El carpintero
Mi sueño siempre fue ser un soldado imperial y poder marchar con mi brillante armadura de combate para enfrentar a todos los enemigos que osan atacarnos, por ser nuestro pueblo, el elegido entre muchos para primar en el mundo.
Luego de alistarme en el ejército y superar el terrible entrenamiento al que fui sometido, fui destinado a una pequeña guarnición situada en los confines del imperio, donde el calor insoportable, las rocas del desierto y los escorpiones fueron mi única compañía, ya que los soldados veteranos con quienes compartía mi servicio en aquel lugar sencillamente me ignoraban, por la experiencia de saber que un soldado novato solo trae inconvenientes en batalla, y ninguno de ellos deseaba perder la vida por cuidar a un inexperto.
Sin embargo, una noche de calor, uno de ellos se dignó a dirigirme la palabra, no por amabilidad, sino por estar borracho. Sus groserías y burlas hacia mí fueron subiendo de tono hasta convertirse en humillantes ofensas que yo, cansado y enceguecido por el odio, resolví silenciar con mi espada. El soldado me miró sorprendido al darse cuenta de que su vida se le escapaba velozmente por la herida abierta en su pecho. Un instante después estaba muerto.
Escapé con dirección el sur, a los límites del imperio donde la tierra yerma solo es regada con la sangre de las constantes revueltas internas, y la gente profesa una religión paupérrima y básica en su idolatría. Allí deambulé por las aldeas robando comida para sobrevivir, siendo amenazado por los perros y humillado por los niños que, divertidos, arrojaban piedras al pordiosero en que ahora me había convertido. Con el tiempo conseguí un mísero trabajo en una carpintería que —vaya paradoja— proveía sus productos al ejército al que yo había pertenecido.
Ahora mis días son desesperadamente iguales y de una deprimente monotonía: recibo los maderos, corto sus extremos desprolijos, los acomodo para darles su forma definitiva, los aseguro con los clavos y luego los vienen a buscar. Como mi trabajo lo realizo en la trastienda, nunca veo quién viene a buscar los maderos… Mejor para mí, así no corro el riesgo de que alguien me reconozca y me delate.
Es tanta mi desesperanza, que algunas veces preferiría estar muerto. Probablemente ese sea mi castigo: padecer día tras día esta forma de muerte, hasta que la otra muerte, la irremediable, venga a mi rescate. Como carezco de valor para forzar mi final, me aferro a mi miserable vida, como el leproso que opta por el sufrimiento en lugar de terminar con él.
A veces le permito un descanso a mi espíritu atormentado, entonces, a modo de distracción, por las noches me escabullo para visitar, en las afueras de la ciudad, el lugar donde usan mis maderos. Allí están: silenciosos, oscuros y llenos de muerte, símbolos del trágico final para muchos culpables como yo, y también para algunos inocentes.
Estando ahí, con la complicidad del silencio de la noche, puedo percibir la misma agonía de aquel soldado que maté, y que ahora yo también siento.
Sin embargo, una noche que fui a visitar aquel lugar, vi que uno de los maderos había sido ligeramente modificado. Al acercarme, noté que en su borde superior le habían colocado un pequeño cartel con una inscripción que no pude entender. Era una simple palabra de cuatro letras, pero que, al leerla, hizo que mi espíritu se embargara de una profunda paz. Fue tan grande la sensación de tranquilidad, serenidad y esperanza, que por un momento pude olvidar mi infinita angustia existencial.
Era una palabra escrita de forma muy poco prolija, con letras despatarradas y escritas con desdén.
La palabra era «INRI».

Roberto Dario Salica
Roberto Darío Salica Escritor de Córdoba, Argentina. A la fecha, ha publicado cinco libros, uno de cuentos para niños, poemas, relatos de la infancia y de relatos fantásticos.
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