El año en que todo comenzó a desmoronarse
Solo quería estudiar.
Eso era todo lo que quería en aquel 2022:
sentarme frente a una clase,
comprender las palabras que alguien pronunciaba
y construir, lentamente,
alguna clase de futuro.
Pero mi propia conciencia se había convertido
en una habitación demasiado pesada.
Había días en los que levantarme
era una negociación interminable con mi cuerpo,
y las clases se desvanecían frente a mis ojos
mientras mi mente se alejaba,
cada vez más,
hacia un lugar donde nadie podía alcanzarme.
Recuerdo una noche lluviosa.
Eran casi las diez.
El frío descendía sobre la ciudad
y yo estudiaba de noche,
intentando convencerme de que todavía podía continuar.
Un hombre se ofreció a acercarme
a la estación más cercana.
Fue amable.
Por un instante pensé
que tal vez había visto algo en mí,
ese cansancio silencioso
que uno intenta esconder detrás de una sonrisa.
Acepté.
Mi amigo me dijo después
que era peligroso confiar en un desconocido.
Quizá lo era.
Pero aquella noche
yo no deseaba nada más
que llegar a casa.
Allí también conocí a Ashly,
una compañera de aquel lugar de estudio.
Después desaparecí.
No regresé.
La enfermedad había comenzado a ocupar
demasiado espacio dentro de mí.
Ella me preguntó por qué había dejado de asistir
y yo respondí, simplemente:
«Por asuntos personales.»
Qué extraña manera de nombrar
aquello que nos está destruyendo.
No comía.
No podía levantarme.
Estaba ausente incluso de mí misma.
Antes de que ocurrieran tantas cosas,
yo ya me estaba perdiendo.
Entonces busqué trabajo,
como quien busca una tabla
en medio de un naufragio.
Mandé hojas de vida.
Trabajé durante un tiempo.
Intenté convencerme de que una rutina,
un uniforme
o un salario
podían devolverme la estabilidad.
Pero el cuerpo también tiene una memoria.
Y llegó un momento
en que no pude continuar.
Después llegó la universidad.
Una oportunidad que debía parecer luminosa,
una beca,
una puerta que el Estado había abierto
hacia aquello que yo siempre había querido.
Yo no quería entrar.
O quizá tenía miedo.
Pero me convencieron,
y crucé aquella puerta
sin saber que algunos lugares
pueden convertirse en escenarios
de las cosas que uno jamás imaginó sobrevivir.
Todo era diferente.
Y, sin embargo,
decidí quedarme.
Entonces comenzaron las miradas.
Una mirada de desprecio
por ocupar una silla,
como si mi simple presencia
fuera una invasión imperdonable.
Y después vinieron los demás.
Personas cuyos nombres
yo ni siquiera comprendía todavía,
historias en las que nunca pedí participar,
acusaciones, pérdidas,
días que comenzaron a acumularse
como una condena sin sentencia.
Mi vida se volvió insoportable.
Y caí.
Pero incluso después de caer,
el descenso continuó.
Llegó otro hombre.
Alguien a quien, irónicamente,
había intentado ayudar.
Y descubrí que, a veces,
la gratitud no habita en todas las personas.
Hubo agresiones,
miedo,
situaciones que mi mente, agotada,
apenas podía procesar.
Había llegado a un punto
en el que ya no podía detenerme
a preguntarme qué era real
y qué parte de mí estaba sobreviviendo
solamente por inercia.
Había sido juzgada.
Y el juicio dolía más
cuando provenía de lugares
que deberían haber sido un refugio.
Entonces comprendí algo.
Algunos hombres caminan
con el mentón elevado,
como si el orgullo fuera una corona,
como si la arrogancia
pudiera convertirlos en algo invencible.
Pero he aprendido a reconocer
la diferencia entre la fuerza
y la crueldad.
Porque quien necesita destruir
la tranquilidad de otra persona
para sentirse importante
no es poderoso.
Es un cobarde.
Dos rostros distintos,
historias diferentes,
y, sin embargo,
una misma sombra:
la necesidad de herir,
de inventar,
de deformar la realidad
hasta convertirla en un arma.
Y yo me preguntaba:
¿Por qué?
¿Por qué yo,
si nunca quise convertirme
en enemiga de nadie?
¿Por qué acercarse a alguien herido
con la intención de abrir aún más
la herida?
Hubo un momento
en que el miedo dejó de ser una sensación
y se convirtió en un lugar.
Lo conocí en carne propia.
Y desde entonces,
a veces miro a las personas
con una cautela que antes no tenía.
Porque ya sé
que una sonrisa no siempre significa bondad,
que las palabras hermosas
no siempre contienen buenas intenciones
y que incluso la apariencia de la virtud
puede esconder una profunda contradicción.
Me trataron como si fuera una niña.
Pero yo había vivido cosas
que nadie debería tener que explicar
para que le crean.
Y me cansé.
Me cansé de los encuentros,
de las amenazas,
de las risas ajenas
frente a lo que para mí
había sido una tragedia.
Hay algo casi absurdo
en la manera en que algunas personas
pueden minimizar el dolor
que no tuvieron que vivir.
Y sí, a veces me causa una extraña risa.
No porque haya sido gracioso,
sino porque hay situaciones
tan desproporcionadas,
tan absurdas,
que la risa termina siendo
la última defensa de quien ya ha llorado demasiado.
Solo quería estudiar.
Eso era todo.
Quería aprender,
trabajar,
tener una vida
y encontrar mi lugar en el mundo.
Pero el mundo se volvió más oscuro
de lo que había imaginado.
Aun así, después de todo,
hay algo que permanece:
yo.
No intacta.
No igual.
Pero aquí.
Y quizás eso sea lo único
que todavía necesito comprender:
que sobrevivir
también es una forma de continuar escribiendo
la historia
que otros intentaron interrumpir.
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