I
Una neblina espesa se alzaba y me limitaba la vista. Solo escuchaba gruñidos aterradores, pero no sabía de dónde venían ni quién los emitía. No tenía conocimiento de mis alrededores. Podía encontrarme al borde de un volcán activo que no me iba a dar cuenta. Empecé a moverme, a tientas. Pisaba firme, pero era hombre muerto ante el primer pozo o abismo que me cruzara en el camino. Los gruñidos no cesaban. Eran sonidos incoherentes, sin sentido ni estructura; pero querían transmitirme un mensaje. Al concentrarme en esos sonidos, me olvidé de que estaba caminando a ciegas y choqué con algo firme. Me agarré y me froté la rodilla. Palpé con el objeto con el que había colisionado y era una piedra. ¿Qué podía ser? De repente, la neblina se disipó y pude ver con mayor claridad.
Un ejército de esqueletos en líneas bien delimitadas se expandía ante mí. Pude reconocer el objeto causante de mi dolor: era una tumba. Como ella, había varias. Me encontraba en un cementerio. El esqueleto al frente, montado en un caballo fantasmagórico, se aproximó. Desenfundé mi espada en clara señal de defensa. Supuse que era el líder de ese ejército. Ese espectro detuvo su andar y expresó en un tono culminante “Tu hora final se aproxima”.
Abrí los ojos. Sólo fue una pesadilla. Observé el lago cristalino que se extendía colina abajo. El Sol reflejándose en ese lago. El cielo celeste, sin presencia de nubes.
Abrí la alacena para comprobar las raciones. Estaba casi vacía, salvo por lo esencial. Iba a tener que bajar al pueblo a reabastecerme. Lo iba a hacer después de tomarme una taza de té caliente y de comer unas tostadas con mermelada de frutos rojos.
Luego de desayunar, monté en mi caballo gris y empecé a descender al pueblo que estaba a unos kilómetros de mi cabaña, la cual me obsequió el reino por haberlo salvado en innumerables ocasiones de monstruos o bandidos. Bordeando el lago, llegué a un pueblo de unas pocas casas, que se recorría de punta a punta en unos minutos. Contaba con lo mínimo indispensable: una herrería, un establo, una botánica, un almacén, un bar y un médico. No precisaba más nada.
Conocía a todos los habitantes de allí y cada uno que se me cruzaba lo saludaba. Después de una charla tendida con el almacenero, que me ponía al tanto de los rumores y las novedades del pueblo y reino, emprendí la vuelta.
Antes de emprender la subida, una neblina empezó a formarse y el camino desapareció por completo. Solo podía ver a mi caballo y olía un aroma putrefacto. Un aroma a descomposición. Un olor que me recordaba a…
“Ella está más cerca de lo que crees” susurró una voz grave y perturbadora. Parte de la neblina se desvaneció y dejó al descubierto una tumba. “Wi... Wi... William Ro... Royllem”, dije con voz temblorosa. Era mi nombre.
II
Una luz incandescente me cegaba. Coloqué mi mano derecha frente a los ojos para no quedarme sin vista. Columnas de piedra se erguían en forma de un círculo sobre un piso de mármol blanco reluciente. En el medio de esa sala, surgía del piso esa luz tan potente.
“Tienes que entrar al portal” un susurro suave y sereno se escuchó a mis espaldas. Me di media vuelta y vi a una mujer con un pelo largo canoso y un vestido blanco que le llegaba hasta el piso. Una capa cubría su rostro y solo se le notaban los labios.
“Encuentra el portal antes que…” varios golpes contra la puerta me sacaron del sueño. Por la ventana, distinguí un caballo pardo y un hombre de mediana estatura y con cabello castaño corto. Era mi mejor amigo, Matthew Doylin, compañero de tantas aventuras y cacerías de monstruos. Sin cambiarme ni mojarme la cara, abrí la puerta de roble y abracé efusivamente a mi amigo.
En el patio trasero de mi cabaña, dispuse una mesa donde coloqué unas tazas y unas rodajas de pan junto con unas mermeladas. Ambos nos sentamos y observamos el lago que se extendía al sur y en el cual se reflejaba el portentoso Sol.
- Estuve teniendo unos sueños más extraños… - comenté para entablar conversación y mi amigo se acercó.
- Cuéntame. -
Le conté sobre ambos sueños: el primero, el del ejército y el segundo, el del portal. Sobre el líder de los muertos y la mujer vestida de blanco. Mi amigo se limitó a escuchar y en ningún momento me interrumpió. Solo cuando finalicé de narrar ambos sueños me aconsejó: “Ya sabes quien te puede ayudar”. Lo miré pensativo durante unos instantes. Sabía a quién se estaba refiriendo.
