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el alma en sopor

mael

Jan 2, 2026

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caminaba por la acera otra vez,
el mismo tramo de cemento gastado
que recorro cada semana,
con las bolsas de compra tirando de mis manos
como si quisieran anclarme a la tierra,
a su vez, estaba yo.

pensando en nada
más caminar sin parar.

no era solo el peso de la comida
o las latas que traía
lo que asume un peso mayor en mí;
era la sensación de que todo esto —
los pasos,
el calor pegajoso,
el murmullo de la calle—
se había convertido en mi vida
sin que me diera cuenta.

había algo reconfortante en eso,
en saber exactamente cuántos pasos
me separaban de la parada,
pero también algo que me apretaba el pecho,
como si la rutina, para variar,
me abrazará.

el autobús siempre llegaba a la misma hora,
y yo siempre lo esperaba
con la misma mezcla de alivio
y resignación
que me acompañaba al caer el alba.

a veces, existían excepciones,
era tarde
y seguía sin aparecer.

me quedé ahí, de pie,
mirando cómo el sol se reflejaba
en las ventanas del vehículo
que se acercaba con expectación,
y por un segundo
sentí que el tiempo se detuvo.

subí con las bolsas
golpeándome las piernas,
parecía un ritual torpe
que ya ni siquiera me molestaba,
y que repetía
cuando se acercaba la hora de comer.

el traqueteo del motor
parece exaltado
al quedar en frente mío,
el chirrido de los frenos
augura un color grisáceo
que obstaculiza mi vista,
el olor a gasolina y sudor:

todo era tan familiar
que casi me dolía seguir parado ahí,
mientras las puertas se abrían
como hojalata oxidada
y ocasiona ese golpeteo
que nada más gastaba más su material,

entré sin mucha asimilación
a lo que ya conocía dentro dé.

sin embargo,
mientras el autobús avanzaba
y la ciudad pasaba borrosa
al otro lado del cristal,
algo cálido se encendió dentro de mí.

era irónicamente cómico
observar a través de la ventana,
solo me hacía falta una música melancólica
para argumentar el escenario
en que me envolvía.

era una cotidianidad,
nada más que eso,
y aún consciente,
quería dejar las penas atrás.

el recorrido que, inocente,
parecía no hacerme daño,
lo hacía,
porque había algo vacío en mí
que no dejaba de recordarme
lo banal que significaba
seguir vivo.

mael

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