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    EL BÚNKER

    "Monocromático".
    Así me llamaron toda la vida. En aquellos momentos de espanto, decantaba particularmente por el color verde. El verde cetrino, el verde hoja, verde y sólo verde. Nada mas que verde.

    El verde no muta.

    Era de noche. En aquellos momentos de espanto, vagaba por las angostas calles del Búnker. El Búnker no es verde, sin embargo está embebido en él. Disfrazado. Camuflado. Las enredaderas rodean el lugar; musgo, hongos, tierra. El Búnker no es verde, sin embargo está embebido en él.
    Gris. Gris melange, gris topo, gris ratón; gris. Por momentos, oscuro más que gris (si es que el "oscuro" puede ser, bajo algún criterio, catalogado como color).
    El gris es el espíritu del Búnker, y yo, portando mi verde alma, vagaba por los recovecos del Búnker. En El Búnker no entran muchos yo. No entra más de un yo por turno.
    A veces, ni yo mismo entro en sus propias curvas.
    El Búnker no sostiene mucho peso. Es traicionero.

    Soporté ya demasiada perfidia dentro del Búnker. Sus tan frágiles hendijas no me dejan caminar. Caí de espaldas insoportables veces dentro. En más de una ocasión, quise escapar. Dirigirme imberbe hacia sus malezas, trepar y huir despavorido ante tal sobredosis "verdesiana". Pero El Búnker está blindado.
    Sólo se sale sumergiéndote en él. Atravesándolo, como Sun Tzú al enemigo. En aquellos momentos de espanto, jamás pude concretar tal hazaña.

    Verde, joven y audaz, sostenido de las vigas del Búnker, caminaba. Mis pasos eran frágiles, rápidos. Estiraba mis largas piernas lo más que podía, transportándome de un lugar a otro con sigilo, para evitar romper algún caño a mi paso. Pegaba saltos larguísimos desde el entrepiso a la cornisa, guardando máxima precaución de no caer entre las maderas atadas con alambres y cablecitos multicolor.

    Ocultas entre las verdes hojas secas que me rodean, esporádicamente encuentro pistas de lo que alguna vez El Búnker fue. En aquellos momentos de espanto, no sabía decir. Por mucho tiempo no supe decir. Me rodeaba de los garabatos formados por los cobres desplumados que colgaban de los cables tendidos en las maderitas, de los gusanitos escondidos en los yuyos internos, de las frías luces tenues escondidas entre hendija y hendija, suspirando un supuesto afuera que me era ajeno, esperando que en algún momento, una oración se forme entre ello.

    Desalmado, des-verdesiano, casi pierdo (con justa razón) todo ápice de esperanza. No había caso. Por más fragilidad que El Búnker albergue, era imposible de corromper. La cáscara escarchada era impenetrable, y desde adentro, reflejaba. No hay más allá del Búnker.

    Entre las instalaciones eléctricas, ya corruptas, se configuraban cientos de miles de posibles mensajes. Curvas, figuras abstractas, cada tanto, algun que otro suspiro blanquinegro de otra desalmada y verdosa persona.

    No entra más de un yo en El Bunker. La mente me jugaba en contra: siempre fui monocromático, pero, en aquellos momentos de espanto, no dejaba de escuchar tonalidades ansiosas por mostrarse. Arrancaba, desganado, los hongos que rodeaban las paredes, el musgo y las verdes hojas frescas anhidadas, casi parte de la estructura, buscando quitar el sonido ensordecedor que me anulaba la psíquis.
    Rectángulos, círculos, cuadrados. Nada. Líneas horizontales, transversales y perpendiculares entre los pasadizos. Nada. Trapecios, trapezoides y elípses. Nada. De ningún lado provenía el sonido del color, y nadie más me rodeaba, solo yo - y no entran más de un yo en El Búnker.

    ¿Cuál era la forma del Búnker? No tenía mapa. En aquellos momentos de espanto, hasta llegué a pensar que El Búnker era circular. Compuesto de un caparazón que lo albergaba y que el resto era, simplemente, caminar hacia el infinito trepado de los techos y los pedazos de chapa añeja. Pero el verde... El verde me hacía dudar. El verde es verde porque no puede ser otro color, pero el verde no es la respuesta.
    La refutación vino después de recorrer El Búnker hasta su final: los extremos del Búnker no se tocan.

    Hay salida.

    Tenía las manos ásperas de tanto rasquetear paredes, y no encontraba nada. Sólo la nada me encontraba a mí. No entra más de un yo por turno. En el húmedo y verdoso ambiente inserto en El Búnker, sólo cabía un soplo a modo residual de una emoción colorida jamás descripta, sólo expresa en estridentes sonidos holofónicos, tridimensionales, emanados desde lo más recóndito de la oscuridad del Búnker.

    Mi cuerpo, abatido, desistió en su búsqueda. El sonido de los grises ratones que cada tanto hacen su aparición estelar por este espacio, cesó. Sólo percibo su extravagante aroma que me acompañó por todo el camino en El Búnker. No oyen, los ratones, el color extraño de las paredes. No oyen, ni ven, el polvo que desparraman mis manos temblorosas.

    Las herramientas para amedrentar El Búnker eran escasas. En aquellos momentos de espanto, sólo contaba con mi propia corporalidad amorfa y desgastada para mutar el espacio, pero el espacio, como el verde, no muta.

    Volviendo sobre mis pasos, harto, inundado de hastío hasta por los restos de hormigon que se fusionan a las vigas, lo encontré - encontré <aquello>.

    Aquello ya no está en El Búnker. Repito: no entra más de un yo en El Búnker. Aquello era verde.
    Aquello, verde.

    Aquello.

    El verde no muta, madura.
    Cambia de forma, de color y de textura. Las paredes seguían hablándome (a día de hoy, sigo escuchándolas si me callo lo suficiente).

    Me hablaron durante toda esa noche, mientras comprendía cómo decir. Las ratas del Búnker, ya no tan grises, las escuchaban también. Aquello alumbraba El Búnker, lo apaciguaba. En éste momento, ya de menos espanto, Aquello ya no me espera. Aquello me encontró y no era verde,

    aquello me encontró y es-

    Transportado desde afuera, y aunque mis manos aún tiemblen, Aquello es rojo, hoy expreso entre los recovecos de la cáscara del Búnker.
    En El Búnker no entro más yo.
    Sólo entra Aquello, puesto que yo ya perdí mi turno.

    ˚ʚ♡ɞ˚ angelito ˚ʚ♡ɞ˚

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