodo o no podía contener la respiración. Después de unos minutos, el chico empezó a golpear el tanque como un hombre catatónico que acaba de despertar dentro del ataúd y descubre que lo enterraron vivo antes de tiempo y que la tumba no tiene campana.
"Puede fallar", dijo Tusam Sr. mientras los paramédicos sacaban a Junior del tanque, pálido como la luna y cianótico como las nubes que veo ahora. "Puede fallar" resuena en mi cabeza. Me parece un leitmotiv bastante apropiado, como la cita de "Pasará" ("It'll pass") de Fleabag que me tatué en la muñeca derecha cuando me dieron el alta y me saqué el cuello ortopédico después de casi matarme con la moto. Extraño salir a rutear con Chloe. Sí, soy de los que bautizan sus objetos personales. Como Olivia, mi guitarra. O Saoirse, mi bicicleta inglesa. O Frenchie, mi peugeot 206.
En otras noticias, cometí no uno, sino dos errores en el trabajo. Pisé un cable con el autoelevador y, después, volqué un palé lleno de piezas a consignación, importadas de Chonburi, Tailandia.
Del primer incidente informé a mi supervisor inmediatamente, pero el otro no lo informé inmediatamente porque pensé que podría solucionarlo solo. No pude. Mi plan de contingencia funcionó al 50%, así que no fue un éxito total. Tuve que llamar y pedirle ayuda a mi supervisor. Juntos lo arreglamos todo.
Pero no hay final feliz porque mi cerebro no distingue entre cometer un error y ser cazado por un depredador. Soy un tipo que hace todo solo, que resuelve. Estoy acostumbrado a salir adelante por mis propios medios. Esa es mi base. Mi programación y directiva principal. Así que no sé qué decir cuando alguien me pregunta "¿por qué no pediste ayuda?". Me cuesta mucho. Me arruina toda la semana cuando fallo. Mi supervisor me dijo que los humanos cometemos errores. Pero para mí, es personalmente inaceptable.
Sé que las cosas no siempre salen bien, como ese truco de escapismo que casi termina en tragedia. Pero cada día es más difícil controlar el cerebro reptiliano y sus rabietas. Desde que falleció mamá, parece haberse vuelto más fuerte, más malhumorado, más malcriado. No me gusta mucho este estado de ánimo que he estado acunando intentando callarlo o ponerlo a dormir. Siento que unos dedos brotarán de mi frente, abriendo mi piel como un saco amniótico que se rompe y quitándome como un disfraz. Siento que en cualquier momento el unga bunga se me saldrá de la jaula y se aparecerá como Hyde. La neandertalización parece inminente, sinceramente me aterra.
Me encuentro reaccionando con violenta predisposición ante cualquier nimiedad o pequeña inconveniencia cotidiana. Como este momento, por ejemplo: ¡Un pelotudo me tiró el auto encima! ¡Iba manejando mientras mandaba mensajes, el mogólico! Me aferro al estilete que llevo en el bolsillo como un católico se aferra a su rosario. Me digo a mí mismo que soy un hombre de paz. Pero al hombre de paz lo asaltaron y le pusieron una pistola en la cara este mismo mes, el año pasado.
Todavía puedo oler la pólvora, el tacto gélido del arma mientras forcejeaba con el asaltante para quitársela mientras el otro se bajaba de la moto para golpearme la nuca con un fierro. Todavía recuerdo lo grandes que eran sus ojos. Era lo único que podía ver a través del casco. Sus ojos marrones abriéndose como el mar rojo cuando amagué a entregarle mi celular y cuando fue con ambas manos a quitarmelo, me lo guardé rápidamente y prácticamente sin pensar agarré el arma con la que me apuntaba y estuve a punto de quitarsela y vaciarle el cargador encima. Recuerdo vívidamente el olor a miedo y el sudor frío cuando el que me golpeó la nuca se dio cuenta que no me noqueó. Yo estaba mirándolos en un estado de trance erguido tan grande como un oso cocainómano o la sombra de los árboles al atardecer. Resuena en mi cabeza el momento en el que el conductor nervioso no pudo arrancar la moto y le gritó al otro "¡Ya fue, mátalo!" Y el pistolero me apuntó y apretó el gatillo con vacilación mientras yo permanecía allí inexpresivo.
