Llegaron los dos ejércitos,
llegaron bajo la noche,
sin canciones, sin palabras,
sin un grito, sin un roce.
Levantaron ya sus tiendas
junto al río, frente al monte;
una orilla contra la otra,
una sombra contra el bronce.
Cavaron la tierra oscura,
sus hogueras prepararon,
limpiaron las herraduras
y dulce agua transportaron.
Y muy quedo murmuraban,
miraban al otro lado,
afilaron el cruel bronce,
y con voz baja cantaron.
Cuando el frío fue más hondo,
cuando habló la noche helada,
encendieron rojos fuegos,
de vino ánforas colmadas.
La fuerte gente del mar
alegre entonces cantaba;
pero no era canto entero.
Cual bestias sin alma aullaban.
Era ruido de borrachos,
un grito sin entramado,
era voz sin casa antigua,
llanto de niño olvidado.
Cantaban sin las estrellas
canto sin el ser amado,
y al cantar contra la noche
la noche los ha dejado.
Los del clan, los de la Estanza,
los miraron desde el río,
desde el borde de su orilla
y desde un sueño sin frío.
Sortearon largas guardias,
falanges a su albedrío.
Se volvieron a sus mantas,
sin responder al desafío.
Durmieron sin las palabras,
durmieron sin alzar bronce,
durmieron bajo la noche,
y durmieron junto al bosque.
Al otro lado del río
ardía fuego y cantos torpes;
al otro lado del agua
gritaban voces de cobre.
Y ese río indolente iba,
y ese puente no temblaba,
y nadie había cruzado.
El alba aún no llegaba,
cuando el cielo abrió sus ojos,
y cuando el sol despuntaba,
y brillaban las espadas,
ejércitos ya formaban.
A cada lado del río
se ordenaban las mesnadas;
nadie hollaba aún el puente,
el aire nadie quebraba.
Callaba el paso de piedra,
el río debajo callaba;
el agua seguía su curso,
pero los hombres no andaban.
Entonces salió Atromélec,
campeón de la gente amarga,
alto como torre oscura,
duro como bronce al alba.
Brillaban grebas y yelmo,
con burlona y sucia calma,
brillaba el sol en su escudo,
ardiendo de odio en el alma.
Con una espada venía,
con una lanza de muerte;
alzó la lanza en el aire,
cual trueno que se desprende,
alzó el bronce del escudo,
cual fiera bestia que advierte.
Y gritó desde la orilla,
desde su borde del puente:
—He aquí, vengo con lanza,
he aquí, vengo con espada.
¿Quién de ustedes tiene sangre?
¿Cuál entre ustedes canta
la renombrada ralea
que no guarda lo que ama?
Cobardes, les pesa el bronce,
ratas de lanza mellada.
¿Hay alguno entre sus filas
que pueda mirar mi cara?
Yo que he matado trescientos,
todos varones de espada.
Entréguennos ya ese puente,
sus hijas y sus hermanas;
que nos, sí, les daremos uso,
y a nos quedarán atadas.
Así gritaba Atromélec,
a imponerse acostumbrado;
su voz golpeaba las aguas,
ya su insulto fue entregado.
Pero el clan de la Estanza
se mantuvo bien formado.
Miraban al hombre enorme,
y su bronce bien forjado.
No era miedo a su estatura,
ni al bronce de tal escudo;
no era miedo a aquella lanza,
ni miedo al venablo agudo.
Una hebra entre las filas;
fue antes un leve murmullo,
luego una voz aún más clara,
la voz abre su capullo.
Una canción sin violencia
por el aire se elevaban,
aunque una sola parecía,
muchas bocas que cantaban,
rió mirando a los suyos,
Atromélec dio la espalda,
—¡Cómo ruegan a sus dioses!
¡Vean, hijos de la espada,
con preces pobres y vanas!
¡Mejor traed vuestras hermanas!
Pero la canción seguía,
más honda que sus palabras;
no subía como súplica,
afilada como un arma.
Entonces salió Athtrasa,
apenas cargando lanza,
casi niño entre los hombres,
en los ojos remembranza.
Y caminó al puente solo,
sin coraza ni esperanza;
Traía una lanza corta,
una túnica vestía.
No miraba al hombre enorme,
su valor y verdad medía;
hacia el sol sobre las aguas,
y la estrella ascendía.
Puso un pie sobre el puente,
y el puente no se escindía;
puso un pie sobre la piedra,
y ya el río al sol perseguía.
Se hizo un duro silencio,
que al sentirlo ya cortaba,
hacia el gigante el niño,
con los ojos no miraba,
y los ojos un momento,
pareció que los cerraba,
por un rato se detuvo
el tiempo, y no pasaba.
Entonces miró al gigante,
y habló entonces con voz clara:
—Sabed que no soy valiente.
Y no hay canto en mi casa,
por mí no espera mujer
entibiando la mía cama.
Mas tus hórridas palabras
no ensucian nuestra trama;
cierran tu miedo y orgullo,
tu valor hoy ya no te alza.
Heme aquí, ante tu lanza:
soy el que canta en el alba,
soy el niño de su canto,
soy jardinero de malvas.
Te haré frente, matador,
matador de tantas almas,
hombres que tú enviaste antes
de su momento a la entrama.
Aquí ellos están conmigo.
Ellos oyen mi proclama.
Ellos están en mi voz.
Mi canción ellos derraman.
Atromélec sintió hielo,
un frío que no pasaba;
no venía de la aurora,
no venía de las aguas.
Le subió desde los huesos,
le apretó por la garganta;
cubrió de bronce la barba,
apretó con fuerza el asta.
Luego le creció la ira,
gritos su boca rompió:
—¡Te mataré como a un perro!
El hombre vociferó.
—¡Forzaré a tu madre vil,
y verá cómo grasnó,
y te oirá desde la muerte,
a ti, el hijo que equivocó!
Pero con los pies al puente,
de nuevo Athtrasa avanzó.
Atromélec, si gritaba,
pero el puente no cruzó.
El joven levantó el rostro,
pero la lanza aún no;
miró al hombre, vio su miedo,
vio al bronce que se ablandó.
Y habló por última vez:
—No te veo. Voy hacia ti.
Así caminó cantando.
—No te oigo. Voy hacia ti.
Caminó al cielo mirando.
—No te sueño. Voy hacia ti.
Con la canción escuchando.
—Conmigo van los trescientos.
Entonces siguió avanzando,
ay con túnica y astil;
así sin temor, soñando.
No gritaba contra el otro.
Caminó sobre la piedra,
caminó contra las aguas;
caminó sobre la hiedra,
caminó hacia el gigante.
La ruta de la leyenda,
y el puente, cantando cruzó.
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