Las paredes eran altas,
hechas de norma y de eco,
donde el silencio pesaba
más que cualquier palabra.
Un murmullo quebró el orden,
una voz fuera del molde,
y fue expulsada del templo
como si dudar fuera pecado.
Había un libro entre manos,
pero no era Palabra viva,
eran páginas torcidas
leídas al ritmo del miedo.
Lo abrían como sentencia,
lo cerraban como ley,
y en cada línea buscaban
más castigo que verdad.
¿Era Dios en ese eco
o el temor con otro nombre?
¿Era fe lo que habitaba ahí
o solo miedo a caer?
El lugar que prometía abrigo
se volvió una jaula invisible,
de control, de esfuerzo constante,
de pasos medidos hacia un cielo lejano.
Como si hubiera que ganarlo todo,
como si la gracia no bastara,
olvidando en cada intento
que el cielo no se conquista,
se recibe por fe.
Y había hombres en los altares,
alzando su voz como si fuera divina,
prestándole a Dios sus palabras
y dejando heridas en su nombre.
Pero el Amor el verdadero
no gritaba desde el juicio,
no expulsaba, no quebraba,
no vestía el miedo de santidad.
Era suave, era firme,
era verdad sin violencia:
porque el Dios que es amor
no condena desde el terror,
sino que llama, restaura
y permanece.

Ani
Entre páginas y susurros, voy dejando fragmentos de mi vida. Este blog es mi rincón para escribir lo que siento y pensar en voz alta.
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