- ¿Cómo llevas el retiro? - me preguntó en pos de cambiar de tema.
- Bien. No me puedo quejar. - respondí con voz ronca. No me había terminado de despertar.
- Sabes que no fue tu culpa. Le podía pasar a cualquiera: a vos o a mí. - No respondí. Esas imágenes se me vinieron a la cabeza como un tsunami: yo herido tirado en el suelo y el dragón por lanzar una llamarada que me reduciría a cenizas. Cuando ya me estaba dando por vencido, apareció mi amigo y compañero de mil batallas, Arthur Lorianty, que lanzó su espada a la bestia antes de que ejecutara su ataque mortal. No me acuerdo lo que sucedió posteriormente, ya sea porque mi memoria lo bloqueaba por seguridad o porque había perdido la conciencia.
- Perdón que reflote este tema. Es que… son los riesgos que asumimos y, lamentablemente, podía suceder. Sabemos que nuestras vidas siempre están en juego. - salí del trance y coloqué una mano en uno de los hombros de Matthew.
- Lo sé… pero eso no me va a sacar del retiro. Solo quiero estar en paz. - mi amigo asintió como si esperara aquella respuesta.
No volvimos a hablar sobre esa cuestión y después de ponernos al día con las novedades más recientes del reino, Matthew se despidió de mí y observé como él y su caballo se iban achicando a medida que descendían el cerro hasta desaparecer del alcance de mi vista.
Me acerqué a mi caballo y titubeé por unos instantes. Desistí de realizar lo que tenía pensado y solté la rienda de mi caballo. “Son solo sueños” musité e ingresé a mi hogar.
III
“Qué loco pensar que llegaría este día…” así empecé mi discurso, el cual di en el video que habíamos preparado como sorpresa para el casamiento de uno de mis mejores amigos y su futura esposa. Yo estaba sentado a unas pocas mesas de la mesa principal y observaba como se le iluminaban los ojos a mi amigo, que recién había dado el “sí, quiero”.
Después de tomar, bailar, hablar, ver videos, lo que uno típicamente haría para celebrar la unión de dos personas, la fiesta se acabó y me tenía que volver en mi auto junto con otro de mis mejores amigos. El salón estaba lejos de la ciudad, en un club de campo y teníamos como mínimo 1 hora de viaje. La ruta estaba poco iluminada y el asfalto no estaba en la mejor de las condiciones. Mi amigo, el copiloto, que me prometió que se iba a quedar despierto, se durmió en cuanto apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento.
No deben haber pasado 10 minutos, hasta que una luz de frente me cegó y pegué un volantazo a la derecha que…
Me desperté agitado y sudando. Me senté unos segundos y aclaré mis pensamientos. Me vestí tan rápido como pude, salí y me monté en mi caballo y lo impulsé para que acelerara.
La maga vivía entre unos bosques. Su cabaña estaba oculta para que nadie arruinara su paz. Se encontraba afuera, como si esperara mi visita.
- ¿Me esperabas? - le pregunté.
- No. Tuve el presentimiento de que ibas a venir - sospeché de que Matthew le había contado lo que me venía sucediendo. Le quedaba de paso cuando hacía el camino que separaba su hogar del mío. Sin embargo, no di importancia a ese hecho en absoluto.
- ¿Puedo pasar? -
- Siempre sos bienvenido - hizo un gesto con la mano, invitándome a pasar, y la abracé antes de ingresar a su cabaña.
Dos líquidos calientes en tazas hondas y unas frutas silvestres estaban colocadas en una mesa pequeña de pino. Le conté sobre la razón de mi visita y ella escuchó atentamente. A medida que tomaba el líquido sentía como los párpados se me cerraban. La vista se me nublaba cada vez más.
- ¿Qué le vertiste al líquido? -
- Sólo duérmete. Quiero comprobar algo - me terminé de tumbar en la silla mientras ella colocaba la mano izquierda en mi frente. No sé si habrán pasado segundos, minutos, horas, días… Ella seguía inclinada ante mí y en cuanto me desperté, me informó tajante: “No son sueños”. En cuanto soltó esas palabras, una neblina, la misma que se había alzado hace unos días cuando volvía del pueblo, opacó al Sol y consigo toda la tierra. “Tienes que largarte de aquí” me gritó agarrándome de los hombros.
Me levanté y nos salimos afuera, donde monté a mi caballo. No se veía nada, pero escuchaba una voz. “Sigue la luz” repetía. Me resultaba conocida. Una voz agradable y dulce. Di un giro completo y advertí una luz que brillaba. Al lado de ella, escondida en parte detrás de un pino, se encontraba la mujer de blanco. La luz empezó a moverse y comencé a seguirla. Era la única brújula que tenía. No sabía a dónde me llevaría, pero no tenía otra alternativa.
