En una tarde de tímido sol, mientras las sombras se espesaban en el cobijo de los arboles, un pequeño cuervo nació sin nacer. A espaldas de un enorme mundo y con una extraña visión deslumbrando sus ojos. De su plumaje —negro como el azabache que deja a su paso la mas deslumbrante antorcha— se desprende un tipo diferente de libertad, una que solo nace de el. pues es ese ojo esclarecido, fundido con las sombras, el que sabe exactamente el día en que, al fin, la muerte le dará cobijo y como será su manto...
Pasaron los días y aquel pequeño animalito hizo lo que mejor sabia hacer: vivió. hasta aquel momento. Ese momento, como es lógico en cada ave del mundo, en el que aprendió a volar. A sentir el viento rozando su vientre y escurrirse por sus plumas. fue ese mismo día en el que vio por primera vez la inmensidad del cielo que siempre lo acompañó, y no solo la copa de un árbol. Y, aún en el aire, se detuvo por un instante a tomar aliento, luchando contra el llanto.
Ese cuervo, esta vez ayudado por un cielo sin obstáculos, se pudo observar. La sombra de la muerte se cernía sobre su espalda, inmensa e inevitable. Y aunque antes le incitaba a vivir, ahora solo le producía deseos de llorar. Sus alas fallaron y antes de caer al suelo, sus ojos comenzaron a cerrarse.
En un manto de tristeza se desvaneció. Y con él un nuevo árbol se erguía en el horizonte, uno que algún día, tal vez, tenga la sombra suficiente para ver nacer otro cuervo.
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Mateo
Un chico que siempre quiso tocar las estrellas y vivir sus sueños. Aprendió a volar con relatos y soñar con palabras, he aquí la prueba de ello
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