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El arte de matar

May 1, 2025

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El arte de matar
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Año 1833

Me pica la piel. Todo el tiempo.

La rasco hasta que la carne sangra. A veces creo que salen gusanos. No sé si son reales o si los imagino. Los saco con pinzas, y a veces parecen reírse.

No sé cuándo comenzó esto. Solo sé que mi cabeza ya no es mía. Hay voces, muchas voces. Algunas lloran, otras me ordenan hacer cosas horribles, estoy perdiendo la cabeza. Hay una en específico que se ríe de mí cuando me lastimo.

A veces me llaman Isabella. No sé si ese es mi nombre. Tal vez es solo el nombre que uso cuando hago cosas que no entiendo.

No puedo distinguir entre los sueños y lo real. Todo huele igual: carne en descomposición y viseras.

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Tengo una habitación donde guardo mis obras. Las paredes están manchadas. No porque no las limpie, sino porque la sangre nunca se va, por más que frote con los nudillos rotos.

Cuelgo los cuerpos con ganchos de carnicero. Les saco los ojos y los guardo en frascos con una solución. Me fascina ver cómo se disuelven.

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5 de marzo de 1835

La última fue una chica de 15 años. Carolina. O Carla. No importa. Su voz era tan aguda que me dolía la cabeza. Lloró todo el camino mientras la arrastraba por el bosque. Yo solo quería que se callara pero las voces me dijeron:

—No la mates rápido. Esta es especial, debe oírse morir.

Así que le rompí los tímpanos. Después, con una aguja oxidada, le abrí la boca y le cosí el labio inferior al cuello. Quedó con una sonrisa torcida. Como la mía.

Le saqué los dientes uno por uno. Los guardé. Ya casi termino otro collar.

Cuando comencé a abrirle el abdomen, vi cómo sus entrañas se movían. Una se enredó en mi brazo. Vomité. Las voces se enojaron. Me insultaron. Me escupieron.

Lloré. Les pedí perdón.

Volví a cortar. Y ellas se calmaron.

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El cuchillo se me cae de las manos. La habitación huele a muerte. El cuerpo de la chica aún tiembla por los espasmos. Sus entrañas colgando se mueven con cada intento de respiración. No le queda mucho.

Voy al baño. Me miro al espejo. No me reconozco. No por las cicatrices ni la sangre, sino porque en mis ojos ya no hay nadie.

Entonces oigo las sirenas. Muy lejos, pero vienen.

Una voz me grita desde el fondo de la casa:

—¡Policía! ¡Tira lo que tengas en las manos!

No corro. Me siento en el piso y me río. Me río tanto que me sale sangre por la nariz.

Golpean la puerta. Rompen la cerradura.

Y justo cuando entran, levanto las manos pero con algo en la boca...

Un trozo tibio y blando. Algo que arranqué con furia. Lo mastico lentamente, sin apartar la mirada de ellos.

Uno de los agentes vomita. El otro me apunta con el arma.

Yo sonrío con los dientes manchados de rojo.

—Queda una viva —les digo— en la nevera. Sin piernas. Pero viva.

Y entonces ocurre.

La luz parpadea. Uno de los policías da un paso atrás. El otro duda un segundo. Ese segundo es suficiente.

Me lanzo contra la ventana. El vidrio estalla en mi espalda. Caigo sobre el lodo, sintiendo los vidrios incrustados en mi piel. No siento el frío. No siento la sangre. Solo una urgencia dulce en el pecho. Me persiguen. Pero ya no estoy corriendo… estoy bailando.

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13 de marzo de 1835

Estoy en una cabaña olvidada. La lluvia repiquetea en el techo. Las paredes están cubiertas de lienzos. Lienzos grandes, hechos con piel estirada. Los pigmentos: sangre coagulada, grasa humana y cabello.

Cada obra representa un grito distinto. Uno real. Uno que escuché. Uno que provoqué. Una súplica.

Yo sé que el arte más sublime solo puede nacer del dolor puro. Así que comencé a torturar niños para pintar sus gritos, esculpir con sus huesos, escribir con su sangre. No fue un crimen. Fue un proceso. Un camino. Un sacrificio.

Cuando por fin sentí que estaba lista, llevé mi obra maestra ante ellos. La aristocracia.

Caras pequeñas con una expresión de tristeza. Los vi observarla. Los vi temblar. Vomitar y llorar.

Y yo sonreí.

Porque la belleza no se suplica. Se impone.

Entonces me paré frente a ellos, con la piel aún fresca bajo las uñas, y me abrí el cuello con el mismo bisturí con el que hice arte.

Mientras la sangre caía, susurré con calma:

—Solo el arte merece mi muerte.

FIN...

Estefania Alvarez

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