No estoy enferma, mucho menos presento sintomatología asintomática; sin embargo, sufro de los efectos secundarios de un virus que se presentó sin precedentes de un día para el otro.
Un día volví a mi casa después de completar mi rutina diaria sin saber que iba a ser la última vez en mucho tiempo. Encuentro gracioso, de todas formas, que hoy por hoy extraño todas aquellas cosas de las que alguna vez me quejé.
De la noche a la mañana la gente dejó de salir a la calle para empezar a apreciarla desde las ventanas o los balcones de sus casas, el asfalto donde transitaban miles y cientos de vehículos provocando ruidos constantes de bocinazos ahora son penumbra total; como si se hubiese congelado todo hasta que, algún día, pueda reanudarse. Una monotonía incesante.
El problema no es el silencio inquietante. El problema es que este silencio ahora es tormentoso, a veces tortuoso, a veces ni siquiera dándome la oportunidad de dejar la mente en blanco un segundo.
Extraño personas que, sin importar cuándo nuestros caminos se hayan cruzado, alguna vez optaron por estar presentes en mi vida; como así también estimo personas que siguen paradas al lado mío sin importar qué. También descubrí que es posible extrañar presencias que apenas tuve en mi vida y anhelo verlas otra vez únicamente para tener la oportunidad de conocerlas un poco más. Efecto nostálgico y carente de sentido, tal vez. Como también así hay momentos que deseo repetir una vez más cuando salga de aquí; sin barbijo y sin tener que mantener un metro y medio de distancia de los que más quiero.
Hasta las preguntas más insignificantes se convierten en las más cuestionables cuando la cabeza decide ser una máquina de un sinfín de pensamientos. Las voces que nunca escuché aparecieron y de alguna manera ahora siento que están gritándome todo el tiempo. Es exhaustivo y angustiante.
Aquí es, exactamente, cuando me doy cuenta la importancia de llevarse bien con uno mismo. Soy la relación más larga que voy a tener en toda mi vida y la única capaz de preservarse en el tiempo; pese a cualquier adversidad. Adonde sea que vaya, siempre estuve y estaré yo.
Reitero: no estoy enferma, pero sufro los efectos secundarios de un virus que parece poner al mundo de rodillas.
Pues a mí me puso de cabeza.
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