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El año en que todo comenzo

Aug 29, 2026

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El año en que todo comenzo
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El año en que todo comenzó a desmoronarse

Solo quería estudiar.

Eso era todo lo que quería en aquel 2022:

sentarme frente a una clase,

comprender las palabras que alguien pronunciaba

y construir, lentamente,

alguna clase de futuro.

Pero mi propia conciencia se había convertido

en una habitación demasiado pesada.

Había días en los que levantarme

era una negociación interminable con mi cuerpo,

y las clases se desvanecían frente a mis ojos

mientras mi mente se alejaba,

cada vez más,

hacia un lugar donde nadie podía alcanzarme.

Recuerdo una noche lluviosa.

Eran casi las diez.

El frío descendía sobre la ciudad

y yo estudiaba de noche,

intentando convencerme de que todavía podía continuar.

Un hombre se ofreció a acercarme

a la estación más cercana.

Fue amable.

Por un instante pensé

que tal vez había visto algo en mí,

ese cansancio silencioso

que uno intenta esconder detrás de una sonrisa.

Acepté.

Mi amigo me dijo después

que era peligroso confiar en un desconocido.

Quizá lo era.

Pero aquella noche

yo no deseaba nada más

que llegar a casa.

Allí también conocí a Ashly,

una compañera de aquel lugar de estudio.

Después desaparecí.

No regresé.

La enfermedad había comenzado a ocupar

demasiado espacio dentro de mí.

Ella me preguntó por qué había dejado de asistir

y yo respondí, simplemente:

«Por asuntos personales.»

Qué extraña manera de nombrar

aquello que nos está destruyendo.

No comía.

No podía levantarme.

Estaba ausente incluso de mí misma.

Antes de que ocurrieran tantas cosas,

yo ya me estaba perdiendo.

Entonces busqué trabajo,

como quien busca una tabla

en medio de un naufragio.

Mandé hojas de vida.

Trabajé durante un tiempo.

Intenté convencerme de que una rutina,

un uniforme

o un salario

podían devolverme la estabilidad.

Pero el cuerpo también tiene una memoria.

Y llegó un momento

en que no pude continuar.

Después llegó la universidad.

Una oportunidad que debía parecer luminosa,

una beca,

una puerta que el Estado había abierto

hacia aquello que yo siempre había querido.

Yo no quería entrar.

O quizá tenía miedo.

Pero me convencieron,

y crucé aquella puerta

sin saber que algunos lugares

pueden convertirse en escenarios

de las cosas que uno jamás imaginó sobrevivir.

Todo era diferente.

Y, sin embargo,

decidí quedarme.

Entonces comenzaron las miradas.

Una mirada de desprecio

por ocupar una silla,

como si mi simple presencia

fuera una invasión imperdonable.

Y después vinieron los demás.

Personas cuyos nombres

yo ni siquiera comprendía todavía,

historias en las que nunca pedí participar,

acusaciones, pérdidas,

días que comenzaron a acumularse

como una condena sin sentencia.

Mi vida se volvió insoportable.

Y caí.

Pero incluso después de caer,

el descenso continuó.

Llegó otro hombre.

Alguien a quien, irónicamente,

había intentado ayudar.

Y descubrí que, a veces,

la gratitud no habita en todas las personas.

Hubo agresiones,

miedo,

situaciones que mi mente, agotada,

apenas podía procesar.

Había llegado a un punto

en el que ya no podía detenerme

a preguntarme qué era real

y qué parte de mí estaba sobreviviendo

solamente por inercia.

Había sido juzgada.

Y el juicio dolía más

cuando provenía de lugares

que deberían haber sido un refugio.

Entonces comprendí algo.

Algunos hombres caminan

con el mentón elevado,

como si el orgullo fuera una corona,

como si la arrogancia

pudiera convertirlos en algo invencible.

Pero he aprendido a reconocer

la diferencia entre la fuerza

y la crueldad.

Porque quien necesita destruir

la tranquilidad de otra persona

para sentirse importante

no es poderoso.

Es un cobarde.

Dos rostros distintos,

historias diferentes,

y, sin embargo,

una misma sombra:

la necesidad de herir,

de inventar,

de deformar la realidad

hasta convertirla en un arma.

Y yo me preguntaba:

¿Por qué?

¿Por qué yo,

si nunca quise convertirme

en enemiga de nadie?

¿Por qué acercarse a alguien herido

con la intención de abrir aún más

la herida?

Hubo un momento

en que el miedo dejó de ser una sensación

y se convirtió en un lugar.

Lo conocí en carne propia.

Y desde entonces,

a veces miro a las personas

con una cautela que antes no tenía.

Porque ya sé

que una sonrisa no siempre significa bondad,

que las palabras hermosas

no siempre contienen buenas intenciones

y que incluso la apariencia de la virtud

puede esconder una profunda contradicción.

Me trataron como si fuera una niña.

Pero yo había vivido cosas

que nadie debería tener que explicar

para que le crean.

Y me cansé.

Me cansé de los encuentros,

de las amenazas,

de las risas ajenas

frente a lo que para mí

había sido una tragedia.

Hay algo casi absurdo

en la manera en que algunas personas

pueden minimizar el dolor

que no tuvieron que vivir.

Y sí, a veces me causa una extraña risa.

No porque haya sido gracioso,

sino porque hay situaciones

tan desproporcionadas,

tan absurdas,

que la risa termina siendo

la última defensa de quien ya ha llorado demasiado.

Solo quería estudiar.

Eso era todo.

Quería aprender,

trabajar,

tener una vida

y encontrar mi lugar en el mundo.

Pero el mundo se volvió más oscuro

de lo que había imaginado.

Aun así, después de todo,

hay algo que permanece:

yo.

No intacta.

No igual.

Pero aquí.

Y quizás eso sea lo único

que todavía necesito comprender:

que sobrevivir

también es una forma de continuar escribiendo

la historia

que otros intentaron interrumpir.

Ana sofia Ramirez Suarez

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