Hace muchas lunas, en tierras lejanas donde la magia y la fantasía florecían, una historia magnífica estaba por ser escrita entre versos y rimas.
En lo alto del cielo, sobre la luna blanca, un majestuoso palacio se alzaba, resplandeciente como en los cuentos de hadas. Una magnífica obra blanca, inmensurable, que no podía ser explicada por el ojo mortal: un castillo divino, morada celestial.
Dentro del alcázar, una hermosa y magistral dama caminaba descalza por un sendero de agua cristalizada, acompañada por la noche y la brillante luna.
Altos pilares blancos, con pequeños seres alados tallados y jarrones en sus manos, destilaban aguas sagradas que mojaban los pies de la divina dama. Frente a ella, una gran puerta de cristal se abría de par en par.
Aquella noche, con la tierra aún fresca, florecía la bella primavera, llena de colores vibrantes y mariposas que se posaban sobre las flores, revoloteando sus alas de seda y esparciendo una dulce fragancia a miel con manzana. Las luciérnagas despertaban de su sueño, brillando como pequeñas estrellas en el espacio, volviendo el momento aún más mágico.
Desde lo alto del cielo, se extendían gloriosas constelaciones, acompañando a la gran luna azul que iluminaba todo con su magnífica luz.
En la mangata, una divinidad caminaba sobre las aguas, descalza, arrastrando su vestido blanco perlado. Su largo cabello negro ondulado caía como un río oscuro. Su cuerpo luminiscente brillaba en la noche clara, coronada con doce estrellas esmeraldas.
Sus pasos benditos rozaban la larga capa azul del Señor de las Aguas, que la reverenciaba, mientras el Señor de los Vientos soplaba suavemente, acariciándola.
Ambos la adoraban mientras ella avanzaba con gracia divina sobre el mar de Hafiza, rumbo a las místicas arenas de Ávalon, tierras de elfos y encantos.
—Después de muchos cantos, ha llegado nuestra señora: dueña de la apacible noche y protectora del bosque. Grande es su belleza e imponente su poder.
Somos las dos princesas elfas de estas tierras, que brillan como pequeñas estrellas a su lado. Bienvenida, diosa Alfida —dijo la bella elfa Deneb, acompañada de su hermana Alged.
Ambas dejaron sus tiaras sobre la arena escarchada, reverenciando a la diosa, postradas con sus cabellos rozando la arena blanca y las miradas bajas.
La luna brillaba con una fuerza blanca deslumbrante por la presencia de la diosa que se manifestaba.
—Bellas princesas, despojaos de vuestras sandalias, porque la tierra que pisan es sagrada —les habló la diosa pálida.
Se quitaron las sandalias, contemplando la arena brillante como polvo de diamante. De pronto, mariposas blancas revolotearon por doquier, y al unirse, formaron al majestuoso y sagrado ciervo blanco.
—Somos sus nobles siervas ante sus manos, diosa plateada —dijo Alged, alabándola.
—Vosotras, nobles princesas elfas, estrellas de Oglak, me ayudaréis a moldear a mi hijo, que pronto nacerá —dijo la diosa lunar.
Aquella noche, del onceavo pétalo de la arena sagrada escarchada, la diosa formó a su hijo con sus manos blancas. Pero antes de su nacimiento, creó primero a sus quince gigantes acompañantes.
Tomando la arena entre sus manos, y con la ayuda de las princesas elfas, comenzó a moldear.
Los quince gigantes, aún acostados, esperaban la llamada para levantarse. Con el soplo de la diosa plateada, sus cuerpos tomaron vida, forjados con armaduras y de pie ante su hacedora.
Parecían grandes pilares arrodillados frente a su madre sagrada.
Sin más demora, la diosa comenzó a moldear a su hijo bajo la luz de la luna blanca. Las princesas elfas mojaban la arena escarchada con aguas sagradas traídas en jarras plateadas, fortaleciendo el barro que daba forma al cuerpo divino.
La escultura ya estaba hecha, y la madre contemplaba a su bello hijo, tan quieto que parecía dormido en un sueño profundo. Solo faltaban unos detalles para que el joven príncipe de plata despertara.
Entonces, la diosa extendió sus brazos, lista para ofrecerle su sangre divina.
Gotas rojas, como carmesí, caían poco a poco sobre la obra de arte. La sangre fluía por las heridas de sus brazos, abiertos por dagas doradas empuñadas por las dos princesas elfas, que recitaban suavemente.
Las heridas se cerraron, y la sangre fue absorbida por el cuerpo dormido.
La diosa tomó el rostro de su hijo entre sus manos y sopló sobre su boca, llenándolo con su aliento sagrado. Y así ocurrió el milagro.
El joven abrió sus ojos azulados, brillantes con la vida que su madre le había obsequiado.
Había despertado del polvo mágico y no era un simple humano: era un dios levantado.
De pie se hallaba el hijo de la diosa blanca, vestido con un traje elegante, ofrendado por las princesas.
De la arena escarchada, su madre sacó una majestuosa espada plateada y se la entregó.
La noche era eterna. El escenario parecía un lienzo pintado con pincel mágico. Todo era sublime: el mar, quieto; el aire, suave.
El dios recién nacido se inclinaba ante su madre, y al pie del majestuoso ciervo blanco apareció una corona de plata con once estrellas de cristal. Su madre lo coronó con voz solemne:
—Este es mi hijo, el príncipe Efrén de Plata, gobernante de la noche oscura y clara.
En hueso y carne se levanta el hijo de la luna blanca.
Con sangre y brillo inmortal, siempre renacerá.
Mi hijo amado caminará entre humanos como uno más, pero pocos sabrán la verdad.
Y de su linaje, la luna blanca volverá a nacer.
“Molc an nasc an oíche
téann an ghrian síos
dún do shúile óir
agus as an ngaineamh bán
éirigh, mo mhac grá”
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