Las personas tenemos la ventaja del romanticismo. La costumbre de cargarle un sentido poético a situaciones que, para otros seres vivos, jamás serían más que un hecho pasajero o instante relativo entre el instinto de supervivencia y un hábito adquirido. Poseemos la capacidad de recordar con peso emocional y permitirnos deshacerles la racionalidad por completo a esos recuerdos cuando precisamos la calidez de un buen augurio. Somos un accidente. La excepción intelectual en un planeta hostil que, tal vez, viva a la vera de algún dios que elige castigar sin culpa. Así y todo, contra todos los pronósticos, dudamos todavía entre los límites de la bondad, la maldad, el amor y el odio.
No es ningún secreto que dentro de la dinámica de las sociedades modernas de occidente nos pasamos la vida decidiendo si nos corresponde caminar entre las flores de lo que nos apasiona o desfilar sobre los vidrios de la insatisfacción total. Nos entregamos a la posibilidad de acertar entre las opciones que nos otorguen el derecho de una vida acomodada a nuestros cánones de felicidad como si las pautas estuvieran determinadas por un destino inapelable hacia la seguridad, el éxito y la estabilidad o una innegable capacidad de construcción de futuro incapaz de fallarle a nuestro talento natural. Como siempre, me arrogo el derecho de decirte que nada de esto se nos garantiza en absoluto y que, aunque la única forma de fugarse es siempre hacia adelante, a veces viene bien un empujón desde atrás para tomar impulso.
Existen, entre las capacidades neurológicas de nuestra especie, dos posibilidades excepcionales con las cuales se nos posibilita escaparle a las obligaciones de la existencia humana para encontrarse a uno mismo navegando entre el deseo y la bastedad de la historia profunda abarcada por nuestra existencia. Dos maneras de distraer al pensamiento y alejarlo de esa interferencia inoportuna que satura a los sentidos con indecisión y miedo, permitiéndonos balancear, descansar entre el silencio y seguir adelante con la fuerza de un entusiasmo renovado. Hablo de las meditaciones más potentes y accesibles del ser humano. El recuerdo y la imaginación.
El recuerdo también es recurso cuando el dolor nos marca la cancha de un presenta inadvertido. Es el espacio virtual en el que la inmortalidad advierte su presencia como bálsamo de las almas rotas y las personas desesperadas. Apelar a las caras, los lugares, y los momentos pasados resulta inevitable cuando las paredes se levantan de golpe para interponerse entre nosotros y la suerte. Nos propone los reflejos de quiénes fuimos y nos entrega razones para definirnos como somos. Nos entrega a la confluencia del autoconocimiento, la nostalgia, la melancolía y la felicidad. Nos expone para restaurar el corazón.
Por otro lado, la imaginación como elemento de construcción es horizonte. Proyectarnos entre nuestras posibilidades -aún cuando parezcan inciertas- nos acerca tanto a la frustración como a la concreción, pero en esa chance de cumplir el sueño es donde la esperanza se desenvuelve como motor de acción. Donde las ilusiones desestiman al miedo para hacer trinchera en nuestro arte y se convierte en señuelo de algún sueño. Puede fallar, por supuesto, pero por lo menos la inmolación tendrá sentido.
No hay manera de descifrar el futuro cuando nos dedicamos a la búsqueda de una belleza subjetiva pero a los discursos se les pone el cuerpo y a las obras siempre el corazón. La vida por una buena canción y el silencio cuando sea necesario. El tiempo dirá hacia dónde dirigirnos y valorará o no lo que hicimos pero, lo realmente imperdonable, sería haberse quedado quieto.
(Este texto es parte del Newsletter "Morir en el Intento". Suscribite gratis acá!)
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión