entre algoritmos que bombardean y una exigencia de perfección constante, me pregunto qué expectativas pesan sobre mi cuerpo. a los trece ya me hacía preguntas similares, pero entonces el ruido era otro. ahora todo insiste, todo empuja.
la validación es casi automática y deja un pequeño placer, un masaje breve al ego. pero viene de un lugar armado, ensayado, repetido. y sin darme cuenta, dejo de preguntarme qué pasa cuando no quiero ser mirada. o cuando quiero serlo, pero no de esta manera. nunca de esta manera.
hay algo aprendido en la seducción. no como deseo, sino como idioma. una lengua que se habla sin pensar, que se cuela en los gestos, en la postura, en la forma de estar. está en el cuerpo y cuesta sacársela, aunque a veces aparece un descanso, como si el cuerpo aflojara apenas.
hay partes de mí que aprendieron a estar siempre disponibles, artificiales incluso. durante un tiempo, los halagos funcionan, después se vuelven peso. ahí aparece, cada tanto, una idea que no siempre logro sostener: darme el lujo de no gustar.
aparece un silencio distinto cuando me corro de ese lugar. cuando no performo, cuando bajo la guardia. el tiempo se vuelve más lento y el cuerpo menos traducido, vuelve una forma de ternura que no necesita público ni testigos.
y no hablo solo de mí, hablo de un cansancio compartido: del peso de ser mujer, o del peso de no encajar del todo en la forma esperada. a veces ni siquiera hay deseo cuando hay seducción, pero igual se entra al juego. y lo jugamos bien.
veo a clarita pensando una respuesta rápida y a sofi repitiendo mensajes que no termina de entender. los repite igual, como si entender no fuera lo importante. del otro lado hay alguien mirando, alguien que aprendió a desear de la misma forma. alguien que también se cree el cuento, aunque no siempre lo note.
y entonces me vuelvo a preguntar qué se sentirá tener un cuerpo que no ofrece nada. no como pose, más bien como pausa. aunque sea por momentos, aunque sea a ratos, en un mundo que no deja de pedirnos algo. tal vez no sea desaparecer ni volverse opaca, sino descansar del gesto aprendido. habitar el cuerpo sin traducirlo todo y dejar que, por una vez, no pase nada.

Mauren Zamora
mujer, poeta y palabra. tengo dos poemarios, pero acá vas a encontrar solamente divagues.
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