No recuerdo tu voz.
Recuerdo el aire que dejaba.
Ese resto tibio
que quedaba suspendido entre los dos
como una promesa que no sabía quedarse.
Hablar no era decir.
Era acercar el mundo un poco más.
Respirar el mismo borde del instante.
A veces pienso que el amor
no es otra cosa que aprender
la temperatura de otro cuerpo en el aire.
Después todo se volvió distancia.
Pero algo quedó flotando,
una forma invisible de contacto
que no aprendió a caer.
No es memoria.
Es presencia diluida.
Una manera suave de no haberte perdido del todo.
Todavía, cuando respiro hondo,
creo reconocer ese aire,
como si el cuerpo supiera antes que yo
lo que aún no quiere soltar.
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