EL CASTILLO DORADO
Al entrar a la penumbrosa habitación lo vio: ovillado como cachorro ensopado por la lluvia. Observó su menguada anatomía y su desolada desnutrición. De pronto, el sujeto se desenrolló, y mirando con ojos desorbitados a la doctora, exclamó:
-Dicen que las mujeres buenas viven lejos…
- ¿Y vos cómo sabés?
-Dicen… yo nunca estuve con una mujer.
Con resignada sonrisa, el sujeto agregó:
-Él no quiere que yo esté con mujeres…
- ¿Quién es él?
En lugar de responder, el sujeto se retrajo hasta ovillarse otra vez en un rincón.
Cuando salió de la habitación, la doctora se dirigió a su consultorio para saber más sobre el recién llegado. “Vivía con su padre, único conocido pariente” …” Aparentes brotes psicóticos”, leyó
Al día siguiente, cuando casi finalizaba su guardia, la doctora fue de nuevo a ver al paciente. Lo encontró sentado y cabizbajo al borde de su cama. Sus raquíticas piernas pendulaban como largos filos movedizos
-¿Cómo estamos hoy?-, fue la rutinaria pregunta.
Ajeno a todo, el muchachito continuó con la monótona pendulación.
-Así que te llamás Juan…
El bamboleo se detuvo de forma abrupta, y con mirada destemplada, el muchacho agregó:
-…de los palotes…
- ¿Juan de los palotes? -, exclamó sorprendida la doctora.
-Así me dice él cuando el castillo dorado aparece.
- ¿Cómo es eso del castillo?
Sin responder, el muchachito volvió a su monótono vaivén de piernas. Cuando se disponía a salir de la habitación, la doctora oyó al joven decir a sus espaldas:
-Tengo un diablo dentro…
-¿Un diablo?
-Sí…se me mete adentro cuando surge el castillo… me quema, me arde, se expande en mi interior…luego el castillo desaparece, y ya no siento nada feo…
¿Será uno de esos demonios que todos cargamos?… se interrogaba la doctora al escribir en la historia clínica: “probables delirios místicos”.
-¿Delirios místicos supone usted?-, preguntó sin sorpresa el jefe de guardia.
-Aparentemente… aunque deberíamos profundizar más- fue la exacta respuesta de la doctora.
A esa hora de la tarde el hospital padecía de una ociosa monotonía, con pasillos invadidos de un resignado silencio, solo interrumpido por esporádicas y apagadas exclamaciones provenientes de alguna de las habitaciones. La doctora fue otra vez a ver al paciente. Al entrar quedó paralizada al verlo desnudo y estampado contra la pared opuesta a la puerta. Cuando la mujer miró hacia abajo el fantasma del miedo la poseyó al comprobar que los pies del muchacho no tocaban el piso. A pesar del miedo visceral se acercó hacia el muchacho, y cuando estuvo frente a él, le oyó decir:
-Ayúdeme…por favor…
Luego, el muchacho cayó al piso con la pesadez de un bulto mojado.
- ¿Estampado contra la pared?
-Si doctor…y elevado a treinta centímetros del piso.
Mirando a la doctora con paciencia paternal, el jefe de guardia expresó:
-Este asunto requiere más atención de lo habitual…encárguese.
Esa misma tarde la doctora vio de nuevo a Juan. Al principio la entrevista transcurrió ordenadamente. Parsimonioso, el paciente respondía todas las preguntas. De pronto su cuerpo comenzó con temblequeos, que rápidamente se transformaron en incontenibles espasmos que lo tumbaron al piso, desde donde comenzó a echar espumarajos mientras vociferaba frases en un idioma arcaico. La doctora pidió ayuda a los enfermeros. De nada sirvieron los esfuerzos, de nada los calmantes ni la posterior técnica de reanimación. Minutos después, Juan estaba muerto.
Llamaron al número de teléfono de su padre, pero nadie atendió. Luego de una breve deliberación, decidieron que la doctora, acompañada por un enfermero, fuese hasta la casa del padre del muchacho.
El barrio era un desbarrancado lodazal ubicado a las afueras de la ciudad. Al llegar a la casa fueron recibidos por dos gallinas que los miraban pensativas desde el parante de madera de la galería. Golpearon las manos, pero nadie salió.
-Quédese aquí doctora… yo me fijo-, le dijo el enfermero, y desapareció tras una de las paredes laterales de la casa.
Mientras esperaba, a la doctora le pareció percibir un leve tufo a anunciada desgracia. Entonces la sorprendió la voz entorpecida del enfermero, gritando:
-¡Venga a ver esto!
Al rodear la casa, la mujer se encontró con el enfermero trepado al tapial y mirando transfigurado hacia el interior del patio. Ella también trepó, y lo que vio la estremeció: atravesado en el patio, se encontraba boca arriba el cadáver semi desnudo del padre del muchacho. Un ejército de hormigas coloradas había comenzado su faena, entrando y saliendo por los agujeros de las orejas, nariz y boca del occiso.
Pero lo que a ella realmente la espantó fue el tatuaje dorado en forma de castillo, que desafiante le asomaba por debajo del ombligo.

Roberto Dario Salica
Roberto Darío Salica Escritor de Córdoba, Argentina. A la fecha, ha publicado cinco libros, uno de cuentos para niños, poemas, relatos de la infancia y de relatos fantásticos.
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