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EL CABEZA COLORADA

Abr 24, 2026

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EL CABEZA COLORADA
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                                       EL CABEZA COLORADA

Lo conocí cuando paseaba una noche por el andurrial lindero al río. Caminaba por la despareja callejuela cuando aquel reberbero melodioso atrajo mi atención. Era una voz poderosa que hacía cimbrar las chapas de los techos del dormido caserío. Me acerqué hasta la ventana mal iluminada, desde donde observé a un hombre de cuerpo aporcinado y talla monumental, que, con inigualable virtuosismo entonaba un tango campero, acentuando las frases con movimientos de su herrumbrosa cabeza, mientras sus carnes flojas temblequeaban siguiendo el ritmo con cansada parsimonia.

Aquel prodigio logró que otra vez creyera en Dios.

 Desde aquella noche, no hubo ninguna que yo no fuese hasta el andurrial para admirar con discreción a aquel portento salido de no sé dónde. En una oportunidad me sorprendió el silencio del caserío. Al acercarme a la habitual ventana, vi cómo aquella masa colorada se lamentaba, repitiendo la misma letanía:

-Necesito una guitarra… una guitarra…guitarra…

Entonces supe lo que debía hacer. Tiempo después, la prodigiosa voz era acompañada por un poderoso tremolar de guitarra que rebotaba temblequeando sobre la dormida techumbre del caserío. Luego de eso, la fama de su elefantiosa figura traspasó el andurrial alcanzando todos los recovecos citadinos. Su contundente éxito lo llevó a presentarse en todos los pitucos salones de la alta sociedad, y también en los destartalados bolichones de las afueras de la ciudad, en las luminosas mansiones de los barrios altos y en los oscuros putanales del bajo. Tan grandes eran sus mentas que hasta las rutilantes figuras del tango, cuando venían a actuar a la ciudad, luego no se atrevían a retornar a sus pagos sin antes presenciar aquel prodigio musical. Su popularidad aumentó hasta niveles místicos, por lo que la gente llegó a asegurar que su música tenía poderes de sanación, aseverando que aquellos sacrosantos acordes sanaban los amores contrariados, los sueños premonitorios, las envidias crónicas, las verijas ardorosas, las angustias apostólicas, las embrujadas lunaciones, los malos recuerdos de santos sin suerte y los demonios del pasado. Tal era la dimensión de idolatría, que tanto las damas de nariz elevada como las humildes del fachinal competían para acceder a los favores del nuevo talento popular.

También se le atribuyeron múltiples exorcismos, donde los supuestos posesos, ensopados de liturgia, se rendían ante la santificadora música.

Aquel batifondo descomunal tuvo sus consecuencias la noche en que, rasgando la guitarra en un destartalado tugurio, el colorado sintió como si un puñal le atravesara el pecho, extendiéndose luego el dolor por toda la grasosa geografía de su cuerpo. Cuando tocó el piso ya estaba muerto.

Se organizó un formidable funeral. Un luctuoso carnaval solo comparable a la magnificencia de los sepelios papales. Por su inmensidad, el cuerpo amorcillado fue alojado en un féretro especial de forma oblonga y madera reforzada. Luego de la funeraria parranda, donde el jolgorio público se mezclaba entre puestos de fritos, gitanas adivinadoras y vendedores de peperina, el cortejo partió desde el descascarado conventillo hacia el cementerio local. Delante de todos marchaba el sacerdote dando mamporrazos de agua bendita aquí y allá, luego, el gigantesco féretro, detrás, las mujeres del abrojal, y por último la muchedumbre llorando a coro las canciones del colorado. El cortejo avanzaba esquivando las mierdas de los perros y la de los caballos, cuando de pronto, con un ruido de madera vieja, el ataúd se abrió por debajo y el cuerpo cayó desparramado como un ballenato abandonado. La gente se apelotonó murmurando sin saber qué hacer, hasta que un carrero se ofreció a transportar el cuerpo al cementerio ya cercano. Luego de levantar al muerto, el cortejo continuó con parsimonia hasta llegar al camposanto, donde el colorado fue enterrado entre llantos, vítores y desaforados aplausos.

Y ahí quedó, junto a su descordada guitarra. Algunas veces me llego para saludarlo, no sin antes sacudirme un poco, porque el olor a azufre a él no le gusta tanto.

Roberto Dario Salica

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