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ejercicios de memoria.

leila

Aug 31, 2026

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Un rescate desde lo sombrío del abismo le abrió a Leila las puertas para volver a existir en el universo, siendo una persona, un cuerpo con órganos, lleno de alma y de corazón.

La mano que emergió desde el cielo no fue nada más ni nada menos que la de quien en un principio era considerado un extraño. Con el tiempo, la cercanía fue aumentando, la complicidad fue naciendo y abriéndose de par en par como las alas de un colibrí, propiciando el surgir del amor.

Este amor era luz. Una ventana abierta que mira hacia el horizonte del océano en una casa oscura y vacía, donde las arañas y los ciempieces han hecho su hogar cómodamente.

En el seno de aquella relación, brotaron flores de paz y de sanación que en otro momento nacieron marchitas. Amor mortinato que se clavaba como dagas en los ojos y en el pecho de Leila. Dagas que fueron removidas tan gentilmente por sus manos… pero sus manos, las manos suyas, de él, son gentiles.

 

But his hands are gentle.

 

 

En cuanto todo finalizó, Leila supo que era simil a una persona dejando ir un globo para que este emprendiera su largo viaje por el cosmos, libre de ataduras y de dolores. Leila se sentía así. Liberada de cada llaga, de cada dolor, y de cada momento tortuoso que previamente había experimentado.

Pero era difícil dar cada paso sola. Caminaba temblorosa, con pasos inseguros, con arranques de lágrimas que imploraban por el retorno de su amado. A pesar de todo, cada paso se hacía más fácil de dar. La costumbre de tener, aunque fuese por un corto tiempo, la compañía y el amor de alguien cuya gentileza era rival a las mismas nubes, la malenseñó. No es fácil caminar tu propio camino. No es fácil ser valiente.

 

El tiempo pasa.

 

Los pasos siguen.

 

Los árboles dan sus flores, luego sus frutos, que caen y vuelven a alimentar la tierra con su podredumbre.

 

 

 

Las ventanas se abren y a continuación se abren las cortinas. El sol emana su luz a través del vidrio transparente e ilumina la habitación. Una taza de café tibia es sostenida tiernamente por Leila. La sonrisa de agradecimiento que adorna sus labios es orgánica, no se fuerza ni se tuerce debajo de la piel para poder existir. Recuerda las caricias tiernas que había recibido, los besos en la frente para que el bruxismo no la atacase en medio de su sopor nocturno, la mano cálida que emanaba valentía y cobijo.

 

Sale de su habitación, luego, de su hogar. Iba en camino a ensayar con su agrupación.

 

Un aroma sutil y atalcado asalta su nariz.

 

Es su aroma.

 

Da vuelta la mirada, buscando y entrebuscando por la multitud, sólo para corroborar que esa presencia le pertenece a él.

 

 

El aroma se disipa, pero el corazón sigue buscando.

 

leila

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