Después de cabalgar unos cuantos kilómetros, la luz desapareció y un templo se alzó frente a mí. Había dejado atrás la niebla, pero ahora tenía una amenaza peor: el mismo ejército de esqueletos obstaculizaba la entrada al templo. Dejé que mi caballo se alejara, alcé mi espada y me lancé a toda carrera. Las hordas de soldados cadavéricos se me abalanzaron. Huesos se empezaron a acumular a lo largo del terreno a medida que me deshacía de ellos con distintas técnicas y estrategias. Cuando finalmente pude atravesar ese ejército y llegar a la enorme puerta, alguien me esperaba con su oscura espada gigante con runas de color violeta: el comandante de esa tropa.
“No hay escapatoria. No puedes burlarla”. Adopté una pose defensiva. Esperé a que hiciera el primer movimiento. Se empezó a acercar de a poco, con pasos pequeños. Cuando atacó, su espada se encontró con la mía y saltaron chispas. Podía ver el fuego en sus ojos, la sed de matarme que lo incentivaba. Si sucumbía al miedo que transmitía esa mirada tenebrosa, terminaría uniéndome a sus filas. Resistí varias embestidas, pero el metal de mi espada empezaba a desgastarse de tanto uso y tantos golpes. El comandante parecía que no se iba a cansar nunca y que su energía era inagotable. Tenía que encontrar un momento para escabullirme. Sus movimientos eran ágiles para portar una espada maciza y los golpes que asestaba me hacían retroceder varios centímetros. Tenía que recurrir a métodos menos tradicionales.
Usando ambas manos, logró finalmente desestabilizarme y tirarme al suelo. Mi espada salió lanzada hacia un costado. Cuando estaba por sentenciarme, le arrastré las piernas, haciéndole caer. Me levanté de un salto y salí corriendo hacia una esquina. Doblé en la otra para perderlo, pero no sabía a dónde me dirigía. “Sígueme” dijo la mujer de blanco, la cual no sabía cómo había aparecido ni de dónde venía. Obedecí y la seguí a paso apresurado por esos pasillos de mármol que a ambos costados contaban con esculturas delicadamente esculpidas de figuras angelicales y antorchas con fuegos cándidos que se iban prendiendo a medida que avanzábamos.
Tuvimos que subir por unos escalones en forma de caracol que parecían extenderse hacia el infinito, aunque también podía ser mi paciencia que me estaba jugando en contra. Finalmente, alcanzamos el último peldaño y nuevamente apareció otro pasillo largo. Me estaba empezando a quedar sin aliento, entre las corridas, la batalla contra las hordas de soldados cadavéricos y el Comandante de ese ejército, pero la amenaza de este último todavía estaba latente y no podía aflojar el paso. El pasillo no variaba del anterior que habíamos cruzado, pero al final de este había una luz incandescente. Después de atravesar rápidamente ese corredor, llegamos al destino final: el portal. Al igual que en mis sueños, su potente luz me cegaba y me obligaba a cubrirme los ojos. La dama de blanco se ubicó al lado de ese portal y me observaba como me acercaba a pasos a ritmo de tortuga. Cuando estaba por alcanzarlo, sentí que me empezó a recorrer calor por toda la espalda, además de que un líquido empezó a discurrir a lo largo de esa parte de mi cuerpo.
La vista se me empezó a enturbiar y los pies no me respondían. Caí de rodillas al piso y me palpé la espalda. Sentía una vara fina de metal, pero no me la arranqué. Al darme vuelta, noté al líder del ejército esquelético acercándose y riéndose. Una risa macabra y satisfactoria envolvía su rostro.
Empecé a arrastrarme ya que las piernas no me contestaban. Palpé el pedestal del portal e hice fuerza para pasar el cuerpo, pero una mano me tironeó. Quedé cara a cara con esa entidad malvada que alzó su espada en pos de finalmente acabar con mi vida…
Hasta que una esfera de luz lo lanzó fuera de la sala, lo cual dejó un agujero en una de las paredes de la cámara. La dama me miró y asintió con la cabeza. Le respondí con el mismo gesto y me arrastré hacia el portal con mis últimas fuerzas…
Abrí los ojos. Me encontraba en una habitación de colores pálidos. Tenía aparatos conectados a las manos y la nariz. Estaba recostado sobre una cama parcialmente reclinada. Farfullé algo ininteligible.
Miré hacia mi derecha y había una mujer de mediana edad con los ojos bien abiertos. Salió corriendo dando un portazo, como si hubiera visto a un muerto.
Jeronimo Gandini
Publique cuentos en antologías de la Editorial Rubin, además de escribir el prólogo de una de esas antologías.
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