No maldigo el día en que nos vimos.
Hay encuentros que simplemente suceden,
como la lluvia inesperada sobre una ciudad distraída.
Lo que no preví
fue el leve roce de nuestras manos,
ese gesto mínimo
que inclinó imperceptiblemente mi mundo.
Había en tu mirada una promesa difusa,
no dicha,
pero suficiente para que yo imaginara más de lo debido.
No fue amor
fue la posibilidad del amor
lo que me sedujo de esa forma tuya de pronunciar mi nombre
como si importara.
Después de tanto tiempo
volví a abrir una puerta
que creí sellada.
Y el aire que entró
olía a comienzo.
Te esperé con la discreción de quien no quiere incomodar al destino.
Un mensaje.
Una señal.
Un simple gesto que confirmara que no había imaginado sola.
Pero algunas presencias
solo saben existir en el instante.
Lo que para ti fue un episodio,
para mí fue una grieta luminosa.
Hoy comprendo algo sin amargura:
no todo lo que despierta
está destinado a permanecer.
Y antes de que la herida aprenda a pronunciar tu nombre, la arranco.
Así que me retiro en silencio,
antes de que la ilusión se vuelva costumbre.
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