Mi corazón palpita como un verso yámbico. El sudor de mi barba, mezclado con el polvo de hierro y acero de que se me pega durante mi turno en la metalúrgica, le da sabor y olor a sangre. Ahí está. Hyde asomándose entre los arbustos como un lobo voyeur de pelaje negro.
Cuando me siento rodeado de oscuridad, agudizo mis sentidos y busco sus lupinos ojos amarillos acechando en las sombras. No siempre es tarea fácil, ¿pa que te voy a mentir? Porque este abismo no siempre me devuelve la mirada. Ha aprendido a cerrar los ojos y a confiar en su olfato, para que yo no pueda determinar su ubicación ni de dónde vendrá el golpe.
Pero también soy un cazador experimentado, a pesar de no comer carne. Me quedo en silencio esperando el sonido de su olfateo o su jadeo cuando esté listo para atacar. Quieto, respiro y tenso mi arco, buscando sus colmillos que aparecen en la oscuridad como cimas de montañas nevadas en la noche.
Pero la cuestión es que este lobo terrible también aprende: oye crujir la madera al tensar el arco y, a veces, la punta de la flecha brilla como la lámpara de un faro. Así que evade mis esfuerzos. Pero supongo que hoy ambos estamos exhaustos.
Estoy levantando mi yo aturdido, desesperado, deshidratado y privado de sueño, sobre el hombro de mi pura voluntad. Me dormí en el bondi otra vez y ahora tengo que caminar dos kilómetros hasta la avenida principal. Los días pasan como una de esas presentaciones de PowerPoint que los de recursos humanos nos obligan a ver. Ficho al anochecer y salgo al amanecer.
Miro por la ventana. Hay un poco de niebla y, cuando el ángulo es el adecuado, la luz del sol crea una neblina dorada, un resplandor casi mágico que hace centellear las hojas que el viento mece con ternura. El cielo es un degradado que empieza en un horizonte de un blanco crema ahumado, casi blanco como un lienzo, y se transforma en un maravilloso azul vibrante. Hay diminutas nubes que pasan como pinceladas, como las que solía pintar Bob Ross. Esto me levanta el ánimo. Me da esperanza.
Pero también podrían ser las vitaminas. He vuelto a tomarlas y las estoy complementando con magnesio en polvo para combatir la niebla mental. He dormido mejor estos dos primeros días y los calambres han parado, al menos por ahora. También tengo que tomar vitamina B12, porque soy vegano. Pero tendré que esperar a la próxima quincena. Le presté 150.000 a un amigo y a su mujer; ellos los necesitan más que yo. Y comer menos me ayuda a perder peso. Llevo una década sin pastillas. ¿Qué le hace una raya más al tigre?
Encontré un escarabajo en el suelo, boca arriba, incapaz de darse la vuelta. Lo levanté, lo acaricié un poco y lo puse a salvo en el césped, lejos de la acera. Un gesto inútil, pues los insectos no son como los mamíferos. Esto me recuerda aquella vez que me mordió una rata porque la levanté y la guardé para que un compañero no pudiera matarla. No tienen la culpa de ser criaturas indeseadas y despreciadas por los mandamientos de la sociedad. Pero bueno, un hombre de verdad debe hacer lo que le dicta el corazón.
Miro la bandera, ondeando en una rotonda solitaria. Me da una sensación de solemnidad. Veo a los vecinos poniendo agua fresca y comida en las veredas para los perros callejeros. Aquí los llamamos "perros comunitarios". Hay perros que están acostumbrados a estar en la calle y no se adaptan a las casas cuando los adoptan, así que la gente se adaptó a ellos. Algunos incluso les construyen casitas en las veredas o en las plazas. Me gusta mucho eso de nosotros.
¿Caminaré alguna vez suavemente hacia el atardecer?
Llevar tres años sobrio y limpio se siente como estar despierto en una cirugía a corazón abierto. Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, mi cuerpo clama y anhela el descanso final.
Como un soldado que carga el cadáver de un camarada caído con la ilusoria esperanza de que su amigo talitha-cumee mágicamente y se levante de esta mierda cuando lleguen a las trincheras.
Estoy haciendo toda esta tarea titánica solo para lograr lo mínimo indispensable.
No sé cuánto tiempo más podré seguir con esta obra sin que nadie se dé cuenta. Pero me temo que el espectáculo debe continuar. ¿No?
Un grafiti en una pared dice: "Nadie se salva solo". Ya lo sé, pero ojalá pudiera.
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